Talamos 613 árboles y les dejamos de tarea sembrar el desierto
Tamaño de letra
Michoacán acaba de inventar una nueva unidad de medida ambiental: el árbol a plazos. Funciona así. Se derriban 613 árboles adultos en el poniente de Morelia y, como gesto de buena voluntad, se ofrecen veinte arbolitos nuevos por cada uno tumbado. Saquen la calculadora: son 12,260 plántulas. Suena generosísimo hasta que uno recuerda que un árbol maduro que daba sombra, oxígeno y frescura hoy no se reemplaza con un palito en una bolsa de plástico que, con suerte, será árbol de verdad para cuando los nietos de los actuales funcionarios paguen su primer refrendo.
La presidenta de una fundación ambientalista lo dijo sin anestesia: eso de los veinte por uno no es una solución, es una burla con recibo. Y tiene razón. Es el equivalente ecológico de que le choquen el coche y le entreguen veinte llaveritos como compensación. Técnicamente le dieron algo. Emocionalmente le tumbaron el árbol.
Lo mejor —o lo peor, según se mida— es el timing. Justo mientras aquí presumíamos la aritmética del ecocidio, los especialistas reunidos en la capital del país advertían que la llegada de El Niño va a intensificar la sequía, la escasez de agua y hasta los riesgos para la seguridad alimentaria de México. O sea: el país entero se prepara para un calorón histórico y nosotros, muy proactivos, decidimos ir quitando de una vez la sombra. Prevención al revés. Cuando llegue la ola de calor tendremos 12,260 esperanzas de veinte centímetros y ni un solo árbol donde formarnos a maldecir.
Y porque la naturaleza tiene un fino sentido del humor, mientras discutíamos todo esto, Protección Civil de Morelia atendía tres reportes de serpientes metidas en casas y negocios. Aquí la moraleja se cuenta sola: si le vas quitando su hábitat a bocanadas de 613 árboles, no te sorprenda que la fauna toque a tu puerta pidiendo asilo. La víbora no se metió a tu sala por maldad; se metió porque le tiraron el edificio de departamentos donde vivía. Es un refugiado ambiental con escamas.
El discurso oficial, por supuesto, hablará de desarrollo, de obra necesaria, de modernidad. Y quizá tengan parte de razón: las ciudades crecen y a veces el árbol estorba al progreso. Pero que no nos vendan la compensación como acto heroico. Sembrar veinte arbolitos que requieren años de riego —en plena advertencia de sequía, ojo— no es reforestar, es abrir una cuenta de ahorro forestal a treinta años en un banco que igual y ni existe cuando toque cobrar.
Mientras tanto, disfrute la sombra que le quede, paisano. Y si escucha un ruidito raro detrás del sillón, no se alarme: probablemente es un nuevo vecino buscando el árbol que ya no está.
La presidenta de una fundación ambientalista lo dijo sin anestesia: eso de los veinte por uno no es una solución, es una burla con recibo. Y tiene razón. Es el equivalente ecológico de que le choquen el coche y le entreguen veinte llaveritos como compensación. Técnicamente le dieron algo. Emocionalmente le tumbaron el árbol.
Lo mejor —o lo peor, según se mida— es el timing. Justo mientras aquí presumíamos la aritmética del ecocidio, los especialistas reunidos en la capital del país advertían que la llegada de El Niño va a intensificar la sequía, la escasez de agua y hasta los riesgos para la seguridad alimentaria de México. O sea: el país entero se prepara para un calorón histórico y nosotros, muy proactivos, decidimos ir quitando de una vez la sombra. Prevención al revés. Cuando llegue la ola de calor tendremos 12,260 esperanzas de veinte centímetros y ni un solo árbol donde formarnos a maldecir.
Y porque la naturaleza tiene un fino sentido del humor, mientras discutíamos todo esto, Protección Civil de Morelia atendía tres reportes de serpientes metidas en casas y negocios. Aquí la moraleja se cuenta sola: si le vas quitando su hábitat a bocanadas de 613 árboles, no te sorprenda que la fauna toque a tu puerta pidiendo asilo. La víbora no se metió a tu sala por maldad; se metió porque le tiraron el edificio de departamentos donde vivía. Es un refugiado ambiental con escamas.
El discurso oficial, por supuesto, hablará de desarrollo, de obra necesaria, de modernidad. Y quizá tengan parte de razón: las ciudades crecen y a veces el árbol estorba al progreso. Pero que no nos vendan la compensación como acto heroico. Sembrar veinte arbolitos que requieren años de riego —en plena advertencia de sequía, ojo— no es reforestar, es abrir una cuenta de ahorro forestal a treinta años en un banco que igual y ni existe cuando toque cobrar.
Mientras tanto, disfrute la sombra que le quede, paisano. Y si escucha un ruidito raro detrás del sillón, no se alarme: probablemente es un nuevo vecino buscando el árbol que ya no está.