Cablebús para el cielo, baches para el pueblo: la CDMX en su salsa
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Amaneció la Ciudad de México con su ecosistema intacto: cables por el cielo, baches por el suelo y un ambulante en cada esquina para que nada se sienta vacío.
Arriba, la gran obra del sexenio se mueve por los aires. La Línea 4 del Cablebús —de Universidad al Pedregal, 11.4 kilómetros, nueve estaciones y casi cuatrocientas cabinas— alcanzó el 20 por ciento de avance y promete estar lista en diciembre de 2027, es decir, cuando ya nadie recuerde quién la prometió. La llaman "proyecto de justicia social", porque llevar el mejor transporte a quien menos tiene suena mucho mejor que decir que abajo, en el mismo cruce, el peatón sigue esquivando coladeras. Para construir tanta justicia sólo hubo que derribar 16 árboles, trasplantar 246 y podar otros 144; la Secretaría del Medio Ambiente aclaró, muy tranquila, que la obra "no genera impactos ambientales significativos". Los 16 árboles no pudieron dar su opinión.
Mientras tanto, en el Cetram Universidad, los locatarios reubicados descubrieron el impacto que sí fue significativo: pavimento recién puesto que se encharca a la primera lluvia y ventas caídas 40 por ciento. Nada como estrenar banqueta nueva para extrañar la vieja.
La Línea 5, en cambio, ni despega, porque —según diputados de Morena— existe "una estrategia legal concertada" para frenarla: una lluvia de amparos que atribuyen a un despacho de abogados con presuntos vínculos panistas. Traducción libre: cuando el amparo es mío, es Estado de derecho; cuando es tuyo, es activismo judicial. Doce estaciones, 140 colonias beneficiadas y ocho horas semanales de ahorro esperando a que dos bandos terminen de discutir de quién es la banqueta del cielo.
Y hablando de banquetas: resulta que la Ciudad de México es campeona nacional. Un informe de la Secretaría de Economía la coronó como la entidad con más vendedores ambulantes del país —199 mil personas, primer lugar indiscutible—. Es el único ranking donde la capital gana sin necesidad de árbitro. Para celebrarlo, un grupo de comerciantes lleva cuatro días bloqueando la avenida Juárez, junto a la Alameda, exigiendo más espacios de los que las autoridades les ofrecen; de paso dejaron sin paso al Trolebús Línea 1 y al Centrobús, porque la protesta contra la falta de lugar consiste, precisamente, en ocupar todo el lugar.
A pie de calle, el corredor Madero sigue siendo la pista de obstáculos más concurrida de la ciudad: 350 mil personas cada fin de semana practican el noble arte de saltar baches y esquivar tapas de registro eléctrico entre Madero e Isabel La Católica, a un costado del Zócalo. Es turismo de aventura sin costo extra: usted paga con el tobillo.
Por si faltara emoción, el cielo cobró su cuota. Diez alcaldías amanecieron bajo alerta amarilla y Protección Civil anunció que lo bueno viene entre las dos y las nueve de la tarde, justo a la hora de salir. Quien logre esquivar el encharcamiento tendrá el premio de llenar el tanque: la gasolina regular ronda los 24 pesos el litro, casi mil por tanque, un recordatorio diario de que en esta ciudad hasta huir cuesta.
Y sobre todo esto planea el gran deporte de la temporada: la relección. Los alcaldes andan desatados en campaña, aunque —como bien apunta la crónica local— las campañas hablan en su contra. Es la paradoja capitalina perfecta: gobiernan tres años como para que nadie los note y hacen campaña dos meses como para que nadie los olvide. Al fondo, casi de adorno, la crisis por consumo de cristal, cuyas atenciones se multiplicaron por quince en seis años y golpean sobre todo a jóvenes de 16 y 17 años; ese dato no cabe en ningún spot, así que no aparecerá en las boletas.
Así se ve la CDMX de hoy: un teleférico de justicia social sobrevolando un bache de injusticia peatonal, un ambulante de oro colgándose la medalla y un político prometiendo, desde una cabina que aún no existe, que todo va viento en popa. Y va, va viento en popa. Literal: con este clima, va lloviendo.
