El arca de Noé del Baratillo cerró sin capitán
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Todos los tianguis presumen variedad, pero pocos como el de la colonia El Mirador, donde la Guardia Nacional se topó con un catálogo digno de documental de naturaleza: 193 ejemplares de fauna silvestre entre un tucán, boas, cocodrilos y hasta un gecko, ahora en manos de la Fiscalía General de la República. Entre la fayuca, los tenis clonados y los discos de a diez pesos, alguien montó una sucursal informal de la selva.
El operativo dejó un saldo que resume media crónica de este país: cero detenidos. Los animales estaban ahí, exhibidos, disponibles, pero de dueño ni sus luces. Como si el tucán hubiera puesto su propio changarro, la boa cobrara comisión y el cocodrilo llevara la contabilidad. En el Baratillo hasta los reptiles dominan el arte nacional de estar presentes en el negocio y ausentes en el acta.
Uno se imagina la escena: los guardias avanzando entre lonas, y de pronto un gecko mirándolos con esa cara de 'yo sólo trabajo aquí'. Los cocodrilos, que en cualquier otro contexto serían la nota roja, aquí figuran como mercancía de temporada, ofertados junto a las jaulas de pericos y las peceras turbias de siempre. El tianguis, fiel a su fama, no discrimina: lo mismo te consigue un cargador que un depredador.
Más allá de la anécdota jugosa, el asunto tiene su lado agrio. Cada uno de esos animales salió de algún ecosistema para terminar de curiosidad en un pasillo de concreto, y el tráfico de especies no es precisamente un chiste. Que no haya un solo responsable señalado dice bastante de lo escurridizo que resulta el negocio: la mercancía se asegura, se cuenta, se fotografía… y el vendedor ya se fundió entre el gentío antes de que sonara la primera sirena.
Así que quedan 193 testigos mudos bajo resguardo y una investigación abierta que ojalá llegue a alguien con dos patas. Mientras tanto, el Baratillo seguirá siendo lo que siempre ha sido: el lugar donde México consigue de todo, absolutamente de todo, incluido lo que ninguna ley permite vender. Que alguien avise cuando aparezca el capitán de esta arca; nosotros seguimos contando cocodrilos.
El operativo dejó un saldo que resume media crónica de este país: cero detenidos. Los animales estaban ahí, exhibidos, disponibles, pero de dueño ni sus luces. Como si el tucán hubiera puesto su propio changarro, la boa cobrara comisión y el cocodrilo llevara la contabilidad. En el Baratillo hasta los reptiles dominan el arte nacional de estar presentes en el negocio y ausentes en el acta.
Uno se imagina la escena: los guardias avanzando entre lonas, y de pronto un gecko mirándolos con esa cara de 'yo sólo trabajo aquí'. Los cocodrilos, que en cualquier otro contexto serían la nota roja, aquí figuran como mercancía de temporada, ofertados junto a las jaulas de pericos y las peceras turbias de siempre. El tianguis, fiel a su fama, no discrimina: lo mismo te consigue un cargador que un depredador.
Más allá de la anécdota jugosa, el asunto tiene su lado agrio. Cada uno de esos animales salió de algún ecosistema para terminar de curiosidad en un pasillo de concreto, y el tráfico de especies no es precisamente un chiste. Que no haya un solo responsable señalado dice bastante de lo escurridizo que resulta el negocio: la mercancía se asegura, se cuenta, se fotografía… y el vendedor ya se fundió entre el gentío antes de que sonara la primera sirena.
Así que quedan 193 testigos mudos bajo resguardo y una investigación abierta que ojalá llegue a alguien con dos patas. Mientras tanto, el Baratillo seguirá siendo lo que siempre ha sido: el lugar donde México consigue de todo, absolutamente de todo, incluido lo que ninguna ley permite vender. Que alguien avise cuando aparezca el capitán de esta arca; nosotros seguimos contando cocodrilos.