Prohibido el celular en clase, salvo cuando sí: el arte del límite elástico
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Nuevo León descubrió esta semana una nueva forma de la geometría: el límite que no limita. El gobernador llamó a establecer restricciones para el uso de celulares, tabletas y redes sociales dentro de las escuelas, preocupado —con toda razón— por el impacto de los dispositivos digitales en niñas, niños y adolescentes. Un discurso impecable, del que nadie puede estar en contra, salvo por un pequeño estorbo: la letra chiquita.
Resulta que la nueva Ley de Educación estatal permite el ingreso de celulares y tabletas a los planteles, siempre y cuando sean utilizados con fines "estrictamente educativos". Es decir, se prohíbe el aparato, excepto cuando se autoriza. Es la clase de regla que empieza con un "no" firme y termina con un "bueno, depende" que deja a todos justo donde estaban.
Uno agradece la buena intención, pero le encantaría ver el operativo en el salón. ¿Quién audita que el video sea educativo? ¿Existirá el Inspector de Pertinencia Pedagógica, ese noble servidor que revisa pantalla por pantalla si el alumno consulta la tabla periódica o el marcador del futbol? Porque en la práctica, todo adolescente sabe que cualquier cosa puede argumentarse como "educativa": el meme enseña historia, el reel enseña economía y la selfie, autoestima.
El encanto de esta política es que se puede presumir en dos direcciones a la vez. Ante los padres angustiados: miren, limitamos los celulares. Ante los que quieren tecnología en el aula: miren, permitimos las tabletas. Es el equilibrio perfecto del que no quiere quedar mal con nadie, sostenido con el mismo pegamento con el que se sostienen casi todas las buenas intenciones: el gis y la esperanza.
Limitar el celular en las escuelas es un objetivo sensato y hasta urgente. El problema es cuando el límite se redacta con una puerta trasera del tamaño de una tableta. Al final, la única lección estrictamente educativa que sacan los estudiantes es una que no viene en el temario: que en Nuevo León una prohibición y un permiso pueden vivir juntos, en el mismo párrafo, sin mirarse a los ojos.
Resulta que la nueva Ley de Educación estatal permite el ingreso de celulares y tabletas a los planteles, siempre y cuando sean utilizados con fines "estrictamente educativos". Es decir, se prohíbe el aparato, excepto cuando se autoriza. Es la clase de regla que empieza con un "no" firme y termina con un "bueno, depende" que deja a todos justo donde estaban.
Uno agradece la buena intención, pero le encantaría ver el operativo en el salón. ¿Quién audita que el video sea educativo? ¿Existirá el Inspector de Pertinencia Pedagógica, ese noble servidor que revisa pantalla por pantalla si el alumno consulta la tabla periódica o el marcador del futbol? Porque en la práctica, todo adolescente sabe que cualquier cosa puede argumentarse como "educativa": el meme enseña historia, el reel enseña economía y la selfie, autoestima.
El encanto de esta política es que se puede presumir en dos direcciones a la vez. Ante los padres angustiados: miren, limitamos los celulares. Ante los que quieren tecnología en el aula: miren, permitimos las tabletas. Es el equilibrio perfecto del que no quiere quedar mal con nadie, sostenido con el mismo pegamento con el que se sostienen casi todas las buenas intenciones: el gis y la esperanza.
Limitar el celular en las escuelas es un objetivo sensato y hasta urgente. El problema es cuando el límite se redacta con una puerta trasera del tamaño de una tableta. Al final, la única lección estrictamente educativa que sacan los estudiantes es una que no viene en el temario: que en Nuevo León una prohibición y un permiso pueden vivir juntos, en el mismo párrafo, sin mirarse a los ojos.