Tala ilegal por aguacate: cuando el guacamole se come al bosque
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El gobernador de Michoacán confirmó lo que en Zacapu y Purépero ya se veía a simple vista: persiste la tala ilegal por la expansión de huertas de aguacate. La problemática ambiental, dijo, se detecta justo donde aparecen las nuevas plantaciones. Es decir, seguimos el rastro del hacha y, oh sorpresa, nos lleva directito al árbol del que sale la exportación. Investigación cerrada; el bosque, también.
Hay que admirar la lógica implacable del oro verde. Donde había pino, palo blanco y fresno, ahora hay hileras perfectas de aguacate mirando hacia el mercado internacional. El monte no se pierde, según esta contabilidad optimista: se 'reconvierte'. Un cerro que antes solo daba sombra, oxígeno y agua a los manantiales ahora da rendimientos, y en la aritmética michoacana del momento eso parece pesar más que cualquier árbol. Nos encanta el aguacate con limón y sal; el problema es cuando el limón, la sal y el bosque ya no caben en el mismo plato.
Que la autoridad lo reconozca públicamente es, en el fondo, un avance: peor sería el clásico 'no nos consta'. Pero entre confirmar un problema y frenarlo hay una distancia que en este estado suele medirse en temporadas de lluvia y en promesas de obra hidráulica. Reconocer la tala es el primer paso; el segundo, que es detenerla, tiende a quedarse esperando presupuesto, como casi todo por acá.
El chiste se cuenta solo cuando uno junta las noticias de la semana: nos preocupan las inundaciones, la basura en las alcantarillas, los cultivos bajo el agua. Y mientras tanto, arriba, en la sierra, se van tumbando los árboles que sostienen el suelo y regulan el agua que después nos cae encima. Cortamos el paraguas y luego nos quejamos de que llueve dentro de la casa. En Michoacán tenemos un talento particular para eso: producir el mejor aguacate del mundo y, de paso, la mejor colección de sorpresas ecológicas anunciadas con meses de anticipación. Provecho, y que alcance la sombra.
Hay que admirar la lógica implacable del oro verde. Donde había pino, palo blanco y fresno, ahora hay hileras perfectas de aguacate mirando hacia el mercado internacional. El monte no se pierde, según esta contabilidad optimista: se 'reconvierte'. Un cerro que antes solo daba sombra, oxígeno y agua a los manantiales ahora da rendimientos, y en la aritmética michoacana del momento eso parece pesar más que cualquier árbol. Nos encanta el aguacate con limón y sal; el problema es cuando el limón, la sal y el bosque ya no caben en el mismo plato.
Que la autoridad lo reconozca públicamente es, en el fondo, un avance: peor sería el clásico 'no nos consta'. Pero entre confirmar un problema y frenarlo hay una distancia que en este estado suele medirse en temporadas de lluvia y en promesas de obra hidráulica. Reconocer la tala es el primer paso; el segundo, que es detenerla, tiende a quedarse esperando presupuesto, como casi todo por acá.
El chiste se cuenta solo cuando uno junta las noticias de la semana: nos preocupan las inundaciones, la basura en las alcantarillas, los cultivos bajo el agua. Y mientras tanto, arriba, en la sierra, se van tumbando los árboles que sostienen el suelo y regulan el agua que después nos cae encima. Cortamos el paraguas y luego nos quejamos de que llueve dentro de la casa. En Michoacán tenemos un talento particular para eso: producir el mejor aguacate del mundo y, de paso, la mejor colección de sorpresas ecológicas anunciadas con meses de anticipación. Provecho, y que alcance la sombra.