Se disfrazaron de la Comisión; cobraron una factura impagable
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Ciudad Juárez sumó esta semana uno de esos delitos que dejan mal cuerpo por lo calculado. Un grupo de sujetos se hizo pasar por trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad para ingresar a una casa en la colonia Campestre Virreyes con el pretexto de revisar el medidor. Adentro había una familia trabajadora; el resultado fue un robo armado y la muerte de un hombre de 46 años por asfixia. La coartada del uniforme convirtió el gesto más cotidiano del país —abrir la puerta cuando dicen que vienen a checar la luz— en una tragedia.
El detalle que hiela es la logística. No fue un asalto improvisado: hubo disfraz, guion y hasta plan de escape. Los responsables huyeron en un Nissan Versa azul que después apareció abandonado en la colonia Kilómetro 20, en un cruce que, según las autoridades, estaba flanqueado por dos puntos de videovigilancia: un poste de Juárez Vigilante al norte y otro de la plataforma Centinela al sur. O sea que el vehículo quedó estacionado prácticamente entre dos cámaras. La tecnología lo vio todo; ojalá también sirva para lo que sigue.
El caso deja una lección incómoda para la vida diaria fronteriza. Durante años la recomendación fue "pide identificación antes de abrir". Pero cuando los delincuentes ya vienen uniformados, con gafete y discurso técnico, la desconfianza se vuelve obligatoria hasta con quien de verdad trabaja para la Comisión. El costo social de estos golpes no es solo el robo: es que la próxima vez que un empleado legítimo toque la puerta para revisar el medidor, la familia lo reciba con el corazón en la mano y la cadena puesta.
Queda pendiente lo importante: que la investigación avance, que las cámaras que tanto se presumen aporten algo más que un buen ángulo del auto abandonado, y que este crimen no se archive como un número más en la estadística. Porque una ciudad que ya no puede abrir la puerta al de la luz sin miedo está pagando un recibo que no le tocaba.
El detalle que hiela es la logística. No fue un asalto improvisado: hubo disfraz, guion y hasta plan de escape. Los responsables huyeron en un Nissan Versa azul que después apareció abandonado en la colonia Kilómetro 20, en un cruce que, según las autoridades, estaba flanqueado por dos puntos de videovigilancia: un poste de Juárez Vigilante al norte y otro de la plataforma Centinela al sur. O sea que el vehículo quedó estacionado prácticamente entre dos cámaras. La tecnología lo vio todo; ojalá también sirva para lo que sigue.
El caso deja una lección incómoda para la vida diaria fronteriza. Durante años la recomendación fue "pide identificación antes de abrir". Pero cuando los delincuentes ya vienen uniformados, con gafete y discurso técnico, la desconfianza se vuelve obligatoria hasta con quien de verdad trabaja para la Comisión. El costo social de estos golpes no es solo el robo: es que la próxima vez que un empleado legítimo toque la puerta para revisar el medidor, la familia lo reciba con el corazón en la mano y la cadena puesta.
Queda pendiente lo importante: que la investigación avance, que las cámaras que tanto se presumen aporten algo más que un buen ángulo del auto abandonado, y que este crimen no se archive como un número más en la estadística. Porque una ciudad que ya no puede abrir la puerta al de la luz sin miedo está pagando un recibo que no le tocaba.