El monopatín que quiso ser Metrobús
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Toda prueba piloto en esta ciudad comparte un destino: empieza con fecha de término y termina sin fecha de término. Los monopatines eléctricos lo confirmaron esta semana. La Secretaría de Movilidad extendió su operación hasta el 31 de agosto, tras una prueba de sesenta días que sumó más de ciento diecisiete mil viajes. Sesenta días que, como buen periodo de prueba capitalino, se estiran con la elasticidad de una promesa de campaña.
El problema no es que la gente los use; es dónde deciden usarlos y, sobre todo, dónde deciden dejarlos. Por un lado, reportes señalan que algunas unidades se metieron al carril confinado de la Línea 7 del Metrobús, ese espacio cuyo apellido —confinado— existe justamente para que nadie ajeno se le acerque. Un scooter compartiendo carril con un autobús articulado es el tipo de coreografía que solo termina bien en las presentaciones de PowerPoint.
Por otro lado, los vecinos de Santa María ya redactaron su queja recurrente: los usuarios abandonan los aparatos «donde sea». Y «donde sea», en el diccionario de la banqueta, significa exactamente en medio del paso, con la puntería de quien busca el punto que más estorba. El monopatín tirado se ha vuelto el nuevo mueble urbano no solicitado, primo hermano del bote de basura sin tapa y del poste plantado a mitad del andador.
La autoridad, entusiasta, promete analizar «patrones de uso» y «necesidades de las personas usuarias». Loable. Pero hay un patrón que no requiere sesenta días ni ciento diecisiete mil viajes para detectarse: el peatón sigue siendo, en la jerarquía de la movilidad capitalina, el que llega al último y esquiva primero. Que la prueba perdure, pues. Ojalá que el tobillo del transeúnte perdure con ella.
El problema no es que la gente los use; es dónde deciden usarlos y, sobre todo, dónde deciden dejarlos. Por un lado, reportes señalan que algunas unidades se metieron al carril confinado de la Línea 7 del Metrobús, ese espacio cuyo apellido —confinado— existe justamente para que nadie ajeno se le acerque. Un scooter compartiendo carril con un autobús articulado es el tipo de coreografía que solo termina bien en las presentaciones de PowerPoint.
Por otro lado, los vecinos de Santa María ya redactaron su queja recurrente: los usuarios abandonan los aparatos «donde sea». Y «donde sea», en el diccionario de la banqueta, significa exactamente en medio del paso, con la puntería de quien busca el punto que más estorba. El monopatín tirado se ha vuelto el nuevo mueble urbano no solicitado, primo hermano del bote de basura sin tapa y del poste plantado a mitad del andador.
La autoridad, entusiasta, promete analizar «patrones de uso» y «necesidades de las personas usuarias». Loable. Pero hay un patrón que no requiere sesenta días ni ciento diecisiete mil viajes para detectarse: el peatón sigue siendo, en la jerarquía de la movilidad capitalina, el que llega al último y esquiva primero. Que la prueba perdure, pues. Ojalá que el tobillo del transeúnte perdure con ella.