Cinco horas de fila por un plato: la paciencia como platillo estrella
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En la Ciudad de México se puede medir el hambre en minutos, pero también en horas. En los comedores de las Utopías de Venustiano Carranza, Azcapotzalco e Iztacalco, los comensales reportan esperas de hasta cinco horas para alcanzar un plato de comida. No es exageración de vecino quejumbroso: es el nuevo ritual urbano, la peregrinación gastronómica de quien madruga no para trabajar sino para formarse, con la fe intacta de que al final del pasillo hay un guisado bien servido y, sobre todo, barato.
Y que quede claro: la gente no se queja del sabor. Al contrario, lo elogia. Resaltan los precios bajos y la buena sazón, y dicen —con esa lógica mexicana que convierte el sacrificio en virtud— que la espera vale la pena por el ahorro. Es difícil discutirles. En un país donde el súper cobra como si cada tomate viniera con seguro de gastos médicos, cinco horas de fila pueden ser una inversión razonable. El problema no es el platillo: es que el ahorro se paga con la única moneda que no se recupera, que es el tiempo.
Hagamos la cuenta sin malicia, solo con reloj. Cinco horas formado equivalen a medio día laboral, a una película larga con dos intermedios, a un trayecto de ida y vuelta a otra ciudad. La comida es económica, sí, pero el costo real se esconde en la columna que nadie factura: las mañanas donadas, las piernas cansadas, la lonchera de la paciencia que se vacía antes que el estómago se llene. Es la clásica letra chica del beneficio social: llega, alimenta, dignifica y, de pasada, entrena para la resistencia.
Lo entrañable —porque también lo hay— es la disciplina con que la gente sostiene su lugar en la fila como quien cuida un boleto de rifa. Nadie se sale, nadie reclama demasiado, todos entienden el trato tácito: aquí se come rico y barato, siempre y cuando traigas contigo lo único que sí sobra en esta ciudad, que son las ganas de aguantar. Ojalá algún día la fila se acorte a la mitad; mientras tanto, la capital seguirá demostrando que su platillo más abundante, servido sin costo y en porciones generosas, es la paciencia.
Y que quede claro: la gente no se queja del sabor. Al contrario, lo elogia. Resaltan los precios bajos y la buena sazón, y dicen —con esa lógica mexicana que convierte el sacrificio en virtud— que la espera vale la pena por el ahorro. Es difícil discutirles. En un país donde el súper cobra como si cada tomate viniera con seguro de gastos médicos, cinco horas de fila pueden ser una inversión razonable. El problema no es el platillo: es que el ahorro se paga con la única moneda que no se recupera, que es el tiempo.
Hagamos la cuenta sin malicia, solo con reloj. Cinco horas formado equivalen a medio día laboral, a una película larga con dos intermedios, a un trayecto de ida y vuelta a otra ciudad. La comida es económica, sí, pero el costo real se esconde en la columna que nadie factura: las mañanas donadas, las piernas cansadas, la lonchera de la paciencia que se vacía antes que el estómago se llene. Es la clásica letra chica del beneficio social: llega, alimenta, dignifica y, de pasada, entrena para la resistencia.
Lo entrañable —porque también lo hay— es la disciplina con que la gente sostiene su lugar en la fila como quien cuida un boleto de rifa. Nadie se sale, nadie reclama demasiado, todos entienden el trato tácito: aquí se come rico y barato, siempre y cuando traigas contigo lo único que sí sobra en esta ciudad, que son las ganas de aguantar. Ojalá algún día la fila se acorte a la mitad; mientras tanto, la capital seguirá demostrando que su platillo más abundante, servido sin costo y en porciones generosas, es la paciencia.