El Zoo León pide diez millones porque ya ni los changos tienen visitas
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Pocas metáforas del ánimo colectivo son tan exactas como esta: el Zoológico de León atraviesa una de las peores crisis financieras de su historia y solicita un subsidio de diez y medio millones de pesos, porque la afluencia de visitantes se desplomó en los últimos meses. Un zoológico sin público. Es decir, animales encerrados esperando que alguien venga a verlos, y del otro lado de la reja, nadie. Difícil saber quién observa a quién en un recinto donde el más aburrido de todos podría ser el guardia.
Antes uno culpaba al domingo, al calor, a que ya todos vieron al mismo león dormir en la misma piedra. Pero el fenómeno da para más filosofía barata: en la era del changuito viral de internet, ¿para qué ir a ver un mono de verdad, que además ni hace piruetas a pedido? La competencia del zoológico ya no es otro zoológico; es la pantalla del teléfono, que trae jirafas, tigres y osos sin cobrar estacionamiento ni obligarte a caminar bajo el sol entre carritos de algodón.
El detalle presupuestal es lo que pica. Diez y medio millones para sostener un espacio que, se supone, debería sostenerse en parte con sus propias entradas. Cuando el negocio de exhibir vida silvestre necesita rescate público, uno se pregunta si el problema es de mercadotecnia, de precios o simplemente de que la ciudad ya trae otras prioridades en la cartera. Sea como sea, aquí va una recomendación fraternal desde Destiempo: si el chiste es atraer gente, tal vez convendría menos jaula y más razón para venir. Porque un zoológico vacío no es tragedia solo para los contadores; es un recordatorio incómodo de que hasta la fauna más carismática puede quedarse esperando visitas que ya no llegan. Ojalá el subsidio alcance, y ojalá alguien, algún domingo, se acuerde de que ahí siguen los animales, puntuales, aguantando la crisis con más dignidad que muchos.
Antes uno culpaba al domingo, al calor, a que ya todos vieron al mismo león dormir en la misma piedra. Pero el fenómeno da para más filosofía barata: en la era del changuito viral de internet, ¿para qué ir a ver un mono de verdad, que además ni hace piruetas a pedido? La competencia del zoológico ya no es otro zoológico; es la pantalla del teléfono, que trae jirafas, tigres y osos sin cobrar estacionamiento ni obligarte a caminar bajo el sol entre carritos de algodón.
El detalle presupuestal es lo que pica. Diez y medio millones para sostener un espacio que, se supone, debería sostenerse en parte con sus propias entradas. Cuando el negocio de exhibir vida silvestre necesita rescate público, uno se pregunta si el problema es de mercadotecnia, de precios o simplemente de que la ciudad ya trae otras prioridades en la cartera. Sea como sea, aquí va una recomendación fraternal desde Destiempo: si el chiste es atraer gente, tal vez convendría menos jaula y más razón para venir. Porque un zoológico vacío no es tragedia solo para los contadores; es un recordatorio incómodo de que hasta la fauna más carismática puede quedarse esperando visitas que ya no llegan. Ojalá el subsidio alcance, y ojalá alguien, algún domingo, se acuerde de que ahí siguen los animales, puntuales, aguantando la crisis con más dignidad que muchos.