El zoológico que cuida tan bien a las aves que hasta las encuentra
Tamaño de letra
En la zona de Tres Puentes, donde las obras del Morebús avanzan a golpe de motosierra, el Parque Zoológico Benito Juárez decidió ponerse del lado de los buenos y anunció una estrategia ambiental de esas que lucen bien en boletín. Personal especializado, dos turnos diarios, recorridos de vigilancia, revisión de árboles, nidos, madrigueras, cavidades y “posibles refugios”. El director del parque, Julio César Medina, explicó que el protocolo contempla supervisión permanente para detectar oportunamente a los ejemplares en riesgo. Un plan impecable, salvo por el pequeño problema de que la fauna urbana no leyó el protocolo.
Porque mientras el zoológico salvaguardaba con lupa, los activistas y vecinos hacían el trabajo de campo que nadie pidió: encontraron roedores, aves y, en un episodio para el recuerdo, varios huevos entre los árboles talados de madrugada. De todo aquel operativo de rescate improvisado, el saldo heroico fue un solo pajarito. Uno. El resto quedó como daño colateral de una tala que, curiosamente, siempre ocurre a la hora en que los defensores de los árboles están dormidos.
Hay que reconocer el mérito semántico: “salvaguardar la fauna” suena mucho mejor que “recoger lo que quedó”. Y “detectar oportunamente ejemplares en riesgo” es una manera preciosa de describir a alguien que llega cuando el riesgo ya se consumó. El zoológico cuida animales, es su oficio; lo novedoso es que ahora los cuida después de que caen los árboles donde vivían, con la solemnidad de quien revisa un nido para confirmar que, en efecto, estaba habitado.
Uno imagina las juntas: dos turnos de personal, formatos, revisión de cavidades, y del otro lado un señor con una motosierra que resuelve el asunto en veinte minutos antes del amanecer. La asimetría es total. La burocracia ambiental corre a paso de tortuga protegida; la obra pública, a velocidad de camioneta. Y en medio, un pajarito rescatado que hoy es, técnicamente, el michoacano más afortunado de Tres Puentes.
Que conste: nadie duda de la buena voluntad del personal que madruga a revisar árboles. El problema no es quién vigila, sino que lo pongan a vigilar un terreno que ya decidieron desmontar. Es como contratar salvavidas para una alberca que están vaciando. Chapoteo garantizado, rescate opcional.
Porque mientras el zoológico salvaguardaba con lupa, los activistas y vecinos hacían el trabajo de campo que nadie pidió: encontraron roedores, aves y, en un episodio para el recuerdo, varios huevos entre los árboles talados de madrugada. De todo aquel operativo de rescate improvisado, el saldo heroico fue un solo pajarito. Uno. El resto quedó como daño colateral de una tala que, curiosamente, siempre ocurre a la hora en que los defensores de los árboles están dormidos.
Hay que reconocer el mérito semántico: “salvaguardar la fauna” suena mucho mejor que “recoger lo que quedó”. Y “detectar oportunamente ejemplares en riesgo” es una manera preciosa de describir a alguien que llega cuando el riesgo ya se consumó. El zoológico cuida animales, es su oficio; lo novedoso es que ahora los cuida después de que caen los árboles donde vivían, con la solemnidad de quien revisa un nido para confirmar que, en efecto, estaba habitado.
Uno imagina las juntas: dos turnos de personal, formatos, revisión de cavidades, y del otro lado un señor con una motosierra que resuelve el asunto en veinte minutos antes del amanecer. La asimetría es total. La burocracia ambiental corre a paso de tortuga protegida; la obra pública, a velocidad de camioneta. Y en medio, un pajarito rescatado que hoy es, técnicamente, el michoacano más afortunado de Tres Puentes.
Que conste: nadie duda de la buena voluntad del personal que madruga a revisar árboles. El problema no es quién vigila, sino que lo pongan a vigilar un terreno que ya decidieron desmontar. Es como contratar salvavidas para una alberca que están vaciando. Chapoteo garantizado, rescate opcional.