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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 9 de octubre, 2026
Jalisco • Nota • 17 de agosto de 2026

El Mercado San Juan de Dios estrenó mosaicos y los clientes estrenaron decepción

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El Mercado San Juan de Dios estrenó mosaicos y los clientes estrenaron decepción
Guadalajara tiene uno de los mercados más famosos de América Latina, y como todo tesoro heredado, cada tanto alguien decide "mejorarlo". La más reciente intervención en el San Juan de Dios fue un mural de mosaicos de colores, esa clase de obra que en el papel suena a renovación luminosa y en la vida real suena a junta de gobierno satisfecha consigo misma. El problema es que, según reportaron locatarios y usuarios, la afluencia de clientes no ha mejorado ni un peso desde que se colocó.

Peor aún: la crítica del público no fue tibia. Varios usuarios describieron el resultado como una especie de "pisos de baño" de colores. Ahí está la sentencia tapatía en todo su esplendor: no dijeron feo, no dijeron innecesario, dijeron azulejo de sanitario. En esta ciudad no te insultan, te ubican. Y ubicar una obra pública a la altura del piso de una regadera es, probablemente, la reseña más demoledora que puede recibir un proyecto de embellecimiento urbano.

Los comerciantes, que son quienes viven del mercado y no de las fotos de la inauguración, pidieron algo mucho menos artístico y mucho más útil: difusión. Es decir, que la gente sepa que el mercado existe, que llegue, que compre, que sostenga a las familias que ahí trabajan. Ninguno pidió mosaicos. Nadie amaneció diciendo "lo que le falta a mi puesto de cueros es un mural texturizado". Pero el presupuesto, como el agua, siempre encuentra el camino de menor resistencia, y ese camino rara vez pasa por preguntarle al locatario qué necesita.

Hay una lección de urbanismo de provincia en todo esto. Embellecer no es lo mismo que servir. Un mercado no se llena porque el muro combine bonito, se llena porque hay estacionamiento, seguridad, difusión y motivos para caminar hasta allá bajo la lluvia de agosto. El color es gratis para el ojo, pero carísimo para el erario cuando sustituye a la solución real.

Así que ahí está el San Juan de Dios: más colorido y, por ahora, igual de vacío. Los mosaicos brillan, los pasillos esperan, y los locatarios miran su nuevo mural con la misma cara con que uno mira la remodelación que le hicieron a la casa sin consultarle. Bonito, sí. ¿Servía? Esa es otra historia, y esa sí no viene en azulejo.