Regresé con la frente limpia (y avisándome yo mismo)
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Hay reapariciones y hay reapariciones. El gobernador de Sinaloa eligió la modalidad premium: tras 112 días de licencia, anunció su propio regreso a la gubernatura en redes sociales, con la solemnidad de un actor que cuelga su tráiler y se etiqueta en el estreno. «Con la frente limpia y en alto», escribió, «soy ajeno e inocente de las patrañas que se han urdido en mi contra». Bella pieza oratoria, digna de enmarcarse junto al «vengo a tomar posesión de nuevo» con que aterrizó en el Palacio de Gobierno, saludando al aire como quien llega a una fiesta a la que nadie recuerda haberlo invitado.
Y es que ese fue el detalle exquisito: su propio partido salió a deslindarse. Que no sabían, que se enteraron el viernes, que fue «decisión personal». Uno imagina la escena: los correligionarios revisando el celular, escupiendo el café, preguntándose quién autorizó el regreso triunfal. La Secretaría de Gobernación remató con la frialdad de un ex que ya te bloqueó: la reincorporación es asunto suyo, y por cierto, la Fiscalía mantiene abiertas las carpetas de investigación contra él y otras nueve personas señaladas desde el norte. O sea: bienvenido de vuelta, la puerta sigue sin cerrar.
La oposición hizo su agosto —literalmente, es agosto—. Que si «día de vergüenza nacional», que si «burla e impunidad», que si «qué barbaridad, por eso la gente no cree en la política». Coincidieron liderazgos que en otros temas no se ponen de acuerdo ni para pedir la hora; el regreso logró lo imposible: unir a la clase política en el asombro. Mientras tanto, afuera del Palacio, madres buscadoras sostenían fichas de sus desaparecidos, ese recordatorio incómodo de que hay ausencias que no se resuelven con un comunicado bien redactado ni con una selfie de reincorporación.
El mandatario aclaró que gobernará hasta octubre de 2027, no vaya a pensar alguien que esto fue un cameo. Y remató reivindicando su «participación leal en el proyecto de Estado», frase que suena a discurso de graduación mezclado con acta notarial. Uno casi lo aplaude. Casi. Porque el problema de aplaudirse solo es que, cuando calla la bocina, el silencio también es una respuesta. Regresó con la frente limpia, sí; el pendiente es qué tan alta la puede sostener con la Fiscalía todavía tomando apuntes.
Y es que ese fue el detalle exquisito: su propio partido salió a deslindarse. Que no sabían, que se enteraron el viernes, que fue «decisión personal». Uno imagina la escena: los correligionarios revisando el celular, escupiendo el café, preguntándose quién autorizó el regreso triunfal. La Secretaría de Gobernación remató con la frialdad de un ex que ya te bloqueó: la reincorporación es asunto suyo, y por cierto, la Fiscalía mantiene abiertas las carpetas de investigación contra él y otras nueve personas señaladas desde el norte. O sea: bienvenido de vuelta, la puerta sigue sin cerrar.
La oposición hizo su agosto —literalmente, es agosto—. Que si «día de vergüenza nacional», que si «burla e impunidad», que si «qué barbaridad, por eso la gente no cree en la política». Coincidieron liderazgos que en otros temas no se ponen de acuerdo ni para pedir la hora; el regreso logró lo imposible: unir a la clase política en el asombro. Mientras tanto, afuera del Palacio, madres buscadoras sostenían fichas de sus desaparecidos, ese recordatorio incómodo de que hay ausencias que no se resuelven con un comunicado bien redactado ni con una selfie de reincorporación.
El mandatario aclaró que gobernará hasta octubre de 2027, no vaya a pensar alguien que esto fue un cameo. Y remató reivindicando su «participación leal en el proyecto de Estado», frase que suena a discurso de graduación mezclado con acta notarial. Uno casi lo aplaude. Casi. Porque el problema de aplaudirse solo es que, cuando calla la bocina, el silencio también es una respuesta. Regresó con la frente limpia, sí; el pendiente es qué tan alta la puede sostener con la Fiscalía todavía tomando apuntes.