El gobernador que regresó para volver a irse: 34 horas de gestión y a licencia
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Hay carreras políticas que se miden en sexenios y hay otras que se miden en horas nalga. La del gobernador de Sinaloa entra, con honores, en la segunda categoría. Después de ciento doce días fuera del cargo —una temporada más larga que muchas telenovelas—, el mandatario regresó triunfal un viernes a retomar las riendas del estado. Duró en la silla la friolera de treinta y cuatro horas. El sábado ya estaba pidiendo licencia, ahora sí, por 'tiempo indefinido'.
Treinta y cuatro horas. Ni siquiera le dio tiempo de aprenderse dónde estaba el baño de la oficina. Uno tarda más en descongelar la carne para el asado que lo que este señor tardó en decidir que, pensándolo bien, mejor no. El Congreso local, siempre veloz cuando conviene, le aprobó la licencia en tiempo récord y dejó a una funcionaria encargada del despacho, porque en Sinaloa el volante lo agarra el que quede más cerca.
La cereza la puso la presidenta, quien desde la Ciudad de México declaró que la decisión 'es lo mejor para Sinaloa'. Y aquí conviene detenerse a admirar la pieza retórica: primero fue decisión personal irse, luego decisión personal regresar y finalmente decisión personal volver a irse. Todo personal. Un gobierno que funciona como grupo de WhatsApp: la gente entra, sale, vuelve a entrar y nadie sabe quién administra.
El contexto, que no inventamos nosotros, es que el hombre volvió a la palestra luego de que autoridades estadounidenses lo relacionaran públicamente con cierto cártel del noroeste; señalamientos que él ha esquivado con la agilidad de un torero. Nosotros, prudentes, solo señalamos lo evidente: pocas veces se ha visto a un servidor público tan comprometido con el arte de no estar.
Y por si el circo no alcanzaba, el eco llegó hasta Nuevo León, donde un aspirante a coordinar a la Cuarta Transformación retó a sus contrincantes a fijar postura sobre el caso, acusando que su silencio revela que no podrían con el crimen. Nada como usar la crisis del vecino para hacer campaña propia: reciclaje político puro, de esos que sí ayudan al planeta.
Al final, Sinaloa se queda con un gobernador con licencia, una encargada de despacho y un pueblo que ya perdió la cuenta de quién manda. Y nosotros, desde el sur del Bravo, tomamos nota: cuando un político dice que regresa 'para servir', conviene preguntar hasta qué hora.
Treinta y cuatro horas. Ni siquiera le dio tiempo de aprenderse dónde estaba el baño de la oficina. Uno tarda más en descongelar la carne para el asado que lo que este señor tardó en decidir que, pensándolo bien, mejor no. El Congreso local, siempre veloz cuando conviene, le aprobó la licencia en tiempo récord y dejó a una funcionaria encargada del despacho, porque en Sinaloa el volante lo agarra el que quede más cerca.
La cereza la puso la presidenta, quien desde la Ciudad de México declaró que la decisión 'es lo mejor para Sinaloa'. Y aquí conviene detenerse a admirar la pieza retórica: primero fue decisión personal irse, luego decisión personal regresar y finalmente decisión personal volver a irse. Todo personal. Un gobierno que funciona como grupo de WhatsApp: la gente entra, sale, vuelve a entrar y nadie sabe quién administra.
El contexto, que no inventamos nosotros, es que el hombre volvió a la palestra luego de que autoridades estadounidenses lo relacionaran públicamente con cierto cártel del noroeste; señalamientos que él ha esquivado con la agilidad de un torero. Nosotros, prudentes, solo señalamos lo evidente: pocas veces se ha visto a un servidor público tan comprometido con el arte de no estar.
Y por si el circo no alcanzaba, el eco llegó hasta Nuevo León, donde un aspirante a coordinar a la Cuarta Transformación retó a sus contrincantes a fijar postura sobre el caso, acusando que su silencio revela que no podrían con el crimen. Nada como usar la crisis del vecino para hacer campaña propia: reciclaje político puro, de esos que sí ayudan al planeta.
Al final, Sinaloa se queda con un gobernador con licencia, una encargada de despacho y un pueblo que ya perdió la cuenta de quién manda. Y nosotros, desde el sur del Bravo, tomamos nota: cuando un político dice que regresa 'para servir', conviene preguntar hasta qué hora.