Un campo de golf que no gaste agua ni tierra: San Miguel busca la octava maravilla
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En San Miguel de Allende se discute un proyecto de campo de golf cerca del Charco del Ingenio, y el alcalde respondió con una pieza de equilibrismo digna de aplauso. No lo descartó, pero le puso condiciones: que no afecte a las comunidades, que no utilice agua destinada a la población y que no represente riesgos para el entorno natural.
Suena razonable hasta que uno recuerda qué es, exactamente, un campo de golf. Estamos hablando de hectáreas de pasto perfecto y verde radiante en una región donde el agua es tema de pleito, sequía y presas vaciadas. Pedirle a un campo de golf que no consuma agua es como pedirle a una alberca que no se moje: técnicamente admirable, prácticamente sobrenatural. Si de veras logran uno que no toque el agua de la gente ni el entorno, no será un desarrollo turístico, será un milagro con hoyo 18.
El movimiento político, eso sí, es fino. Al no descartar el proyecto y al mismo tiempo llenarlo de condiciones difíciles, la autoridad queda bien con todos: con los inversionistas, porque no dijo que no; con los ambientalistas y con El Charco del Ingenio, porque puso candados; y con la galería, porque suena sensato. Es el arte de mantener la puerta abierta jurando que está cerrada.
El Charco del Ingenio, conviene recordarlo, es reserva y área natural; no es un lote baldío esperando pasto importado. Y San Miguel, esa postal internacional, vive de venderse como pueblo mágico, no como green corporativo con riego a discreción. La tensión de fondo es vieja y honesta: agua para las casas o agua para el hobby de unos cuantos con palos y guante.
Ojalá las condiciones del alcalde sean de verdad y no de adorno. Ojalá alguien lleve la cuenta, cuando el proyecto avance, de cuántos litros verdes se convierten en cuántas llaves secas. Porque prometer un campo de golf ecológico y sin sed es fácil en rueda de prensa; sostenerlo en una región que reparte agua por pipa ya es otro deporte. Y ese, curiosamente, sí requiere resistencia.
Suena razonable hasta que uno recuerda qué es, exactamente, un campo de golf. Estamos hablando de hectáreas de pasto perfecto y verde radiante en una región donde el agua es tema de pleito, sequía y presas vaciadas. Pedirle a un campo de golf que no consuma agua es como pedirle a una alberca que no se moje: técnicamente admirable, prácticamente sobrenatural. Si de veras logran uno que no toque el agua de la gente ni el entorno, no será un desarrollo turístico, será un milagro con hoyo 18.
El movimiento político, eso sí, es fino. Al no descartar el proyecto y al mismo tiempo llenarlo de condiciones difíciles, la autoridad queda bien con todos: con los inversionistas, porque no dijo que no; con los ambientalistas y con El Charco del Ingenio, porque puso candados; y con la galería, porque suena sensato. Es el arte de mantener la puerta abierta jurando que está cerrada.
El Charco del Ingenio, conviene recordarlo, es reserva y área natural; no es un lote baldío esperando pasto importado. Y San Miguel, esa postal internacional, vive de venderse como pueblo mágico, no como green corporativo con riego a discreción. La tensión de fondo es vieja y honesta: agua para las casas o agua para el hobby de unos cuantos con palos y guante.
Ojalá las condiciones del alcalde sean de verdad y no de adorno. Ojalá alguien lleve la cuenta, cuando el proyecto avance, de cuántos litros verdes se convierten en cuántas llaves secas. Porque prometer un campo de golf ecológico y sin sed es fácil en rueda de prensa; sostenerlo en una región que reparte agua por pipa ya es otro deporte. Y ese, curiosamente, sí requiere resistencia.