Todo se arregla en tres meses: manual capitalino de la esperanza
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Hay una unidad de medida que no aparece en el Sistema Internacional pero que rige la vida en la Ciudad de México: el «en tres meses». En tres meses se ordenan los locales del Metro, en tres meses se miden las aguas, en tres meses se civiliza al comercio. Es nuestro año luz emocional: una distancia tan grande que para cuando llega, ya nadie se acuerda de quién la prometió.
Empecemos bajo tierra. El director del Metro, Adrián Rubalcava, descubrió —sentados todos— que los concesionarios de locales pagan al sistema entre 3 y 10 mil pesos y luego subarriendan el changarro hasta en 100 mil. Es decir, el Metro inventó sin querer el modelo de negocio más rentable de la ciudad: ser casero de tus caseros. Como remedio, un nuevo reglamento y tres meses de gracia para que los vendedores porten chaleco del color de su línea. Por fin resolvimos el problema de fondo: no la mordida, sino que el ambulante no combinaba con el andén. Que la rosa vaya de rosa, la verde de verde y la corrupción, como siempre, de gris institucional.
Arriba, en la estación Auditorio, la jefa de Gobierno inauguró Apoteosis, el mural holográfico más grande del mundo: 750 metros cuadrados certificados por Guinness, hechos en 34 días. Doce mil tiras de acrílico que cambian según cómo te pares. Metáfora perfecta del gobierno capitalino: dependiendo del ángulo, ves una maravilla o ves puro plástico. Lo holográfico no está en el techo, está en las cifras.
Porque a ras de calle la realidad es menos tornasol. Se documentó el viacrucis interminable de los baches, ese relieve montañoso que la naturaleza no nos dio pero que las obras nos regalan año con año. En esta ciudad ya no manejas: escalas. Y en la Cuauhtémoc, la cosa «ha ido de mal en peor», según la directora de las tiendas Superissste, que muy oportunamente se declara lista para pelear la candidatura de Morena a la alcaldía. Nada como diagnosticar el deterioro justo cuando quieres el consultorio. Su rival, dice, «ha puesto por delante el conflicto». El conflicto, en política mexicana, es como el bache: todos lo señalan y nadie lo tapa.
Del otro lado del país, un recibo de luz nos recordó que la austeridad tiene sus matices. Circuló un recibo de la CFE a nombre de «Nahle García Norma R.» por un domicilio en Villahermosa: 49 pesos con un centavo por un consumo de mil 703 kilowatts-hora. Con esa tarifa, cada quien pagaría su bimestre con lo que cuesta un café con leche. El resto de los mortales, en cambio, financiamos la transformación de nuestra propia quincena. Larga vida a la palabra «NETMET», que ya aparece en el recibo y en nuestras oraciones.
En el norte, un gobernador presumió 135 mil millones de dólares de inversión extranjera —contra 11 mil del sexenio anterior— y, en el mismo aliento, avisó que su Quinto Informe depende del parto de su hija. Es el primer mandatario que rinde cuentas sujeto a dilatación cervical. «Imagínate que haga el evento y esté en labor de parto», dijo. Tranquilo, gobernador: media república también está de parto, esperando que nazca alguna carretera prometida en tres meses.
Y como la Ciudad de México nunca deja de legislar el detalle, en el Congreso capitalino se propuso instalar baños familiares obligatorios con cambiador en plazas, cines y restaurantes. Aplausos genuinos por la idea; solo pedimos que el mismo entusiasmo se aplique a que esos baños, algún día, tengan agua. Medir el Lerma cuesta 11.4 millones; que salga por la llave, eso sí es utopía.
Cerramos con nuestra sección de honor policial. La SSC aclaró que los elementos que lucieron chamarras con ajolotes durante el Mundial no usaron recursos públicos: los uniformados pagaron sus propias prendas. Conmovedor. En esta ciudad hasta el policía se autofinancia el cosplay institucional. Primero el maestro pone las copias, luego el paciente lleva su gasa, y ahora el oficial costea su ajolote bordado. El Estado de bienestar, pero al revés: aquí el ciudadano subsidia al gobierno.
