JMAS estrena servicio a domicilio: llega sola, sin cita y sin frenos
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En la colonia Los Pinos, al sur de la capital, ocurrió algo que la ingeniería automotriz no contemplaba: un camión de la Junta Municipal de Agua y Saneamiento se manejó solito. La unidad, del departamento de alcantarillado, presentó una falla, empezó a rodar cuesta abajo por el rumbo de Batalla de Puebla y decidió estacionarse dentro de una vivienda, aplastando de paso dos vehículos que no le habían hecho nada.
Hasta aquí, un accidente. Lo memorable vino después, cuando la JMAS salió a aclarar —con una velocidad que nunca tiene para reparar una fuga— que el camión no estaba a su cargo: llevaba días en un taller particular haciendo pruebas y era personal del taller quien lo conducía. Es decir, el organismo no chocó tu casa; tu casa fue chocada por un camión que casualmente dice JMAS en la puerta. Sutil diferencia jurídica que el barandal destrozado no alcanzó a apreciar.
Uno entiende la urgencia del deslinde. En una ciudad donde buena parte de la población vive con tandeos y reza por que le toque agua, ver una pipa moverse con tanta determinación despierta esperanzas. Los vecinos de Los Pinos son, técnicamente, los únicos chihuahuenses a los que la JMAS les llegó a domicilio sin que lo pidieran, puntual y sin cita previa. Que haya sido a estrellarse es apenas un detalle logístico.
La prueba que hacía el camión, por cierto, resultó todo un éxito. Aprobó gravedad con mención honorífica, demostró que la pendiente funciona a la perfección y confirmó que los frenos son opcionales cuando hay voluntad. Solo falló en lo de detenerse, que era, admitámoslo, la parte importante.
Mientras tanto, en otras colonias la gente sigue esperando que el agua baje con la misma energía con que bajó este camión. Si tan solo el líquido tuviera la iniciativa de la unidad de alcantarillado, Chihuahua sería un vergel. Por ahora nos queda el consuelo filosófico: en esta ciudad, lo único que corre garantizado cuesta abajo es la maquinaria del organismo del agua. El agua, ella, sigue pensándolo.
Hasta aquí, un accidente. Lo memorable vino después, cuando la JMAS salió a aclarar —con una velocidad que nunca tiene para reparar una fuga— que el camión no estaba a su cargo: llevaba días en un taller particular haciendo pruebas y era personal del taller quien lo conducía. Es decir, el organismo no chocó tu casa; tu casa fue chocada por un camión que casualmente dice JMAS en la puerta. Sutil diferencia jurídica que el barandal destrozado no alcanzó a apreciar.
Uno entiende la urgencia del deslinde. En una ciudad donde buena parte de la población vive con tandeos y reza por que le toque agua, ver una pipa moverse con tanta determinación despierta esperanzas. Los vecinos de Los Pinos son, técnicamente, los únicos chihuahuenses a los que la JMAS les llegó a domicilio sin que lo pidieran, puntual y sin cita previa. Que haya sido a estrellarse es apenas un detalle logístico.
La prueba que hacía el camión, por cierto, resultó todo un éxito. Aprobó gravedad con mención honorífica, demostró que la pendiente funciona a la perfección y confirmó que los frenos son opcionales cuando hay voluntad. Solo falló en lo de detenerse, que era, admitámoslo, la parte importante.
Mientras tanto, en otras colonias la gente sigue esperando que el agua baje con la misma energía con que bajó este camión. Si tan solo el líquido tuviera la iniciativa de la unidad de alcantarillado, Chihuahua sería un vergel. Por ahora nos queda el consuelo filosófico: en esta ciudad, lo único que corre garantizado cuesta abajo es la maquinaria del organismo del agua. El agua, ella, sigue pensándolo.