Perdón, cocodrilo: en Vallarta ahora hay que convivir con quien te mira raro
Tamaño de letra
Puerto Vallarta nos regaló la joya conceptual del fin de semana. Ante la aparición de varios cocodrilos muertos en distintos puntos del municipio, la Dirección de Sostenibilidad Ambiental hizo un llamado firme: dejar de ver al cocodrilo como enemigo y aprender a cohabitar de manera responsable con la fauna silvestre. El titular, Roberto Ornelas, subrayó que la especie es clave para el equilibrio del ecosistema y lamentó los ataques recientes contra los reptiles. Todo muy correcto, muy ecológico, salvo por el pequeño detalle de que este comunicado de reconciliación llegó semanas después de que un cocodrilo se llevara una vida humana.
Entendámonos: el funcionario tiene razón biológica. El cocodrilo es depredador tope, sostiene los esteros, ordena la cadena alimenticia y estaba ahí mucho antes que el fraccionamiento. El problema no es el mensaje, es el momento y el tono. Pedirle a la ciudadanía 'no lo veas como enemigo' justo cuando la gente todavía procesa un ataque mortal es como pedir que abracemos al vecino después de que nos ladró el perro. La convivencia se predica más fácil desde una oficina que desde la orilla de un estero al atardecer.
El momento cumbre de la ternura institucional fue la aclaración de que 'los seres humanos no forman parte de la cadena alimenticia de este reptil' y que el incidente fatal fue 'atípico'. Es decir: técnicamente el cocodrilo no nos quiere comer, solo se confunde. Descanse tranquilo el bañista promedio con ese matiz taxonómico entre los dientes.
Y porque la naturaleza tiene sentido del humor negro, uno de los ejemplares hallados sin vida presentaba fractura de columna, costillas rotas y estallamiento de órganos, lesiones compatibles con haber sido arrollado. O sea que en este drama ambiental hay dos víctimas: el humano que perdió la vida y los cocodrilos que aparecen atropellados o muertos, mientras la autoridad reparte llamados al respeto mutuo entre especies que no leen boletines. La solución de fondo que el propio funcionario mencionó —delimitar con claridad dónde acaba la ciudad y dónde empieza el hábitat— suena sensata, aunque en Vallarta la línea entre casa y estero la traza, cada temporada de lluvias, el agua. Y el agua, ya lo vimos este fin de semana, no respeta ni troncos ni fronteras.
Entendámonos: el funcionario tiene razón biológica. El cocodrilo es depredador tope, sostiene los esteros, ordena la cadena alimenticia y estaba ahí mucho antes que el fraccionamiento. El problema no es el mensaje, es el momento y el tono. Pedirle a la ciudadanía 'no lo veas como enemigo' justo cuando la gente todavía procesa un ataque mortal es como pedir que abracemos al vecino después de que nos ladró el perro. La convivencia se predica más fácil desde una oficina que desde la orilla de un estero al atardecer.
El momento cumbre de la ternura institucional fue la aclaración de que 'los seres humanos no forman parte de la cadena alimenticia de este reptil' y que el incidente fatal fue 'atípico'. Es decir: técnicamente el cocodrilo no nos quiere comer, solo se confunde. Descanse tranquilo el bañista promedio con ese matiz taxonómico entre los dientes.
Y porque la naturaleza tiene sentido del humor negro, uno de los ejemplares hallados sin vida presentaba fractura de columna, costillas rotas y estallamiento de órganos, lesiones compatibles con haber sido arrollado. O sea que en este drama ambiental hay dos víctimas: el humano que perdió la vida y los cocodrilos que aparecen atropellados o muertos, mientras la autoridad reparte llamados al respeto mutuo entre especies que no leen boletines. La solución de fondo que el propio funcionario mencionó —delimitar con claridad dónde acaba la ciudad y dónde empieza el hábitat— suena sensata, aunque en Vallarta la línea entre casa y estero la traza, cada temporada de lluvias, el agua. Y el agua, ya lo vimos este fin de semana, no respeta ni troncos ni fronteras.