Arriba, la gran obra del sexenio se mueve por los aires. La Línea 4 del Cablebús —de Universidad al Pedregal, 11.4 kilómetros, nueve estaciones y casi cuatrocientas cabinas— alcanzó el 20 por ciento de avance y promete estar lista en diciembre de 2027, es decir, cuando ya nadie recuerde quién la prometió. La llaman "proyecto de justicia social", porque llevar el mejor transporte a quien menos tiene suena mucho mejor que decir que abajo, en el mismo cruce, el peatón sigue esquivando coladeras. Para construir tanta justicia sólo hubo que derribar 16 árboles, trasplantar 246 y podar otros 144; la Secretaría del Medio Ambiente aclaró, muy tranquila, que la obra "no genera impactos ambientales significativos". Los 16 árboles no pudieron dar su opinión.
Mientras tanto, en el Cetram Universidad, los locatarios reubicados descubrieron el impacto que sí fue significativo: pavimento recién puesto que se encharca a la primera lluvia y ventas caídas 40 por ciento. Nada como estrenar banqueta nueva para extrañar la vieja.
La Línea 5, en cambio, ni despega, porque —según diputados de Morena— existe "una estrategia legal concertada" para frenarla: una lluvia de amparos que atribuyen a un despacho de abogados con presuntos vínculos panistas. Traducción libre: cuando el amparo es mío, es Estado de derecho; cuando es tuyo, es activismo judicial. Doce estaciones, 140 colonias beneficiadas y ocho horas semanales de ahorro esperando a que dos bandos terminen de discutir de quién es la banqueta del cielo.
Y hablando de banquetas: resulta que la Ciudad de México es campeona nacional. Un informe de la Secretaría de Economía la coronó como la entidad con más vendedores ambulantes del país —199 mil personas, primer lugar indiscutible—. Es el único ranking donde la capital gana sin necesidad de árbitro. Para celebrarlo, un grupo de comerciantes lleva cuatro días bloqueando la avenida Juárez, junto a la Alameda, exigiendo más espacios de los que las autoridades les ofrecen; de paso dejaron sin paso al Trolebús Línea 1 y al Centrobús, porque la protesta contra la falta de lugar consiste, precisamente, en ocupar todo el lugar.
A pie de calle, el corredor Madero sigue siendo la pista de obstáculos más concurrida de la ciudad: 350 mil personas cada fin de semana practican el noble arte de saltar baches y esquivar tapas de registro eléctrico entre Madero e Isabel La Católica, a un costado del Zócalo. Es turismo de aventura sin costo extra: usted paga con el tobillo.
Por si faltara emoción, el cielo cobró su cuota. Diez alcaldías amanecieron bajo alerta amarilla y Protección Civil anunció que lo bueno viene entre las dos y las nueve de la tarde, justo a la hora de salir. Quien logre esquivar el encharcamiento tendrá el premio de llenar el tanque: la gasolina regular ronda los 24 pesos el litro, casi mil por tanque, un recordatorio diario de que en esta ciudad hasta huir cuesta.
Y sobre todo esto planea el gran deporte de la temporada: la relección. Los alcaldes andan desatados en campaña, aunque —como bien apunta la crónica local— las campañas hablan en su contra. Es la paradoja capitalina perfecta: gobiernan tres años como para que nadie los note y hacen campaña dos meses como para que nadie los olvide. Al fondo, casi de adorno, la crisis por consumo de cristal, cuyas atenciones se multiplicaron por quince en seis años y golpean sobre todo a jóvenes de 16 y 17 años; ese dato no cabe en ningún spot, así que no aparecerá en las boletas.
Así se ve la CDMX de hoy: un teleférico de justicia social sobrevolando un bache de injusticia peatonal, un ambulante de oro colgándose la medalla y un político prometiendo, desde una cabina que aún no existe, que todo va viento en popa. Y va, va viento en popa. Literal: con este clima, va lloviendo.