Puertas al Mundo, ventanas al basurero
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Puerto Vallarta tiene un plan ambicioso y hay que reconocérselo: se llama "Nuestra Ciudad de Puertas al Mundo" y viene con cinco ejes que suenan a folleto de aerolínea premium: posicionamiento internacional, diplomacia municipal, conectividad, atracción de inversión y turismo sostenible. Hubo presentación oficial en la Unidad Municipal Administrativa, hubo directora de Turismo, hubo representantes de todos los sectores y hasta un convenio firmado con una consultora colombiana especializada en internacionalizar destinos. Faltó, quizá, una alfombra roja para que nadie pisara la banqueta rota al entrar.
El proyecto quiere proyectar a Vallarta al mapa global, atraer inversiones y tejer lazos diplomáticos con mercados estratégicos. Palabras mayores. Uno se imagina embajadas vallartenses, cumbres de conectividad, delegaciones extranjeras maravilladas. Y entonces llega el Inegi, ese aguafiestas con calculadora, y publica su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana: los dos problemas que más aquejan a los vallartenses en pleno 2026 siguen siendo, redoble de tambores, el transporte público y la recolección de basura.
Ahí está el detalle poético. Vamos a conquistar el mercado internacional, pero el camión de la basura sigue siendo un rumor. Vamos a atraer inversión global, pero el vecino no sabe a qué hora pasa la ruta ni si pasa. Es como querer inscribirte a un maratón cuando todavía no arreglas la chancla. La diplomacia municipal está muy bien, pero cuesta trabajo hacer diplomacia con el mundo cuando no logras hacer las paces con tu propia esquina.
El plan habla de "herramientas innovadoras de promoción e inteligencia turística", y uno no duda de que las haya. Solo sugiere, con humildad, que la primera herramienta innovadora podría ser un calendario de recolección que se cumpla. La segunda, un camión que sirva. La tercera, ya de perdida, una ruta de transporte donde el usuario no envejezca esperando. Porque el turista extranjero perdona muchas cosas —el calor, los precios en dólares, el mezcal que le arde—, pero difícilmente perdona el aroma de una bolsa negra a mediodía.
Abrir las puertas al mundo es una idea preciosa. Solo hay que asegurarse de que, al abrirlas, el mundo no se tope de frente con lo que llevamos años barriendo debajo del tapete. O, en este caso, dejando en la banqueta.
El proyecto quiere proyectar a Vallarta al mapa global, atraer inversiones y tejer lazos diplomáticos con mercados estratégicos. Palabras mayores. Uno se imagina embajadas vallartenses, cumbres de conectividad, delegaciones extranjeras maravilladas. Y entonces llega el Inegi, ese aguafiestas con calculadora, y publica su Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana: los dos problemas que más aquejan a los vallartenses en pleno 2026 siguen siendo, redoble de tambores, el transporte público y la recolección de basura.
Ahí está el detalle poético. Vamos a conquistar el mercado internacional, pero el camión de la basura sigue siendo un rumor. Vamos a atraer inversión global, pero el vecino no sabe a qué hora pasa la ruta ni si pasa. Es como querer inscribirte a un maratón cuando todavía no arreglas la chancla. La diplomacia municipal está muy bien, pero cuesta trabajo hacer diplomacia con el mundo cuando no logras hacer las paces con tu propia esquina.
El plan habla de "herramientas innovadoras de promoción e inteligencia turística", y uno no duda de que las haya. Solo sugiere, con humildad, que la primera herramienta innovadora podría ser un calendario de recolección que se cumpla. La segunda, un camión que sirva. La tercera, ya de perdida, una ruta de transporte donde el usuario no envejezca esperando. Porque el turista extranjero perdona muchas cosas —el calor, los precios en dólares, el mezcal que le arde—, pero difícilmente perdona el aroma de una bolsa negra a mediodía.
Abrir las puertas al mundo es una idea preciosa. Solo hay que asegurarse de que, al abrirlas, el mundo no se tope de frente con lo que llevamos años barriendo debajo del tapete. O, en este caso, dejando en la banqueta.