Cuchara, memoria y factura: la austeridad se sirve con mantequilla
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Hay quien escribe sus memorias con nostalgia; el director de Radio UNAM las tituló, con puntería casi profética, "Cuchara y memoria". Esta semana varios sectores pidieron a la Auditoría Superior de la Federación que revise las facturas de la dirección en restaurantes especializados —léase mariscos, léase langosta— y la Universidad, fiel a su tradición contemplativa, no emitió posicionamiento alguno. El silencio, ya se sabe, también se cocina a fuego lento.
Que quede claro, para no caer en la hipocresía nacional: comer rico no es delito, y a nadie le amarga un buen consomé. El detalle, ese incómodo detalle, es la cuenta. En un país que convirtió la austeridad en religión de Estado, aparecer en la boleta con acentos de marisco fino tiene su gracia, porque la autonomía universitaria fue pensada para defender la libertad de cátedra, no la libertad de sobremesa.
La oposición, que nunca desperdicia un mantel, cuestionó los gastos en restaurantes, supermercados y hasta pasteles, y recordó que "la autonomía no es pretexto para el dispendio". Tienen razón, aunque uno sospecha que varios de los indignados también saben distinguir un buen vino de la casa. En estos temas, la moral suele tener el rango de quien no está pagando esa mesa.
Mientras tanto, la radio universitaria sigue al aire y el debate se traslada a lo esencial: no si el director tiene buen paladar —evidentemente lo tiene—, sino quién financia el menú. Porque una cosa es "Cuchara y memoria" como título literario, y otra es que la cuchara sea de plata y la memoria, la de los contribuyentes. Ojalá la Auditoría lea el libro; trae, dicen, los sabores que marcaron una vida. Faltaría el capítulo que a todos nos interesa: el de las propinas.
Que quede claro, para no caer en la hipocresía nacional: comer rico no es delito, y a nadie le amarga un buen consomé. El detalle, ese incómodo detalle, es la cuenta. En un país que convirtió la austeridad en religión de Estado, aparecer en la boleta con acentos de marisco fino tiene su gracia, porque la autonomía universitaria fue pensada para defender la libertad de cátedra, no la libertad de sobremesa.
La oposición, que nunca desperdicia un mantel, cuestionó los gastos en restaurantes, supermercados y hasta pasteles, y recordó que "la autonomía no es pretexto para el dispendio". Tienen razón, aunque uno sospecha que varios de los indignados también saben distinguir un buen vino de la casa. En estos temas, la moral suele tener el rango de quien no está pagando esa mesa.
Mientras tanto, la radio universitaria sigue al aire y el debate se traslada a lo esencial: no si el director tiene buen paladar —evidentemente lo tiene—, sino quién financia el menú. Porque una cosa es "Cuchara y memoria" como título literario, y otra es que la cuchara sea de plata y la memoria, la de los contribuyentes. Ojalá la Auditoría lea el libro; trae, dicen, los sabores que marcaron una vida. Faltaría el capítulo que a todos nos interesa: el de las propinas.