Así amanece la capital: con murales que cambian según cómo los mires, recibos que cambian según cómo te apellides y funcionarios que cambian de opinión según a qué aspiren. Todo, faltaba más, se arregla en tres meses. Nos vemos en noviembre, cuando nadie recuerde nada y empecemos, otra vez, a contar.
Empecemos bajo tierra. El director del Metro, Adrián Rubalcava, descubrió —sentados todos— que los concesionarios de locales pagan al sistema entre 3 y 10 mil pesos y luego subarriendan el changarro hasta en 100 mil. Es decir, el Metro inventó sin querer el modelo de negocio más rentable de la ciudad: ser casero de tus caseros. Como remedio, un nuevo reglamento y tres meses de gracia para que los vendedores porten chaleco del color de su línea. Por fin resolvimos el problema de fondo: no la mordida, sino que el ambulante no combinaba con el andén. Que la rosa vaya de rosa, la verde de verde y la corrupción, como siempre, de gris institucional.
Arriba, en la estación Auditorio, la jefa de Gobierno inauguró Apoteosis, el mural holográfico más grande del mundo: 750 metros cuadrados certificados por Guinness, hechos en 34 días. Doce mil tiras de acrílico que cambian según cómo te pares. Metáfora perfecta del gobierno capitalino: dependiendo del ángulo, ves una maravilla o ves puro plástico. Lo holográfico no está en el techo, está en las cifras.
Porque a ras de calle la realidad es menos tornasol. Se documentó el viacrucis interminable de los baches, ese relieve montañoso que la naturaleza no nos dio pero que las obras nos regalan año con año. En esta ciudad ya no manejas: escalas. Y en la Cuauhtémoc, la cosa «ha ido de mal en peor», según la directora de las tiendas Superissste, que muy oportunamente se declara lista para pelear la candidatura de Morena a la alcaldía. Nada como diagnosticar el deterioro justo cuando quieres el consultorio. Su rival, dice, «ha puesto por delante el conflicto». El conflicto, en política mexicana, es como el bache: todos lo señalan y nadie lo tapa.
Del otro lado del país, un recibo de luz nos recordó que la austeridad tiene sus matices. Circuló un recibo de la CFE a nombre de «Nahle García Norma R.» por un domicilio en Villahermosa: 49 pesos con un centavo por un consumo de mil 703 kilowatts-hora. Con esa tarifa, cada quien pagaría su bimestre con lo que cuesta un café con leche. El resto de los mortales, en cambio, financiamos la transformación de nuestra propia quincena. Larga vida a la palabra «NETMET», que ya aparece en el recibo y en nuestras oraciones.
En el norte, un gobernador presumió 135 mil millones de dólares de inversión extranjera —contra 11 mil del sexenio anterior— y, en el mismo aliento, avisó que su Quinto Informe depende del parto de su hija. Es el primer mandatario que rinde cuentas sujeto a dilatación cervical. «Imagínate que haga el evento y esté en labor de parto», dijo. Tranquilo, gobernador: media república también está de parto, esperando que nazca alguna carretera prometida en tres meses.
Y como la Ciudad de México nunca deja de legislar el detalle, en el Congreso capitalino se propuso instalar baños familiares obligatorios con cambiador en plazas, cines y restaurantes. Aplausos genuinos por la idea; solo pedimos que el mismo entusiasmo se aplique a que esos baños, algún día, tengan agua. Medir el Lerma cuesta 11.4 millones; que salga por la llave, eso sí es utopía.
Cerramos con nuestra sección de honor policial. La SSC aclaró que los elementos que lucieron chamarras con ajolotes durante el Mundial no usaron recursos públicos: los uniformados pagaron sus propias prendas. Conmovedor. En esta ciudad hasta el policía se autofinancia el cosplay institucional. Primero el maestro pone las copias, luego el paciente lleva su gasa, y ahora el oficial costea su ajolote bordado. El Estado de bienestar, pero al revés: aquí el ciudadano subsidia al gobierno.
Así amanece la capital: con murales que cambian según cómo los mires, recibos que cambian según cómo te apellides y funcionarios que cambian de opinión según a qué aspiren. Todo, faltaba más, se arregla en tres meses. Nos vemos en noviembre, cuando nadie recuerde nada y empecemos, otra vez, a contar.