'Piso parejo', la frase que nivela a todos por igual (hacia abajo)
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Si esta semana usted salió a la calle en la Ciudad de México, seguramente lo interceptó la consigna del momento: piso parejo. Los comerciantes de la Alameda Central la corearon durante días mientras bloqueaban el cruce de avenida Juárez y Eje Central, exigiendo que no los discriminen, que los dejen vender en pasillos y aceras y que, sobre todo, se les respete su rebanada del pastel comercial. La protesta cumplió horas y horas bajo la lluvia, con la terquedad admirable de quien sabe que el que no llora no mama y el que no bloquea, no negocia.
El reclamo tiene su lógica: la autoridad les propone un acuerdo para instalar solo siete puestos por grupo, con descanso obligatorio de tres días a la semana, mientras a unos metros otros colectivos siguen colocándose a cualquier hora, todos los días, sin restricción. El subsecretario de Reordenamiento salió a explicar que la capacidad será de 70 a 90 espacios y que quien acepte deberá cumplir reglas de protección civil, reconociendo de paso que hay rechazo a la medida. Rechazo, dice, como quien descubre agua en el mar. Los inconformes lo dijeron sin rodeos: mejor que les den un número viable, porque siete puestos para repartir entre todos suena menos a piso parejo y más a silla musical con un solo asiento.
Lo delicioso del asunto es que la frase se volvió patrimonio nacional. El PAN capitalino también prometió piso parejo a sus aspirantes rumbo a 2027, abriendo el proceso a militantes y ciudadanos con esa generosidad que solo aparece antes de las elecciones. Así, la misma expresión que grita el ambulante empujado contra la reja la susurra el político que reparte candidaturas. Todos quieren piso parejo; nadie quiere aclarar quién trae la niveladora ni hacia qué lado la va a inclinar.
Y es que en la práctica el piso parejo mexicano funciona como esas mesas de fonda con una servilleta doblada bajo la pata: se ve estable hasta que alguien pone el codo. En la Alameda, remodelada hace más de una década, conviven ambulantes, patinetas y un kiosco con acceso restringido, en un equilibrio que nadie diseñó y todos padecen. La autoridad promete orden, los vendedores prometen resistencia y el peatón, ese personaje olvidado, solo promete esquivar puestos mientras busca un pedacito de banqueta para caminar.
Quizá la solución no sea nivelar el piso, sino aceptar que en este país la palabra parejo es puro anhelo poético. Mientras tanto, la Alameda seguirá siendo el gran laboratorio urbano donde se demuestra que, cuando todos exigen lo mismo, lo único que queda repartido en partes iguales es el enojo.
El reclamo tiene su lógica: la autoridad les propone un acuerdo para instalar solo siete puestos por grupo, con descanso obligatorio de tres días a la semana, mientras a unos metros otros colectivos siguen colocándose a cualquier hora, todos los días, sin restricción. El subsecretario de Reordenamiento salió a explicar que la capacidad será de 70 a 90 espacios y que quien acepte deberá cumplir reglas de protección civil, reconociendo de paso que hay rechazo a la medida. Rechazo, dice, como quien descubre agua en el mar. Los inconformes lo dijeron sin rodeos: mejor que les den un número viable, porque siete puestos para repartir entre todos suena menos a piso parejo y más a silla musical con un solo asiento.
Lo delicioso del asunto es que la frase se volvió patrimonio nacional. El PAN capitalino también prometió piso parejo a sus aspirantes rumbo a 2027, abriendo el proceso a militantes y ciudadanos con esa generosidad que solo aparece antes de las elecciones. Así, la misma expresión que grita el ambulante empujado contra la reja la susurra el político que reparte candidaturas. Todos quieren piso parejo; nadie quiere aclarar quién trae la niveladora ni hacia qué lado la va a inclinar.
Y es que en la práctica el piso parejo mexicano funciona como esas mesas de fonda con una servilleta doblada bajo la pata: se ve estable hasta que alguien pone el codo. En la Alameda, remodelada hace más de una década, conviven ambulantes, patinetas y un kiosco con acceso restringido, en un equilibrio que nadie diseñó y todos padecen. La autoridad promete orden, los vendedores prometen resistencia y el peatón, ese personaje olvidado, solo promete esquivar puestos mientras busca un pedacito de banqueta para caminar.
Quizá la solución no sea nivelar el piso, sino aceptar que en este país la palabra parejo es puro anhelo poético. Mientras tanto, la Alameda seguirá siendo el gran laboratorio urbano donde se demuestra que, cuando todos exigen lo mismo, lo único que queda repartido en partes iguales es el enojo.