Turistas espirituales, abejas territoriales: once excursionistas y una emboscada en la cueva del ermitaño
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Hay salidas al monte que terminan en fotografía bonita y otras que terminan en operativo de Protección Civil. La segunda le tocó a un grupo de once excursionistas en el cerro de La Beata, donde un enjambre de abejas los recibió a la altura de la zona conocida, con precisión casi literaria, como la cueva del ermitaño. Fueron a buscar naturaleza y la naturaleza, muy en su papel, les cobró la visita con intereses.
Uno no puede evitar admirar la ironía del escenario. El ermitaño, por definición, es aquel señor que se retiró al monte precisamente para que nadie lo molestara. Siglos después, su cueva sigue defendida por un cuerpo de seguridad alado que no pide identificación, no cobra cuota de recuperación y no distingue entre paseantes de buena fe y visitantes casuales: pica y pregunta después. Si el ermitaño quería privacidad, hay que reconocer que dejó bien contratado el servicio.
El incidente ocurrió durante la noche y obligó a activar un operativo de rescate, lo que ya de por sí complica cualquier salida al cerro: no es lo mismo esquivar abejas con luz de día que hacerlo a oscuras, entre piedras y con el ánimo revuelto. Por fortuna, la historia se cuenta desde la logística del rescate y no desde algo peor, que en estos casos siempre ronda. Quede el episodio como recordatorio doméstico y sin sarcasmo: el monte es hermoso, sí, pero no es una sala de espera. Antes de subir a La Beata conviene informarse, ir acompañado, avisar a dónde uno va y respetar que ciertos rincones —sobre todo los que llevan la palabra 'ermitaño' en el nombre— quizá prefieran seguir solos. Las abejas, al menos, dejaron clarísima su postura.
Uno no puede evitar admirar la ironía del escenario. El ermitaño, por definición, es aquel señor que se retiró al monte precisamente para que nadie lo molestara. Siglos después, su cueva sigue defendida por un cuerpo de seguridad alado que no pide identificación, no cobra cuota de recuperación y no distingue entre paseantes de buena fe y visitantes casuales: pica y pregunta después. Si el ermitaño quería privacidad, hay que reconocer que dejó bien contratado el servicio.
El incidente ocurrió durante la noche y obligó a activar un operativo de rescate, lo que ya de por sí complica cualquier salida al cerro: no es lo mismo esquivar abejas con luz de día que hacerlo a oscuras, entre piedras y con el ánimo revuelto. Por fortuna, la historia se cuenta desde la logística del rescate y no desde algo peor, que en estos casos siempre ronda. Quede el episodio como recordatorio doméstico y sin sarcasmo: el monte es hermoso, sí, pero no es una sala de espera. Antes de subir a La Beata conviene informarse, ir acompañado, avisar a dónde uno va y respetar que ciertos rincones —sobre todo los que llevan la palabra 'ermitaño' en el nombre— quizá prefieran seguir solos. Las abejas, al menos, dejaron clarísima su postura.