En Guanajuato, hasta descansar en paz exige estar al corriente
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Las Momias de Guanajuato son el gran atractivo turístico de la capital, la imagen que se vende en postales, imanes y sustos de feria. Lo que rara vez se cuenta es su origen, y ese origen es la lección financiera más brutal que este estado le ha dado al mundo: aquí, si dejas de pagar, no te embargan el coche ni te bloquean la tarjeta. Te exhuman.
El asunto viene de un detalle administrativo de esos que parecen inofensivos hasta que dejan de serlo. En el siglo XIX, el Panteón de Santa Paula cobraba por la perpetuidad de las sepulturas. ¿La familia dejaba de cubrir ese derecho? Entonces el cuerpo podía ser exhumado. Así, tan sencillo, tan implacable. Fue precisamente en una de esas exhumaciones, en 1865, cuando apareció el cuerpo momificado del médico francés Remigio Leroy, considerado el primero de la famosa colección. El doctor cruzó el océano para terminar convertido en la pieza inaugural del museo de morosos más visitado de México.
Quítenle lo tétrico y lo que queda es un modelo de cobranza de una eficiencia escalofriante. El buró de crédito manda cartitas; los bancos, mensajes de texto; las inmobiliarias, abogados. Guanajuato, en cambio, resolvió el problema de la cartera vencida convirtiendo al deudor en producto. No pagaste tu lugar: ahora tu lugar eres tú, de pie, en una vitrina, con boleto de entrada y foto de recuerdo. El karma financiero hecho atracción familiar.
Uno imagina la junta de argumentos de aquella época: '¿Y si en lugar de perder dinero con los que no pagan, los ponemos a generar ingresos?'. Genialidad macabra. La perpetuidad, ese concepto que suena a promesa eterna, resultó tener letras chiquitas: eterna, sí, siempre y cuando el recibo estuviera al día. El descanso, en Guanajuato, nunca fue un derecho; fue una suscripción con renovación automática y penalización por impago especialmente creativa.
Lo mejor —o lo peor— es que el negocio funcionó tan bien que hoy esos cuerpos sostienen buena parte del turismo de la capital. La ciudad monetizó primero el impago y luego el morbo, un doble mortal financiero digno de estudio en cualquier escuela de negocios. Así que la próxima vez que alguien en este estado le diga que no hay dinero para hospitales, para rellenos sanitarios o para tapar baches, recuérdele con cariño que Guanajuato lleva más de siglo y medio demostrando que, cuando quiere cobrar, encuentra la manera. Aunque tenga que ir a buscarla al panteón.
El asunto viene de un detalle administrativo de esos que parecen inofensivos hasta que dejan de serlo. En el siglo XIX, el Panteón de Santa Paula cobraba por la perpetuidad de las sepulturas. ¿La familia dejaba de cubrir ese derecho? Entonces el cuerpo podía ser exhumado. Así, tan sencillo, tan implacable. Fue precisamente en una de esas exhumaciones, en 1865, cuando apareció el cuerpo momificado del médico francés Remigio Leroy, considerado el primero de la famosa colección. El doctor cruzó el océano para terminar convertido en la pieza inaugural del museo de morosos más visitado de México.
Quítenle lo tétrico y lo que queda es un modelo de cobranza de una eficiencia escalofriante. El buró de crédito manda cartitas; los bancos, mensajes de texto; las inmobiliarias, abogados. Guanajuato, en cambio, resolvió el problema de la cartera vencida convirtiendo al deudor en producto. No pagaste tu lugar: ahora tu lugar eres tú, de pie, en una vitrina, con boleto de entrada y foto de recuerdo. El karma financiero hecho atracción familiar.
Uno imagina la junta de argumentos de aquella época: '¿Y si en lugar de perder dinero con los que no pagan, los ponemos a generar ingresos?'. Genialidad macabra. La perpetuidad, ese concepto que suena a promesa eterna, resultó tener letras chiquitas: eterna, sí, siempre y cuando el recibo estuviera al día. El descanso, en Guanajuato, nunca fue un derecho; fue una suscripción con renovación automática y penalización por impago especialmente creativa.
Lo mejor —o lo peor— es que el negocio funcionó tan bien que hoy esos cuerpos sostienen buena parte del turismo de la capital. La ciudad monetizó primero el impago y luego el morbo, un doble mortal financiero digno de estudio en cualquier escuela de negocios. Así que la próxima vez que alguien en este estado le diga que no hay dinero para hospitales, para rellenos sanitarios o para tapar baches, recuérdele con cariño que Guanajuato lleva más de siglo y medio demostrando que, cuando quiere cobrar, encuentra la manera. Aunque tenga que ir a buscarla al panteón.