Cerrando filas por fuera, abriendo el compás por dentro
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En plena tormenta por el caso Rocha Moya, cuando el oficialismo pedía disciplina, unidad y prudencia, dos de sus figuras más visibles resolvieron aplicar la unidad a su manera: la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, y el diputado Arturo Ávila fueron captados disfrutando el concierto de Rosalía. La imagen, como corresponde a todo momento inoportuno, circuló en redes a la velocidad de un rumor con descuento.
Que quede claro: ir a un concierto no es delito, ni pecado, ni traición a la patria. Cualquier ciudadano tiene derecho a soltar la semana y dejar que el bajo le reacomode las vértebras. El problema es puramente escénico. Mientras el partido mandaba señales de humo pidiendo cerrar filas, dos de sus cuadros cerraban los ojos para sentir mejor el beat. Es la clásica coincidencia de agenda: unos apagando el incendio, otros calentando el estadio.
Uno imagina la escena política como un doble concierto simultáneo. En un escenario, los comunicados: austeros, medidos, con la emoción de un acta de asamblea. En el otro, las luces, el humo de verdad y la coreografía. El público, es decir la ciudadanía, no supo a cuál voltear, así que hizo lo único sensato: sacó el teléfono y documentó.
Hay algo casi tierno en la sincronía. Después de días de explicar licencias, reincorporaciones y nuevas licencias —todo un curso intensivo de derecho administrativo aplicado a la telenovela—, el cuerpo pide catarsis. Y no hay mejor terapia colectiva que corear estribillos con miles de desconocidos que, por una noche, no te van a preguntar por el organigrama.
La moraleja no es que la política deba ser aburrida ni que los funcionarios tengan prohibido divertirse. Es más simple: en el arte de la percepción, el ritmo lo es todo. Y esta vez, mientras la orquesta oficial tocaba una marcha de contención, dos solistas se fueron por otro compás. El resultado fue un contratiempo perfecto, de esos que ni el mejor productor pudo haber ensayado. Que conste que la música estuvo buenísima; la lectura de sala, en cambio, quedó a destiempo.
Que quede claro: ir a un concierto no es delito, ni pecado, ni traición a la patria. Cualquier ciudadano tiene derecho a soltar la semana y dejar que el bajo le reacomode las vértebras. El problema es puramente escénico. Mientras el partido mandaba señales de humo pidiendo cerrar filas, dos de sus cuadros cerraban los ojos para sentir mejor el beat. Es la clásica coincidencia de agenda: unos apagando el incendio, otros calentando el estadio.
Uno imagina la escena política como un doble concierto simultáneo. En un escenario, los comunicados: austeros, medidos, con la emoción de un acta de asamblea. En el otro, las luces, el humo de verdad y la coreografía. El público, es decir la ciudadanía, no supo a cuál voltear, así que hizo lo único sensato: sacó el teléfono y documentó.
Hay algo casi tierno en la sincronía. Después de días de explicar licencias, reincorporaciones y nuevas licencias —todo un curso intensivo de derecho administrativo aplicado a la telenovela—, el cuerpo pide catarsis. Y no hay mejor terapia colectiva que corear estribillos con miles de desconocidos que, por una noche, no te van a preguntar por el organigrama.
La moraleja no es que la política deba ser aburrida ni que los funcionarios tengan prohibido divertirse. Es más simple: en el arte de la percepción, el ritmo lo es todo. Y esta vez, mientras la orquesta oficial tocaba una marcha de contención, dos solistas se fueron por otro compás. El resultado fue un contratiempo perfecto, de esos que ni el mejor productor pudo haber ensayado. Que conste que la música estuvo buenísima; la lectura de sala, en cambio, quedó a destiempo.