El partido que se quedó sin color propio
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La Sala Superior del Tribunal Electoral se alista para confirmar una obligación tan poética como incómoda: que el nuevo partido Somos México modifique su nombre, emblema y colores porque, según las autoridades, no se distingue lo suficiente de otras fuerzas políticas ya existentes. En el expediente correspondiente, el proyecto plantea ratificar —con argumentos propios— la decisión del INE, que le concedió el registro bajo la denominación provisional Somos México pero le ordenó ajustar su identidad antes del 31 de agosto.
Detengámonos a saborear el diagnóstico oficial: un partido nuevo se parece demasiado a los demás. Es, quizá, la frase más honesta que ha producido el sistema en años. Durante décadas, el ciudadano de a pie sospechó que todas las siglas sabían igual, como refrescos de la misma máquina; ahora el Tribunal lo pone por escrito. La diferencia, resulta, no estaba en las ideas ni en las propuestas, sino en el catálogo de tonos.
Uno se imagina la crisis creativa. Reuniones enteras discutiendo si el problema es el rojo, el guinda, el azul o esa gama de colores que ya tiene dueño registrado. Diseñadores desvelados buscando el matiz virgen, ese que ningún emblema haya reclamado, algo tan neutro que no despierte demandas ni entusiasmos. Es el reto estético definitivo: destacar sin parecerse a nada, en un país donde ya todo tiene su logotipo.
Hay ternura en el asunto. Al nuevo partido no le exigen renovar su plataforma, ni explicar en qué se diferencia de fondo del resto; le piden, básicamente, cambiar de ropa para que no lo confundan en la foto grupal. Como si el problema de la representación política se resolviera en la mesa de un colorista.
Quedan pocos días para el plazo y la tarea es delicada: bautizarse de nuevo, rediseñar el escudo y elegir una paleta que grite originalidad sin invadir terreno ajeno. Nuestra humilde sugerencia editorial es un tono que nadie ha querido patentar todavía: el gris de las abstenciones, ese que en cada elección gana por mayoría y jamás pasa de moda. Al menos ese, seguro, no genera confusión con nadie.
Detengámonos a saborear el diagnóstico oficial: un partido nuevo se parece demasiado a los demás. Es, quizá, la frase más honesta que ha producido el sistema en años. Durante décadas, el ciudadano de a pie sospechó que todas las siglas sabían igual, como refrescos de la misma máquina; ahora el Tribunal lo pone por escrito. La diferencia, resulta, no estaba en las ideas ni en las propuestas, sino en el catálogo de tonos.
Uno se imagina la crisis creativa. Reuniones enteras discutiendo si el problema es el rojo, el guinda, el azul o esa gama de colores que ya tiene dueño registrado. Diseñadores desvelados buscando el matiz virgen, ese que ningún emblema haya reclamado, algo tan neutro que no despierte demandas ni entusiasmos. Es el reto estético definitivo: destacar sin parecerse a nada, en un país donde ya todo tiene su logotipo.
Hay ternura en el asunto. Al nuevo partido no le exigen renovar su plataforma, ni explicar en qué se diferencia de fondo del resto; le piden, básicamente, cambiar de ropa para que no lo confundan en la foto grupal. Como si el problema de la representación política se resolviera en la mesa de un colorista.
Quedan pocos días para el plazo y la tarea es delicada: bautizarse de nuevo, rediseñar el escudo y elegir una paleta que grite originalidad sin invadir terreno ajeno. Nuestra humilde sugerencia editorial es un tono que nadie ha querido patentar todavía: el gris de las abstenciones, ese que en cada elección gana por mayoría y jamás pasa de moda. Al menos ese, seguro, no genera confusión con nadie.