Manual capitalino para regresar, arrepentirse y encharcarse el mismo fin de semana
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Hubo un tiempo en que separarse de un cargo era una decisión solemne. Hoy es más bien un estado de ánimo con hora de caducidad. El gobernador con licencia de Sinaloa anunció el viernes por la mañana, desde ese confesionario moderno que son las redes sociales, que regresaba a su despacho porque la Fiscalía no le halló pruebas. Para la tarde ya había mandado al Congreso local otra solicitud de licencia, ahora indefinida. Volvió, saludó, se tomó la foto mental y se fue: le duró el gusto lo que dura un charco en avenida Tláhuac. La oposición, entre la indignación y la gratitud por semejante material, pidió que "lo detengan"; la Presidencia, sin nombrarlo, recordó que "el poder sin límites se vuelve arrogancia", frase tan redonda que ya podría venderse impresa en taza para toda la temporada. Ciento doce días de licencia para reincorporarse durante un turno de oficina. Ni el tráfico de la México-Toluca es tan indeciso.
Mientras en el norte se ensayaba el bumerán como forma de gobierno, en el sur del país un excontralmirante amaneció con prisión preventiva en El Altiplano, presuntamente al frente de una red de huachicol fiscal. La acusación habla de buques, aduanas y hidrocarburo que entraba como quien mete a un primo a la fiesta sin invitación. Uno esperaría que el contrabando de combustible fuera cosa de sombras y madrugadas; resulta que también viene con organigrama, ascensos y —según la indagatoria— apellidos que se cuidaban entre sí. La marina, que se supone vigila el mar, tuvo que rescatar la narrativa del propio mar.
Pero no hay que viajar tan lejos para encontrar el absurdo: basta salir a la calle en la capital y esperar a las dos de la tarde, hora sagrada en que el cielo se pone gris y las avenidas se convierten en canales sin góndola. Las lluvias del fin de semana dejaron trece millones de metros cúbicos de agua, cifra que suena a logro deportivo hasta que uno recuerda que la vialidad venía con obsequio: los baches. La ciudad tiene un viacrucis de asfalto donde cada llanta reza una estación distinta, y el motociclista de avenida Tláhuac ya no distingue si va manejando o remando. Nos venden movilidad del futuro y practicamos natación del pasado.
Hablando de futuro incierto: en Iztapalapa siguieron extrayendo material de una mina volcánica que ostenta, orgullosa, sus sellos de suspensión. Los sellos, al parecer, son decorativos. Llegó de madrugada un tortón con la ilusión intacta de cargar gravilla, como si la clausura fuera una sugerencia y no una orden. Es el mismo espíritu con que en la ciudad se despojan departamentos: según las denuncias, con chicles y palillos en la cerradura como aviso, y en algún caso con funcionarios que —se acusa— alteraron la carpeta para que la víctima, una mujer amenazada, entendiera que la ley aquí a veces trabaja horas extra para el lado equivocado. Diez años lleva otro despojado esperando un juicio que no acaba de nacer. La justicia capitalina no es lenta: está meditando.
En el corazón turístico, los ambulantes cumplieron su tercer día bloqueando la Alameda para exigir más espacio dentro del parque, y de paso montaron mercado sobre el bloqueo, porque en esta ciudad hasta la protesta genera plusvalía. Y en las Utopías de Venustiano Carranza, Azcapotzalco e Iztacalco, los comensales hacen hasta cinco horas de fila por un plato barato y sabroso: la paciencia se volvió el ingrediente estrella del menú. Cinco horas formado es, técnicamente, medio día laboral donado a la esperanza gastronómica.
Y para que nada quede sin normar, la Jefatura de Gobierno publicó por decreto un paquete de prohibiciones que suena a examen de conciencia: se castiga con más dureza tirar basura, se ordena impulsar programas contra el uso excesivo de pantallas y se prohíben las conductas que toleren la apología del delito en espectáculos. Todo por decreto, todo de inmediato, todo con la fe de que un párrafo en la Gaceta Oficial cambia costumbres que llevan décadas. Ojalá la ley contra la basura se aplique con la misma velocidad con que se llenan los baches de agua y no de mezcla.
