El Metro se descarrila parado y la Ecobici pedalea con más anuncios que frenos
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La movilidad de la Ciudad de México pasa por un momento espiritual: nos enseña a soltar el control y confiar en el universo. Porque si algo aprendió el capitalino este año es que puede planear su ruta con app, con tiempo y con fe, y aun así llegar tarde por causas ajenas a la física conocida.
Empecemos por el subsuelo. La Línea 3, que une Indios Verdes con Universidad, acumuló más de tres mil quinientas fallas en lo que va del año. Y por si el dato sonaba abstracto, la realidad lo ilustró con un convoy que se descarriló durante una maniobra en los talleres de Ticomán. Que un tren falle en marcha es preocupante; que se descarrile mientras lo estacionan es casi filosófico. Es un vehículo que ya no confía ni en sí mismo. Para colmo, la contabilidad histórica no ayuda: de siete mil desperfectos en un año se saltó a más de trece mil al siguiente, un crecimiento de casi 88 por ciento que en cualquier otra industria se llamaría éxito y en esta se llama viernes.
Arriba, en la superficie, la Ecobici prometió pedalear hacia el futuro: crecerá a quince mil bicicletas y —agárrense del manubrio— ampliará su publicidad a más de mil cien mobiliarios urbanos. Estupendo plan, salvo por un pequeño desajuste de prioridades que los propios usuarios enlistaron con lujo de dolor: frenos que no frenan, cadenas que se salen, cambios que no cambian y llantas que hacen su vida aparte. O sea, el sistema va a lucir espectacular en cada esquina mientras el ciclista descubre, a mitad de una bajada, que el freno era decorativo.
Hay una lógica perversa que casi se admira. En vez de invertir todo en tornillos, balatas y engrasado, se apuesta por el espectacular, porque un anuncio no se queja en redes y una balata gastada sí. La bicicleta con publicidad reluciente y frenos de adorno es el monumento perfecto a nuestra época: por fuera, campaña; por dentro, mantenimiento pendiente.
El usuario, ese héroe anónimo, ya desarrolló técnicas de sobrevivencia. Frena con el tenis, reza en los altos y agradece cada llegada como quien sale de una tómbola. En el Metro hace lo propio: escucha el rechinido, calcula la probabilidad y encomienda el trayecto a la Virgen de Guadalupe, patrona no oficial del transporte público capitalino.
No pedimos milagros, solo coherencia: que la bici que anuncia "muévete seguro" tenga, oh audacia, con qué frenar; y que la línea que mueve a cientos de miles al día no se descarrile ni en pijama. Mientras tanto, seguiremos moviéndonos por esta ciudad hermosa y averiada con la única refacción que nunca se agota: la resignación, bien engrasada y sin necesidad de presupuesto.
Empecemos por el subsuelo. La Línea 3, que une Indios Verdes con Universidad, acumuló más de tres mil quinientas fallas en lo que va del año. Y por si el dato sonaba abstracto, la realidad lo ilustró con un convoy que se descarriló durante una maniobra en los talleres de Ticomán. Que un tren falle en marcha es preocupante; que se descarrile mientras lo estacionan es casi filosófico. Es un vehículo que ya no confía ni en sí mismo. Para colmo, la contabilidad histórica no ayuda: de siete mil desperfectos en un año se saltó a más de trece mil al siguiente, un crecimiento de casi 88 por ciento que en cualquier otra industria se llamaría éxito y en esta se llama viernes.
Arriba, en la superficie, la Ecobici prometió pedalear hacia el futuro: crecerá a quince mil bicicletas y —agárrense del manubrio— ampliará su publicidad a más de mil cien mobiliarios urbanos. Estupendo plan, salvo por un pequeño desajuste de prioridades que los propios usuarios enlistaron con lujo de dolor: frenos que no frenan, cadenas que se salen, cambios que no cambian y llantas que hacen su vida aparte. O sea, el sistema va a lucir espectacular en cada esquina mientras el ciclista descubre, a mitad de una bajada, que el freno era decorativo.
Hay una lógica perversa que casi se admira. En vez de invertir todo en tornillos, balatas y engrasado, se apuesta por el espectacular, porque un anuncio no se queja en redes y una balata gastada sí. La bicicleta con publicidad reluciente y frenos de adorno es el monumento perfecto a nuestra época: por fuera, campaña; por dentro, mantenimiento pendiente.
El usuario, ese héroe anónimo, ya desarrolló técnicas de sobrevivencia. Frena con el tenis, reza en los altos y agradece cada llegada como quien sale de una tómbola. En el Metro hace lo propio: escucha el rechinido, calcula la probabilidad y encomienda el trayecto a la Virgen de Guadalupe, patrona no oficial del transporte público capitalino.
No pedimos milagros, solo coherencia: que la bici que anuncia "muévete seguro" tenga, oh audacia, con qué frenar; y que la línea que mueve a cientos de miles al día no se descarrile ni en pijama. Mientras tanto, seguiremos moviéndonos por esta ciudad hermosa y averiada con la única refacción que nunca se agota: la resignación, bien engrasada y sin necesidad de presupuesto.