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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 9 de octubre, 2026
Ciudad de México • Nota • 20 de agosto de 2026

El Metro prohíbe gritar: buena suerte con eso

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El Metro prohíbe gritar: buena suerte con eso
En un acto de optimismo administrativo pocas veces visto, el Sistema de Transporte Colectivo estrenó reglamento para sus locales comerciales y decidió, entre otras cosas, prohibir el grito. Así, con todas sus letras. Ya no se podrán usar estufas ni hornos que suban la temperatura de la estación, ni radios, ni altavoces, ni bocinas, ni —el gran clásico— gritar para anunciar la mercancía. El objetivo es noble: bajarle a la contaminación auditiva del subsuelo. La meta es, digamos, ambiciosa.

Porque legislar contra el grito en el Metro de la Ciudad de México es como legislar contra la humedad en Villahermosa: se puede escribir en el reglamento, pero la naturaleza tiene otros planes. El grito no es un accidente en el Metro capitalino, es su banda sonora oficial, su latido, su forma ancestral de comercio. El vendedor que ofrece el paquete de plumas por diez pesos con esa voz que rebota en tres andenes no está rompiendo una regla nueva: está sosteniendo una tradición oral más vieja que las escaleras eléctricas descompuestas.

El documento va más lejos y se pone técnico: cada espacio podrá jalar hasta 3 mil watts desde la subestación, ningún aparato debe rebasar los mil 500, y los permisionarios tendrán que entregar inventario de sus equipos con todo y su requerimiento eléctrico. También quedó prohibido usar al personal de limpieza del sistema como empleados del changarro, fumar, tomar y vender cosas fuera del giro. Todo razonable, todo sensato, todo escrito para un Metro paralelo que existe en un PDF.

En el Metro real, el de carne, codazo y bocina a todo volumen, el reto no es redactar la norma sino aplicarla sin que se caiga en el olvido junto al reglamento de no recargarse en las puertas. Ojalá funcione y las estaciones ganen unos decibeles de paz. Pero si algún día uno baja al andén y encuentra un silencio absoluto, que no cunda el pánico: probablemente no es que triunfó el reglamento, es que otra vez se fue la luz.