El pasaje que nadie puede pagar en el camión que nadie debería abordar
Tamaño de letra
El alcalde de Morelia, Alfonso Martínez, se enfrentó a la pregunta que ningún político quiere responder: ¿va a subir el pasaje? Y respondió con una obra maestra del equilibrismo. Reconoció que un aumento golpearía directamente a los estudiantes, pero que la tarifa actual ya es difícil de sostener para los transportistas por el encarecimiento de combustibles y refacciones. Es decir: subir es malo y no subir también. Todos pierden, todos tienen razón, nadie decide. El clásico “les entiendo a los dos” que deja el problema exactamente donde estaba.
El detalle que remata la escena lo puso la Secretaría de Movilidad: el 85% de las unidades del poniente de Morelia ya rebasó los 25 años de vida. Veinticinco años. Hay camiones circulando que son mayores de edad, que podrían votar, sacar licencia y hasta ir pensando en su retiro. El estudiante que hoy no alcanza para el pasaje viaja, además, en una reliquia rodante que resopla humo con la dignidad de un veterano al que nadie quiso jubilar.
Y aquí está el nudo cómico de la tragedia: se discute cuánto debe pagar el usuario por un servicio que, según la propia autoridad, es obsoleto en su gran mayoría. Estamos negociando el precio de un boleto para un museo sobre ruedas. Cualquier peso adicional, dijo el alcalde, representa una carga para el usuario; cierto, aunque la carga mayor es subirse a un camión que tiene la edad del abuelo y la suspensión de una carreta.
Nadie discute que a los transportistas les pega el precio de la gasolina y las refacciones —les pega, y en serio—. Pero la solución oficial parece consistir en describir el problema con mucha empatía y ninguna fecha. Mientras tanto, el poniente de la ciudad seguirá moviéndose en unidades que ya cumplieron su ciclo, esperando o un aumento que a nadie alcanza, o un Morebús que aún no llega, o los dos, que sería el combo completo.
Consuelo para el pasajero: si el camión tiene 25 años y todavía arranca, al menos algo en esta ciudad demostró aguante. Lástima que sea justo lo que deberían haber cambiado.
El detalle que remata la escena lo puso la Secretaría de Movilidad: el 85% de las unidades del poniente de Morelia ya rebasó los 25 años de vida. Veinticinco años. Hay camiones circulando que son mayores de edad, que podrían votar, sacar licencia y hasta ir pensando en su retiro. El estudiante que hoy no alcanza para el pasaje viaja, además, en una reliquia rodante que resopla humo con la dignidad de un veterano al que nadie quiso jubilar.
Y aquí está el nudo cómico de la tragedia: se discute cuánto debe pagar el usuario por un servicio que, según la propia autoridad, es obsoleto en su gran mayoría. Estamos negociando el precio de un boleto para un museo sobre ruedas. Cualquier peso adicional, dijo el alcalde, representa una carga para el usuario; cierto, aunque la carga mayor es subirse a un camión que tiene la edad del abuelo y la suspensión de una carreta.
Nadie discute que a los transportistas les pega el precio de la gasolina y las refacciones —les pega, y en serio—. Pero la solución oficial parece consistir en describir el problema con mucha empatía y ninguna fecha. Mientras tanto, el poniente de la ciudad seguirá moviéndose en unidades que ya cumplieron su ciclo, esperando o un aumento que a nadie alcanza, o un Morebús que aún no llega, o los dos, que sería el combo completo.
Consuelo para el pasajero: si el camión tiene 25 años y todavía arranca, al menos algo en esta ciudad demostró aguante. Lástima que sea justo lo que deberían haber cambiado.