El SIMAPAG informa que usted no tiene sed: revise su percepción, no la llave
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Hay comunicados institucionales y hay obras maestras del realismo mágico. El del SIMAPAG pertenece a la segunda categoría. Mientras el organismo repara una fuga vaciando la presa de La Soledad, decenas de colonias de la capital —El Encino, Yerbabuena, Valenciana, Santa Teresa y una lista que parece rezo— llevan lo que va de la semana sin recibir una gota, surtiéndose con pipas. El boletín oficial, en cambio, asegura que no hay afectación en el servicio.
Uno agradece la seguridad, pero se pregunta a qué servicio se refieren, porque el del agua claramente no es. Los peces tampoco opinan lo mismo: murieron por miles al quedarse sin su presa, aunque a ellos nadie los encuestó. En la contraparte están las quejas en redes y el Consejo Ecologista Guanajuatense, esos aguafiestas que insisten en documentar la realidad en lugar de leer el comunicado y sentirse hidratados.
El detalle más elegante es la geografía del desabasto: las colonias más marginadas y las comunidades rurales son, casualmente, las que más tiempo llevan sin agua. La sequía, resulta, también sabe leer el catastro. Reparar una fuga es legítimo y hasta necesario; lo que cuesta digerir es la parte donde el organismo mira a miles de personas cargando cubetas y decide que el problema es que ellas exageran.
Aquí conviene una aclaración de servicio público, ya que estamos: si usted abre la llave y no sale nada, no está experimentando una ilusión óptica ni una crisis existencial; probablemente está experimentando lo que en términos técnicos se llama “no hay agua”. El boletín dirá lo contrario, y ahí está la magia: en Guanajuato se puede tener sed y estar oficialmente atendido al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger pero con garrafón.
Ojalá la fuga se repare pronto y el agua regrese a El Carrizo, Mellado y compañía. Y ojalá el próximo boletín se atreva a la osadía suprema: preguntarle al vecino antes de decidir, desde una oficina con presión constante, que a nadie le falta nada. Mientras tanto, la ciudadanía seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer cuando el sistema falla y encima lo niega: aguantar, cargar cubetas y tomar captura de pantalla.
Uno agradece la seguridad, pero se pregunta a qué servicio se refieren, porque el del agua claramente no es. Los peces tampoco opinan lo mismo: murieron por miles al quedarse sin su presa, aunque a ellos nadie los encuestó. En la contraparte están las quejas en redes y el Consejo Ecologista Guanajuatense, esos aguafiestas que insisten en documentar la realidad en lugar de leer el comunicado y sentirse hidratados.
El detalle más elegante es la geografía del desabasto: las colonias más marginadas y las comunidades rurales son, casualmente, las que más tiempo llevan sin agua. La sequía, resulta, también sabe leer el catastro. Reparar una fuga es legítimo y hasta necesario; lo que cuesta digerir es la parte donde el organismo mira a miles de personas cargando cubetas y decide que el problema es que ellas exageran.
Aquí conviene una aclaración de servicio público, ya que estamos: si usted abre la llave y no sale nada, no está experimentando una ilusión óptica ni una crisis existencial; probablemente está experimentando lo que en términos técnicos se llama “no hay agua”. El boletín dirá lo contrario, y ahí está la magia: en Guanajuato se puede tener sed y estar oficialmente atendido al mismo tiempo, como el gato de Schrödinger pero con garrafón.
Ojalá la fuga se repare pronto y el agua regrese a El Carrizo, Mellado y compañía. Y ojalá el próximo boletín se atreva a la osadía suprema: preguntarle al vecino antes de decidir, desde una oficina con presión constante, que a nadie le falta nada. Mientras tanto, la ciudadanía seguirá haciendo lo que mejor sabe hacer cuando el sistema falla y encima lo niega: aguantar, cargar cubetas y tomar captura de pantalla.