Seis mil cámaras, y las mejores son las tuyas
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Morelia presumió un logro tecnológico que, visto de cerca, es más bien un logro de mercadotecnia: ya conectó 6 mil cámaras privadas a su sistema municipal de videovigilancia. Suena a modernidad, a ciudad inteligente, a policía del futuro. Hasta que uno lee la letra chica: del universo de 7 mil 800 cámaras vinculadas al sistema, apenas mil 800 pertenecen al municipio. Las otras seis mil son de los vecinos.
O sea que la gran red de seguridad de la capital michoacana está sostenida, en tres cuartas partes, por los aparatos que la gente compró para cuidar su cochera. El modelo es de una eficiencia envidiable para las finanzas públicas: el ciudadano pone la cámara, paga el aparato, paga la instalación, paga la luz que la mantiene encendida y paga el internet que sube la señal. El municipio, generoso, aporta la parte más noble del asunto: ver la pantalla.
Alfonso Martínez lo presenta como colaboración, y en el fondo lo es. Nada une más a un pueblo que descubrir que la seguridad es, oficialmente, una cooperacha: cada quien trae su cámara y entre todos vigilamos. Lo que antes se llamaba “no alcanzó el presupuesto para cámaras” ahora se llama “sistema de vigilancia ciudadana participativa”. El rebranding es impecable.
Y uno no quisiera ser aguafiestas, pero seis mil ojos privados conectados a la autoridad plantean una pregunta incómoda que nadie en la rueda de prensa hizo: ¿quién ve qué, a qué hora y con qué permiso? Porque una cosa es que tu cámara te avise cuando llega el cartero, y otra es que forme parte, sin que nadie te lo explicara con calma, de una red municipal. Pero esos matices no caben en un boletín que celebra números redondos.
Al final, la cuenta es clara: Morelia tiene 7 mil 800 cámaras y sólo mil 800 son suyas. Es la ciudad que descubrió cómo tener una red de vigilancia enorme sin comprar la red. Puro talento. Si esto sigue así, el próximo anuncio será que también conectaron los timbres inteligentes, los perros que ladran y a la señora del chisme de la esquina, que lleva décadas ofreciendo cobertura las 24 horas sin cobrar un peso.
O sea que la gran red de seguridad de la capital michoacana está sostenida, en tres cuartas partes, por los aparatos que la gente compró para cuidar su cochera. El modelo es de una eficiencia envidiable para las finanzas públicas: el ciudadano pone la cámara, paga el aparato, paga la instalación, paga la luz que la mantiene encendida y paga el internet que sube la señal. El municipio, generoso, aporta la parte más noble del asunto: ver la pantalla.
Alfonso Martínez lo presenta como colaboración, y en el fondo lo es. Nada une más a un pueblo que descubrir que la seguridad es, oficialmente, una cooperacha: cada quien trae su cámara y entre todos vigilamos. Lo que antes se llamaba “no alcanzó el presupuesto para cámaras” ahora se llama “sistema de vigilancia ciudadana participativa”. El rebranding es impecable.
Y uno no quisiera ser aguafiestas, pero seis mil ojos privados conectados a la autoridad plantean una pregunta incómoda que nadie en la rueda de prensa hizo: ¿quién ve qué, a qué hora y con qué permiso? Porque una cosa es que tu cámara te avise cuando llega el cartero, y otra es que forme parte, sin que nadie te lo explicara con calma, de una red municipal. Pero esos matices no caben en un boletín que celebra números redondos.
Al final, la cuenta es clara: Morelia tiene 7 mil 800 cámaras y sólo mil 800 son suyas. Es la ciudad que descubrió cómo tener una red de vigilancia enorme sin comprar la red. Puro talento. Si esto sigue así, el próximo anuncio será que también conectaron los timbres inteligentes, los perros que ladran y a la señora del chisme de la esquina, que lleva décadas ofreciendo cobertura las 24 horas sin cobrar un peso.