Entrar por la puerta es de aficionados: la nueva escuela del robo en Guadalajara
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En Guadalajara la delincuencia dio un salto de calidad y ahora exige currículum. Unos amantes de lo ajeno decidieron que meterse por la puerta principal ya es cosa de novatos y optaron por lo más elegante: le abrieron un boquete al techo de un supermercado, bajaron como comando de película de acción y se llevaron el efectivo. El detalle fino, la firma de artista, es que además rompieron los cristales de la entrada, no fuera a pensarse que les faltó dedicación al oficio.
El robo ocurrió en la colonia Hernández Romo, por el cruce de Edison y Medrano, donde los sujetos tuvieron tiempo de sobra —tanto, que uno se pregunta si trajeron termo con café—. Y aquí es donde la nota deja de ser policiaca para volverse educativa: hoy ya no basta con tener malas intenciones; hay que saber de estructura, de vigas, de dónde pisar para no caer entre los abarrotes. El ratero moderno necesita casco, cuerda y una noción básica de resistencia de materiales. Pronto pedirán título de la facultad de ingeniería y su respectiva cédula.
Uno imagina la escena: el maleante de antaño, ese que solo sabía forzar una chapa, viendo con lágrimas en los ojos cómo la nueva generación baja del cielo raso como Misión Imposible. 'En mis tiempos entrábamos por la ventana, muchachos', suspira, mientras los jóvenes le explican que eso ya no da estatus.
Lo verdaderamente inquietante no es el ingenio, sino la tranquilidad. Hacer un boquete en un techo no es cosa de dos minutos; se necesita ruido, tiempo y confianza en que nadie va a llegar. Esa calma es el dato duro de la nota, el que debería preocupar más que la creatividad arquitectónica: en ciertos rincones de la ciudad, los rateros trabajan con el sosiego de quien remodela su cocina un domingo.
En fin, tapatíos: guarden su efectivo, refuercen sus techos y, ya entrados en gastos, contraten a estos genios para que les remodelen el negocio, que al menos saben abrir un boquete limpio y a tiempo. Talento hay; lo que falta es que lo usen en la obra y no en el atraco.
El robo ocurrió en la colonia Hernández Romo, por el cruce de Edison y Medrano, donde los sujetos tuvieron tiempo de sobra —tanto, que uno se pregunta si trajeron termo con café—. Y aquí es donde la nota deja de ser policiaca para volverse educativa: hoy ya no basta con tener malas intenciones; hay que saber de estructura, de vigas, de dónde pisar para no caer entre los abarrotes. El ratero moderno necesita casco, cuerda y una noción básica de resistencia de materiales. Pronto pedirán título de la facultad de ingeniería y su respectiva cédula.
Uno imagina la escena: el maleante de antaño, ese que solo sabía forzar una chapa, viendo con lágrimas en los ojos cómo la nueva generación baja del cielo raso como Misión Imposible. 'En mis tiempos entrábamos por la ventana, muchachos', suspira, mientras los jóvenes le explican que eso ya no da estatus.
Lo verdaderamente inquietante no es el ingenio, sino la tranquilidad. Hacer un boquete en un techo no es cosa de dos minutos; se necesita ruido, tiempo y confianza en que nadie va a llegar. Esa calma es el dato duro de la nota, el que debería preocupar más que la creatividad arquitectónica: en ciertos rincones de la ciudad, los rateros trabajan con el sosiego de quien remodela su cocina un domingo.
En fin, tapatíos: guarden su efectivo, refuercen sus techos y, ya entrados en gastos, contraten a estos genios para que les remodelen el negocio, que al menos saben abrir un boquete limpio y a tiempo. Talento hay; lo que falta es que lo usen en la obra y no en el atraco.