Salamanca se abre al público: la ciudad de los tres socavones
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Salamanca encontró una forma novedosa de ampliar su oferta turística: abrirse, literalmente, al público. Las lluvias dejaron tres socavones en la ciudad, y por si el simbolismo no era suficiente, uno de ellos se tragó un camión cargado de ladrillos sobre la calle Albino García, casi esquina con Miguel Hidalgo. La circulación se cerró, llegaron las cuadrillas, y los vecinos hicieron lo que mejor sabe hacer el mexicano ante la adversidad: sacar el teléfono y grabar.
El organismo de agua, CMAPAS, salió a tranquilizar: los hundimientos "han sido atendidos" y hasta el momento no se detectan "afectaciones mayores" en el drenaje. Uno quisiera creerle, de verdad, pero es difícil relajarse cuando la calle se comporta como boca de dragón.
Aquí es donde la historia se pone poética. Resulta que Salamanca lleva cuatro meses sin planta asfaltadora: la detuvieron y el municipio espera los permisos de la Secretaría del Agua y Medio Ambiente para reubicarla. ¿La solución mientras tanto? Bacheo con mezcla en frío. O sea: la tierra se abre en cráteres del tamaño de un camión, y el remedio disponible es el equivalente vial de ponerle una curita a una fractura expuesta.
Hagamos el recuento del absurdo, con calma. Uno: se abren socavones. Dos: no hay con qué asfaltar bien porque la planta está parada esperando papeles. Tres: se tapa con lo que hay, en frío, a la buena de Dios. Cuatro: vuelve a llover. Regrese al paso uno y repita hasta el próximo temporal. Es un ciclo del agua, pero municipal.
Lo que nadie parece querer decir en voz alta es que los socavones rara vez son sorpresa: suelen avisar con años de drenaje cansado y bacheo de ocasión. Pero para qué arreglar la tubería de fondo si se puede rellenar el hoyo, tomar la foto de "atención inmediata" y esperar a que el siguiente aguacero nos regale material nuevo.
Mientras tanto, un consejo sincero para quien maneje por Salamanca en temporada de lluvias: no confíe en que el pavimento seguirá ahí cuando regrese la mirada al frente. Vaya despacio, vaya por la orilla, y si de pronto siente que el mundo se hunde bajo las llantas, no se asuste: es solo la ciudad dándole la bienvenida con los brazos —y el asfalto— abiertos. Que reubiquen pronto la asfaltadora. Los ladrillos del camión, al menos, ya saben lo que se siente tocar fondo.
El organismo de agua, CMAPAS, salió a tranquilizar: los hundimientos "han sido atendidos" y hasta el momento no se detectan "afectaciones mayores" en el drenaje. Uno quisiera creerle, de verdad, pero es difícil relajarse cuando la calle se comporta como boca de dragón.
Aquí es donde la historia se pone poética. Resulta que Salamanca lleva cuatro meses sin planta asfaltadora: la detuvieron y el municipio espera los permisos de la Secretaría del Agua y Medio Ambiente para reubicarla. ¿La solución mientras tanto? Bacheo con mezcla en frío. O sea: la tierra se abre en cráteres del tamaño de un camión, y el remedio disponible es el equivalente vial de ponerle una curita a una fractura expuesta.
Hagamos el recuento del absurdo, con calma. Uno: se abren socavones. Dos: no hay con qué asfaltar bien porque la planta está parada esperando papeles. Tres: se tapa con lo que hay, en frío, a la buena de Dios. Cuatro: vuelve a llover. Regrese al paso uno y repita hasta el próximo temporal. Es un ciclo del agua, pero municipal.
Lo que nadie parece querer decir en voz alta es que los socavones rara vez son sorpresa: suelen avisar con años de drenaje cansado y bacheo de ocasión. Pero para qué arreglar la tubería de fondo si se puede rellenar el hoyo, tomar la foto de "atención inmediata" y esperar a que el siguiente aguacero nos regale material nuevo.
Mientras tanto, un consejo sincero para quien maneje por Salamanca en temporada de lluvias: no confíe en que el pavimento seguirá ahí cuando regrese la mirada al frente. Vaya despacio, vaya por la orilla, y si de pronto siente que el mundo se hunde bajo las llantas, no se asuste: es solo la ciudad dándole la bienvenida con los brazos —y el asfalto— abiertos. Que reubiquen pronto la asfaltadora. Los ladrillos del camión, al menos, ya saben lo que se siente tocar fondo.