Feliz Día del Bombero: aquí está tu reconocimiento, allá va tu estación
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El guion parecía escrito para conmover: en el marco del Día del Bombero, el comandante Alejandro Zúñiga reconoció públicamente la entrega y el valor de los elementos de Bomberos de Nuevo León, esa gente que literalmente entra donde todos salen corriendo y que, además, celebró que cada vez hay más mujeres en sus filas. Aplausos, fotos, discurso emotivo. Y luego, en la misma semana, la vida real hizo su entrada triunfal: la estación de Bomberos del municipio de García cerrará sus puertas en septiembre por falta de recursos para operar.
Hay poesía cruel en la coincidencia. Reconocer el heroísmo y clausurar el cuartel en el mismo calendario es un combo que solo la administración pública sabe servir. Es como felicitar a alguien por su excelente puntería justo antes de quitarle el arco, las flechas y el campo de tiro. El gremio recibió medalla verbal y aviso de desalojo prácticamente en la misma respiración.
El argumento presupuestal existe y es real: atender un siniestro cuesta, y el monto varía según el tipo de emergencia, el tamaño, el equipo y el número de elementos. Nadie discute que apagar fuegos no es gratis. Lo que cuesta digerir es la prioridad. Porque mientras una estación baja la cortina, el propio director de Operaciones, Alejandro Zúñiga, ya había advertido que el crecimiento vertical de Nuevo León es un reto enorme para el cuerpo: subir con equipo, tramos de manguera y herramientas por edificios cada vez más altos es una proeza física. Es decir: la ciudad crece hacia arriba, los incendios suben de piso, y la respuesta institucional es tener menos estaciones desde donde salir. Elegante contradicción urbanística.
García, por cierto, no es un ranchito olvidado: es uno de los municipios que más ha crecido en la zona metropolitana, con fraccionamientos, naves industriales y familias que llegaron atraídas por la promesa de una ciudad en expansión. Cerrarles la estación es mandarles un mensaje incómodo: bienvenidos al desarrollo, traigan su propio extintor.
La moraleja se apaga sola. En Nuevo León celebramos a los bomberos con la mano en el pecho y les recortamos la infraestructura con la otra mano en la calculadora. Ojalá que, entre discurso y discurso, alguien encuentre en el presupuesto los recursos para que la estación de García siga abierta. Porque el valor de los bomberos se reconoce con palabras, sí, pero se sostiene con hidrantes, camiones y un cuartel del cual salir. Lo demás es fuego de artificio.
Hay poesía cruel en la coincidencia. Reconocer el heroísmo y clausurar el cuartel en el mismo calendario es un combo que solo la administración pública sabe servir. Es como felicitar a alguien por su excelente puntería justo antes de quitarle el arco, las flechas y el campo de tiro. El gremio recibió medalla verbal y aviso de desalojo prácticamente en la misma respiración.
El argumento presupuestal existe y es real: atender un siniestro cuesta, y el monto varía según el tipo de emergencia, el tamaño, el equipo y el número de elementos. Nadie discute que apagar fuegos no es gratis. Lo que cuesta digerir es la prioridad. Porque mientras una estación baja la cortina, el propio director de Operaciones, Alejandro Zúñiga, ya había advertido que el crecimiento vertical de Nuevo León es un reto enorme para el cuerpo: subir con equipo, tramos de manguera y herramientas por edificios cada vez más altos es una proeza física. Es decir: la ciudad crece hacia arriba, los incendios suben de piso, y la respuesta institucional es tener menos estaciones desde donde salir. Elegante contradicción urbanística.
García, por cierto, no es un ranchito olvidado: es uno de los municipios que más ha crecido en la zona metropolitana, con fraccionamientos, naves industriales y familias que llegaron atraídas por la promesa de una ciudad en expansión. Cerrarles la estación es mandarles un mensaje incómodo: bienvenidos al desarrollo, traigan su propio extintor.
La moraleja se apaga sola. En Nuevo León celebramos a los bomberos con la mano en el pecho y les recortamos la infraestructura con la otra mano en la calculadora. Ojalá que, entre discurso y discurso, alguien encuentre en el presupuesto los recursos para que la estación de García siga abierta. Porque el valor de los bomberos se reconoce con palabras, sí, pero se sostiene con hidrantes, camiones y un cuartel del cual salir. Lo demás es fuego de artificio.