La Visa dorada que no se pudo romper porque le faltó una mano
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En la eterna competencia por el momento más bochornoso de la tribuna, el Senado de la República volvió a entregar oro. Todo empezó cuando la oposición lanzó un reto: que legisladores de Morena rompieran sus visas como gesto de apoyo frente a la presión estadounidense sobre cierto hijo ilustre del movimiento. Un reto simbólico, teatral, de esos hechos para el video. Y el video llegó, pero por otro camino.
Porque uno de los senadores oficialistas tomó la palabra, sacó un plástico dorado y anunció que lo rompería en ese mismo instante. Solo había un pequeño detalle: no era una visa. Era una tarjeta Visa, la del banco, la de dorada categoría. Y para colmo agregó que no podía romperla con una sola mano porque anda lesionado, así que mejor esperaría a recuperarse. En una sola intervención logró confundir el documento migratorio que expide un consulado con el instrumento de crédito que expide una institución financiera, y encima culpar a su propia mano del desenlace.
Hay derrotas y hay autogoles, pero este fue un autogol con narración incluida. El reto opositor buscaba exhibir la incomodidad ajena, y terminó recibiendo, gratis, una escena que ningún guionista se habría atrevido a proponer por inverosímil. Si la idea era demostrar temple frente a Washington, el mensaje que quedó fue otro: aquí no rompemos ni una tarjeta sin antes consultar el parte médico.
Lo entrañable —o lo preocupante, según el ánimo— es la solemnidad con que se ejecutó la maniobra. No fue un desliz mascullado entre dientes; fue una declaración en tribuna, con pausa dramática, ante cámaras, para la posteridad. El homónimo entre la visa de viajar y la Visa de pagar existe desde hace décadas y jamás había cobrado una víctima tan voluntaria. La lengua española tendió la trampa; alguien, con entusiasmo, se sentó en ella.
Al final nadie rompió nada, que en política suele ser la moraleja de casi todo. La oposición se quedó sin su foto de mártires y el oficialismo se quedó con un meme que se paga solo. Y el ciudadano, ese que financia el recinto, aprendió una lección de educación cívica que no venía en el temario: antes de retar a alguien a destruir un documento, conviene asegurarse de que ambas partes sepan cuál documento es. Y de que traigan las dos manos disponibles.
Porque uno de los senadores oficialistas tomó la palabra, sacó un plástico dorado y anunció que lo rompería en ese mismo instante. Solo había un pequeño detalle: no era una visa. Era una tarjeta Visa, la del banco, la de dorada categoría. Y para colmo agregó que no podía romperla con una sola mano porque anda lesionado, así que mejor esperaría a recuperarse. En una sola intervención logró confundir el documento migratorio que expide un consulado con el instrumento de crédito que expide una institución financiera, y encima culpar a su propia mano del desenlace.
Hay derrotas y hay autogoles, pero este fue un autogol con narración incluida. El reto opositor buscaba exhibir la incomodidad ajena, y terminó recibiendo, gratis, una escena que ningún guionista se habría atrevido a proponer por inverosímil. Si la idea era demostrar temple frente a Washington, el mensaje que quedó fue otro: aquí no rompemos ni una tarjeta sin antes consultar el parte médico.
Lo entrañable —o lo preocupante, según el ánimo— es la solemnidad con que se ejecutó la maniobra. No fue un desliz mascullado entre dientes; fue una declaración en tribuna, con pausa dramática, ante cámaras, para la posteridad. El homónimo entre la visa de viajar y la Visa de pagar existe desde hace décadas y jamás había cobrado una víctima tan voluntaria. La lengua española tendió la trampa; alguien, con entusiasmo, se sentó en ella.
Al final nadie rompió nada, que en política suele ser la moraleja de casi todo. La oposición se quedó sin su foto de mártires y el oficialismo se quedó con un meme que se paga solo. Y el ciudadano, ese que financia el recinto, aprendió una lección de educación cívica que no venía en el temario: antes de retar a alguien a destruir un documento, conviene asegurarse de que ambas partes sepan cuál documento es. Y de que traigan las dos manos disponibles.