Rocha Moya gobernó 34 horas: récord de permanencia en fuga
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Si algo hay que reconocerle a Rubén Rocha Moya es la eficiencia con la que sabe entrar y salir por la misma puerta. El gobernador con licencia de Sinaloa reasumió el cargo el viernes, tras ciento doce días de ausencia, y lo ejerció durante treinta y cuatro horas antes de volver a pedir licencia indefinida el domingo. Treinta y cuatro horas. Hay quesos que maduran más rápido que la decisión de este hombre, pero pocos que se echen a perder con tanta puntualidad política.
El retorno relámpago produjo, como suele ocurrir, un despliegue de analistas de ambos bandos interpretando el ir y venir según sus propios deseos, mientras el Congreso local sesionaba de urgencia para autorizar la nueva separación y buscar a un interino sin candidatos claros. La presidenta Claudia Sheinbaum, que declaró haberse enterado del regreso de su gobernador a través de la red social —detalle que dice mucho sobre los mecanismos de coordinación del Estado mexicano—, resumió el episodio con una frase de manual: la nueva licencia es «lo mejor para Sinaloa» y ningún interés personal puede estar por encima de la Nación. Dicho de un gobernador que dura menos en el cargo que un trámite en ventanilla, suena casi a elogio.
El telón de fondo, ahí sí, no da para comedia: sobre Rocha Moya y otros funcionarios sinaloenses pesan señalamientos difundidos desde Estados Unidos, con la Fiscalía General de la República de por medio, y la oposición ya pide juicio político. Todo eso convierte el vodevil de las treinta y cuatro horas en algo más incómodo que un chiste. Lo tragicómico es el envoltorio: un mandatario que regresa al poder para casi de inmediato renunciar a él, dejando a Sinaloa exactamente donde estaba, pero con más titulares. En la política mexicana la puerta giratoria ya no es metáfora: es mobiliario oficial, y esta semana giró tan rápido que hasta mareó a Palacio Nacional.
El retorno relámpago produjo, como suele ocurrir, un despliegue de analistas de ambos bandos interpretando el ir y venir según sus propios deseos, mientras el Congreso local sesionaba de urgencia para autorizar la nueva separación y buscar a un interino sin candidatos claros. La presidenta Claudia Sheinbaum, que declaró haberse enterado del regreso de su gobernador a través de la red social —detalle que dice mucho sobre los mecanismos de coordinación del Estado mexicano—, resumió el episodio con una frase de manual: la nueva licencia es «lo mejor para Sinaloa» y ningún interés personal puede estar por encima de la Nación. Dicho de un gobernador que dura menos en el cargo que un trámite en ventanilla, suena casi a elogio.
El telón de fondo, ahí sí, no da para comedia: sobre Rocha Moya y otros funcionarios sinaloenses pesan señalamientos difundidos desde Estados Unidos, con la Fiscalía General de la República de por medio, y la oposición ya pide juicio político. Todo eso convierte el vodevil de las treinta y cuatro horas en algo más incómodo que un chiste. Lo tragicómico es el envoltorio: un mandatario que regresa al poder para casi de inmediato renunciar a él, dejando a Sinaloa exactamente donde estaba, pero con más titulares. En la política mexicana la puerta giratoria ya no es metáfora: es mobiliario oficial, y esta semana giró tan rápido que hasta mareó a Palacio Nacional.