Madrugar para pedir que te devuelvan tu casa: el nuevo deporte capitalino
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Hay filas que retratan a una ciudad mejor que cualquier informe de gobierno. Este lunes, trescientas familias llegaron al Zócalo antes de las ocho de la mañana, no a un concierto ni a un trámite de rutina, sino a pedir ayuda porque alguien les quitó su casa. El gobierno capitalino inauguró una Defensoría contra el Despojo con cien abogados que, cada lunes, ofrecerán asesoría jurídica gratuita a quienes han sido víctimas de invasión de predios, escrituras falsificadas o la vieja y confiable táctica de sacar los muebles ajenos a la banqueta.
La jefa de Gobierno tomó protesta a los abogados y aseguró a las víctimas que 'no están solas'. Es un consuelo genuino, aunque también un diagnóstico: si hace falta desplegar cien litigantes en la plaza principal para atender la demanda del primer día, el problema dejó de ser un incidente y se volvió paisaje. La consejería jurídica presumió que, para la tarde, ya se habían atendido a las trescientas familias. Eficiencia encomiable; lástima que exista la necesidad de presumirla.
El mismo día, en Gustavo A. Madero, la policía detuvo a quince personas —entre ellas cuatro menores— por irrumpir en un domicilio, agredir a la familia y empezar a sacar sus pertenencias a la calle como quien organiza una venta de garaje sin permiso del dueño. El despojo en la capital ha alcanzado tal nivel de industrialización que ya opera con logística, personal y, al parecer, hasta relevo generacional.
Lo notable no es que el gobierno actúe; es que la defensa del patrimonio se haya convertido en un servicio que hay que instalar en el corazón simbólico del país, bajo carpas, cada semana. Uno esperaría que tener escrituras bastara. Aquí, en cambio, hay que madrugar, formarse y confiar en que el abogado que te tocó en la carpa sea más rápido que el que le falsificó el papel al que se metió a tu sala.
Bienvenida sea la defensoría. Ojalá funcione, ojalá crezca y ojalá algún día sea innecesaria. Mientras tanto, queda el retrato: una ciudad donde tener casa propia no garantiza nada, salvo el derecho a hacer cola para reclamarla.
La jefa de Gobierno tomó protesta a los abogados y aseguró a las víctimas que 'no están solas'. Es un consuelo genuino, aunque también un diagnóstico: si hace falta desplegar cien litigantes en la plaza principal para atender la demanda del primer día, el problema dejó de ser un incidente y se volvió paisaje. La consejería jurídica presumió que, para la tarde, ya se habían atendido a las trescientas familias. Eficiencia encomiable; lástima que exista la necesidad de presumirla.
El mismo día, en Gustavo A. Madero, la policía detuvo a quince personas —entre ellas cuatro menores— por irrumpir en un domicilio, agredir a la familia y empezar a sacar sus pertenencias a la calle como quien organiza una venta de garaje sin permiso del dueño. El despojo en la capital ha alcanzado tal nivel de industrialización que ya opera con logística, personal y, al parecer, hasta relevo generacional.
Lo notable no es que el gobierno actúe; es que la defensa del patrimonio se haya convertido en un servicio que hay que instalar en el corazón simbólico del país, bajo carpas, cada semana. Uno esperaría que tener escrituras bastara. Aquí, en cambio, hay que madrugar, formarse y confiar en que el abogado que te tocó en la carpa sea más rápido que el que le falsificó el papel al que se metió a tu sala.
Bienvenida sea la defensoría. Ojalá funcione, ojalá crezca y ojalá algún día sea innecesaria. Mientras tanto, queda el retrato: una ciudad donde tener casa propia no garantiza nada, salvo el derecho a hacer cola para reclamarla.