Sesenta parquímetros que ya adornan pero todavía no muerden
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En Parral acaban de instalar 60 parquímetros a lo largo del Paseo Gómez Morín. La noticia tendría todo para ser un avance modernizador, salvo por un pequeño matiz técnico: todavía no funcionan. El Consejo Municipal de Estacionómetros explica que realiza labores de adecuación vial antes de activar el cobro a los automovilistas.
Es decir, por ahora los parquímetros son escultura urbana. Sesenta monolitos metálicos plantados en la banqueta, contemplando el tráfico, esperando con paciencia el día en que les toque cumplir su destino de morder la cartera del parroquiano. Hay algo casi poético en la imagen: la infraestructura del cobro llega siempre puntual; la del servicio, ya veremos.
El parralense, que no nació ayer, mira los aparatos con la sana sospecha de quien sabe cómo termina la película. Primero se instala, luego se "adecúa", después —cuando menos lo esperas— aparece la tarifa, y para entonces ya nadie se acuerda de que alguna vez estacionarse fue gratis. Lo que rara vez se adecúa con la misma prisa es el pavimento, la raya de la calle o el alumbrado; pero el cobro, ese sí, siempre encuentra la manera de madurar a tiempo.
No es que cobrar por estacionarse sea un crimen: en medio mundo funciona y hasta ordena el caos vial. El detalle chihuahuense es el orden de los factores. Primero el poste, luego la promesa de que "servirá para mejorar la movilidad", y al final la factura. Sesenta parquímetros dormidos en Gómez Morín son, por ahora, el monumento más honesto a la administración pública: ya están, ya se ven, ya casi cobran. Denles tiempo. El reloj, para eso, nunca falla.
Es decir, por ahora los parquímetros son escultura urbana. Sesenta monolitos metálicos plantados en la banqueta, contemplando el tráfico, esperando con paciencia el día en que les toque cumplir su destino de morder la cartera del parroquiano. Hay algo casi poético en la imagen: la infraestructura del cobro llega siempre puntual; la del servicio, ya veremos.
El parralense, que no nació ayer, mira los aparatos con la sana sospecha de quien sabe cómo termina la película. Primero se instala, luego se "adecúa", después —cuando menos lo esperas— aparece la tarifa, y para entonces ya nadie se acuerda de que alguna vez estacionarse fue gratis. Lo que rara vez se adecúa con la misma prisa es el pavimento, la raya de la calle o el alumbrado; pero el cobro, ese sí, siempre encuentra la manera de madurar a tiempo.
No es que cobrar por estacionarse sea un crimen: en medio mundo funciona y hasta ordena el caos vial. El detalle chihuahuense es el orden de los factores. Primero el poste, luego la promesa de que "servirá para mejorar la movilidad", y al final la factura. Sesenta parquímetros dormidos en Gómez Morín son, por ahora, el monumento más honesto a la administración pública: ya están, ya se ven, ya casi cobran. Denles tiempo. El reloj, para eso, nunca falla.