El resumen de la semana capitalina cabe en una postal: un gobernante que renuncia a renunciar, un mar que necesita rescate, calles que se hunden con puntualidad, minas selladas que respiran y filas heroicas por un plato de comida. Nadie improvisa mejor que nosotros la sensación de que todo está bajo control. Y si algo no está bajo control, tranquilo: seguro ya hay un decreto que lo prohíbe.
Mientras en el norte se ensayaba el bumerán como forma de gobierno, en el sur del país un excontralmirante amaneció con prisión preventiva en El Altiplano, presuntamente al frente de una red de huachicol fiscal. La acusación habla de buques, aduanas y hidrocarburo que entraba como quien mete a un primo a la fiesta sin invitación. Uno esperaría que el contrabando de combustible fuera cosa de sombras y madrugadas; resulta que también viene con organigrama, ascensos y —según la indagatoria— apellidos que se cuidaban entre sí. La marina, que se supone vigila el mar, tuvo que rescatar la narrativa del propio mar.
Pero no hay que viajar tan lejos para encontrar el absurdo: basta salir a la calle en la capital y esperar a las dos de la tarde, hora sagrada en que el cielo se pone gris y las avenidas se convierten en canales sin góndola. Las lluvias del fin de semana dejaron trece millones de metros cúbicos de agua, cifra que suena a logro deportivo hasta que uno recuerda que la vialidad venía con obsequio: los baches. La ciudad tiene un viacrucis de asfalto donde cada llanta reza una estación distinta, y el motociclista de avenida Tláhuac ya no distingue si va manejando o remando. Nos venden movilidad del futuro y practicamos natación del pasado.
Hablando de futuro incierto: en Iztapalapa siguieron extrayendo material de una mina volcánica que ostenta, orgullosa, sus sellos de suspensión. Los sellos, al parecer, son decorativos. Llegó de madrugada un tortón con la ilusión intacta de cargar gravilla, como si la clausura fuera una sugerencia y no una orden. Es el mismo espíritu con que en la ciudad se despojan departamentos: según las denuncias, con chicles y palillos en la cerradura como aviso, y en algún caso con funcionarios que —se acusa— alteraron la carpeta para que la víctima, una mujer amenazada, entendiera que la ley aquí a veces trabaja horas extra para el lado equivocado. Diez años lleva otro despojado esperando un juicio que no acaba de nacer. La justicia capitalina no es lenta: está meditando.
En el corazón turístico, los ambulantes cumplieron su tercer día bloqueando la Alameda para exigir más espacio dentro del parque, y de paso montaron mercado sobre el bloqueo, porque en esta ciudad hasta la protesta genera plusvalía. Y en las Utopías de Venustiano Carranza, Azcapotzalco e Iztacalco, los comensales hacen hasta cinco horas de fila por un plato barato y sabroso: la paciencia se volvió el ingrediente estrella del menú. Cinco horas formado es, técnicamente, medio día laboral donado a la esperanza gastronómica.
Y para que nada quede sin normar, la Jefatura de Gobierno publicó por decreto un paquete de prohibiciones que suena a examen de conciencia: se castiga con más dureza tirar basura, se ordena impulsar programas contra el uso excesivo de pantallas y se prohíben las conductas que toleren la apología del delito en espectáculos. Todo por decreto, todo de inmediato, todo con la fe de que un párrafo en la Gaceta Oficial cambia costumbres que llevan décadas. Ojalá la ley contra la basura se aplique con la misma velocidad con que se llenan los baches de agua y no de mezcla.
El resumen de la semana capitalina cabe en una postal: un gobernante que renuncia a renunciar, un mar que necesita rescate, calles que se hunden con puntualidad, minas selladas que respiran y filas heroicas por un plato de comida. Nadie improvisa mejor que nosotros la sensación de que todo está bajo control. Y si algo no está bajo control, tranquilo: seguro ya hay un decreto que lo prohíbe.