Analfabetismo emocional: el único curso que el chihuahuense aprobó con honores
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Llegó el Día del Padre y, como manda la tradición, las redes se llenaron de corbatas regaladas que jamás se usarán y de felicitaciones a papás que, según los datos, andan por dentro como camioneta del 98: jalando, pero con el motor pidiendo auxilio.
Resulta —agárrense del barandal— que miles de hombres en México cargan depresión, deudas y algo llamado 'analfabetismo emocional'. Sí, el mismo señor que se sabe de memoria el rol de pagos de la quincena, la fecha exacta del próximo partido y los kilómetros que le faltan al cambio de aceite, es incapaz de identificar si lo que siente es tristeza o nomás hambre. Y uno aquí pensando que el silencio paterno era sabiduría ancestral; resulta que era un manual de instrucciones que nadie le dio.
Las cifras del Consejo Ciudadano son de esas que arruinan la carne asada: 63.7% de los papás que piden apoyo emocional lo hacen por conflictos familiares. Es decir, el mismo hogar que en los anuncios aparece riendo alrededor del pastel, por dentro funciona como junta de condóminos: tenso, ruidoso y con alguien a punto de azotar la puerta. Y todavía nos preguntamos por qué el papá chihuahuense prefiere salirse al patio 'a ver la troca'.
Mi parte favorita del informe es el diagnóstico cultural. Durante décadas le enseñaron al varón norteño que mostrar vulnerabilidad era de débiles, así que aprendió a transformar la tristeza en irritabilidad, el miedo en silencio y la frustración en 'no tengo nada, déjame en paz'. Toda una alquimia emocional digna de patente. El problema es que ese 'no tengo nada' a veces se sirve con hielo y, según los expertos, termina en consumo problemático de alcohol. Pero eso sí: muy macho.
Hay también una noticia que, contra todo pronóstico, sabe a esperanza. El 51% de los hombres que piden ayuda tienen menos de 40 años. Traducción: las nuevas generaciones descubrieron que ir a terapia no te quita la hombría, igual que descubrieron que abrazar a un hijo no provoca cortocircuitos. Ocho de cada diez papás ya buscan apoyo para sí mismos, cifra que a más de un abuelo le parecerá brujería. 'En mis tiempos uno se aguantaba', dirá, sin notar que aguantarse fue precisamente lo que nos trajo hasta aquí.
Incluso existe la depresión posparto paterna, que afecta a uno de cada diez papás y pasa inadvertida porque el señor, en lugar de llorar, se vuelve apático, se aísla y contesta con monosílabos. O sea, lo que en muchas casas se conoce simplemente como 'así es él'.
La moraleja, sin sarcasmo por una vez: la corbata se arruga, el pastel se acaba y el meme se olvida, pero la salud mental del papá no se regala en oferta del Día del Padre. Pregúntenle cómo está. Y si contesta 'bien', vuelvan a preguntar. Hay líneas gratuitas de atención para quien las necesite; no es debilidad usarlas, es de los pocos exámenes que vale la pena no reprobar.
Resulta —agárrense del barandal— que miles de hombres en México cargan depresión, deudas y algo llamado 'analfabetismo emocional'. Sí, el mismo señor que se sabe de memoria el rol de pagos de la quincena, la fecha exacta del próximo partido y los kilómetros que le faltan al cambio de aceite, es incapaz de identificar si lo que siente es tristeza o nomás hambre. Y uno aquí pensando que el silencio paterno era sabiduría ancestral; resulta que era un manual de instrucciones que nadie le dio.
Las cifras del Consejo Ciudadano son de esas que arruinan la carne asada: 63.7% de los papás que piden apoyo emocional lo hacen por conflictos familiares. Es decir, el mismo hogar que en los anuncios aparece riendo alrededor del pastel, por dentro funciona como junta de condóminos: tenso, ruidoso y con alguien a punto de azotar la puerta. Y todavía nos preguntamos por qué el papá chihuahuense prefiere salirse al patio 'a ver la troca'.
Mi parte favorita del informe es el diagnóstico cultural. Durante décadas le enseñaron al varón norteño que mostrar vulnerabilidad era de débiles, así que aprendió a transformar la tristeza en irritabilidad, el miedo en silencio y la frustración en 'no tengo nada, déjame en paz'. Toda una alquimia emocional digna de patente. El problema es que ese 'no tengo nada' a veces se sirve con hielo y, según los expertos, termina en consumo problemático de alcohol. Pero eso sí: muy macho.
Hay también una noticia que, contra todo pronóstico, sabe a esperanza. El 51% de los hombres que piden ayuda tienen menos de 40 años. Traducción: las nuevas generaciones descubrieron que ir a terapia no te quita la hombría, igual que descubrieron que abrazar a un hijo no provoca cortocircuitos. Ocho de cada diez papás ya buscan apoyo para sí mismos, cifra que a más de un abuelo le parecerá brujería. 'En mis tiempos uno se aguantaba', dirá, sin notar que aguantarse fue precisamente lo que nos trajo hasta aquí.
Incluso existe la depresión posparto paterna, que afecta a uno de cada diez papás y pasa inadvertida porque el señor, en lugar de llorar, se vuelve apático, se aísla y contesta con monosílabos. O sea, lo que en muchas casas se conoce simplemente como 'así es él'.
La moraleja, sin sarcasmo por una vez: la corbata se arruga, el pastel se acaba y el meme se olvida, pero la salud mental del papá no se regala en oferta del Día del Padre. Pregúntenle cómo está. Y si contesta 'bien', vuelvan a preguntar. Hay líneas gratuitas de atención para quien las necesite; no es debilidad usarlas, es de los pocos exámenes que vale la pena no reprobar.