La visa cancelada que unió a la política mexicana en el noble arte de no meter las manos al fuego
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Estados Unidos le canceló la visa a Andrés López Beltrán, secretario de Organización de Morena, y con ese simple gesto burocrático provocó en México un debate existencial digno de sobremesa: ¿cuánto vale una visa? La respuesta, entre gritos, comunicados y deslindes, resultó ser más reveladora del que la defiende que del que la perdió.
El senador Fernández Noroña, que nunca deja pasar un micrófono, salió a aclarar que el país no necesita el aval de nadie para conducir su política y que una visa no es certificado de buena conducta. En eso lleva toda la razón: una visa jamás certificó conducta alguna, apenas sirve para formarse en la fila del aeropuerto sin que a uno lo regresen. Pero el senador subió la apuesta con un "atrévanse a tocar al compañero presidente López Obrador", frase de película de acción que suena mucho más contundente pronunciada en un informe legislativo en Oaxaca que negociada en una mesa diplomática.
La solidaridad partidista fue un espectáculo de coreografía milimétrica. El Partido del Trabajo emitió comunicado para respaldar la soberanía nacional y condenar la injerencia extranjera, en defensa de un funcionario que, según lo que se conoce públicamente, le debe el cargo más a su árbol genealógico que a su hoja de servicios. Y el Partido Verde, con esa habilidad felina para no comprometerse, se deslindó del asunto: su coordinador aclaró que "no metería las manos al fuego por él" y recordó que López Beltrán no ocupa hoy ningún cargo de elección popular. El PT, en la misma tesitura, remató con un lapidario "no podemos meter las manos al fuego por nadie". Conmovedor consenso: todos dispuestos a defender la soberanía, ninguno dispuesto a arriesgar una falange.
Así quedó el retrato: un bloque político capaz de convertir la cancelación de un documento migratorio en batalla por la dignidad patria, mientras se cuida mucho de aclarar que la dignidad patria y el respaldo personal son dos trámites distintos. La visa, mientras tanto, sigue cancelada, y el país descubrió que lo único más difícil de conseguir que una cita en el consulado es que un partido aliado ponga las manos donde dice tener el corazón.
El senador Fernández Noroña, que nunca deja pasar un micrófono, salió a aclarar que el país no necesita el aval de nadie para conducir su política y que una visa no es certificado de buena conducta. En eso lleva toda la razón: una visa jamás certificó conducta alguna, apenas sirve para formarse en la fila del aeropuerto sin que a uno lo regresen. Pero el senador subió la apuesta con un "atrévanse a tocar al compañero presidente López Obrador", frase de película de acción que suena mucho más contundente pronunciada en un informe legislativo en Oaxaca que negociada en una mesa diplomática.
La solidaridad partidista fue un espectáculo de coreografía milimétrica. El Partido del Trabajo emitió comunicado para respaldar la soberanía nacional y condenar la injerencia extranjera, en defensa de un funcionario que, según lo que se conoce públicamente, le debe el cargo más a su árbol genealógico que a su hoja de servicios. Y el Partido Verde, con esa habilidad felina para no comprometerse, se deslindó del asunto: su coordinador aclaró que "no metería las manos al fuego por él" y recordó que López Beltrán no ocupa hoy ningún cargo de elección popular. El PT, en la misma tesitura, remató con un lapidario "no podemos meter las manos al fuego por nadie". Conmovedor consenso: todos dispuestos a defender la soberanía, ninguno dispuesto a arriesgar una falange.
Así quedó el retrato: un bloque político capaz de convertir la cancelación de un documento migratorio en batalla por la dignidad patria, mientras se cuida mucho de aclarar que la dignidad patria y el respaldo personal son dos trámites distintos. La visa, mientras tanto, sigue cancelada, y el país descubrió que lo único más difícil de conseguir que una cita en el consulado es que un partido aliado ponga las manos donde dice tener el corazón.