Placa Michelin arriba, socavón de cuatro metros abajo: la capital aprende a cenar rico mientras se la traga la tierra
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Buenos días, capitalinos, y bienvenidos a esa hazaña arquitectónica que consiste en caminar por la Ciudad de México sin desaparecer. Porque esta semana la metrópoli logró la proeza conceptual de repartir setenta y siete distinciones de una famosa guía roja de restaurantes —dos estrellas por aquí, una estrellita verde por allá— el mismo territorio donde un cruce de la Benito Juárez decidió abrirse en canal y presumir un socavón de cuatro metros de largo por dos y medio de profundidad. Uno cena de manteles largos en la superficie; el drenaje, mientras tanto, hace su propia degustación de la calzada. Nada dice 'ciudad de talla mundial' como tener que elegir entre la mesa con vista y el hoyo con vista al inframundo.
El columnista de la buena mesa nos recuerda, con toda razón, que setenta y siete reconocimientos frente a más de cincuenta y cinco mil restaurantes, fondas y cafeterías representan poco más de una milésima parte del universo culinario chilango. Es decir: por cada mesa premiada hay setecientas donde uno pide su torta de tamal a gritos mientras esquiva a la señora que anuncia por altavoz que la rifa de hoy ya va acumulando miles de pesos porque el lunes y el martes no salió ganador. Sí: hay grupos que recorren mercados como La Purísima rifando dinero a veinte pesos el boleto. La única inversión con retorno garantizado en esta ciudad sigue siendo la que te venden gritando entre los pasillos.
En el terreno de lo simbólico, nada superó al bronce caído. Se cumplió un año redondo desde que una estatua de un expresidente panista lleva tumbada en el suelo de un antiguo complejo presidencial, derribada por un árbol y desde entonces conviviendo con tierra, hojas y ramas. Un año. En este país levantamos un tren, un aeropuerto y una refinería antes de que alguien encuentre la grúa para reincorporar a un exmandatario de cobre. El bronce, que se suponía eterno, resultó tener menos permanencia que una tendencia de redes. Ahí sigue, mirando el pasto, recordándonos que en política mexicana la caída siempre es más veloz que el rescate.
Y hablando de caídas: en la Suprema Corte se libró la gran batalla del agua de Ecatepec. Un proyecto ordenaba garantizar al menos cien litros diarios por persona y obra hidráulica en treinta y ocho colonias; una ministra respaldó el amparo pero se apartó de los efectos, por aquello de no invadir atribuciones del Ejecutivo en materia de presupuesto y planeación. Traducción para el vecino que abre la llave y solo escucha un silbido triste: sí tienes derecho al agua, pero primero hay que resolver quién es el señor indicado para decidir cómo no te la dan. El federalismo hidráulico en su máxima expresión: todos de acuerdo en que debe llover, nadie de acuerdo en quién trae la cubeta.
De cubetas a carteras. Se supo que una gobernadora de la península acumuló decenas de vuelos privados cuyo costo estimado, según los cálculos publicados, equivaldría a más de una década de su propio sueldo. Uno entiende: la austeridad es un valor profundamente republicano siempre y cuando se practique a diez mil metros de altura y con las persianas cerradas. Mientras tanto, aquí abajo, el ciudadano de a pie calcula si le alcanza para el segundo boleto de la rifa.
En los partidos también hubo mudanzas. Un tribunal electoral confirmó que cierta agrupación de reciente creación deberá cambiar nombre, emblema y colores porque su denominación, tan amplia como el propio país, no la individualizaba lo suficiente. Resulta que llamarse como toda la nación no te distingue de nadie; quién lo diría. Y en el Senado, un legislador sinaloense decidió separarse de su bancada para ejercer como independiente, esa figura política que en México significa 'me quedo con la curul, pero ya no contesto el grupo de WhatsApp'.
Cerramos con una nota de orientación vocacional para los jóvenes que hoy eligen carrera entre socavón y socavón: por primera vez en años, Matemáticas destronó a Medicina como la profesión mejor pagada, con un ingreso promedio superior y siete de cada diez egresados trabajando en lo suyo. La moraleja capitalina es perfecta: en una ciudad donde el suelo se abre sin previo aviso, donde el bronce se cae y no se levanta, y donde el agua es más teórica que real, lo único que de veras conviene dominar son los números. Sobre todo para calcular cuántos años de sueldo cuesta un vuelo, cuántos boletos van de la rifa, y a qué distancia exacta del hoyo quedó tu mesa con estrella.
El columnista de la buena mesa nos recuerda, con toda razón, que setenta y siete reconocimientos frente a más de cincuenta y cinco mil restaurantes, fondas y cafeterías representan poco más de una milésima parte del universo culinario chilango. Es decir: por cada mesa premiada hay setecientas donde uno pide su torta de tamal a gritos mientras esquiva a la señora que anuncia por altavoz que la rifa de hoy ya va acumulando miles de pesos porque el lunes y el martes no salió ganador. Sí: hay grupos que recorren mercados como La Purísima rifando dinero a veinte pesos el boleto. La única inversión con retorno garantizado en esta ciudad sigue siendo la que te venden gritando entre los pasillos.
En el terreno de lo simbólico, nada superó al bronce caído. Se cumplió un año redondo desde que una estatua de un expresidente panista lleva tumbada en el suelo de un antiguo complejo presidencial, derribada por un árbol y desde entonces conviviendo con tierra, hojas y ramas. Un año. En este país levantamos un tren, un aeropuerto y una refinería antes de que alguien encuentre la grúa para reincorporar a un exmandatario de cobre. El bronce, que se suponía eterno, resultó tener menos permanencia que una tendencia de redes. Ahí sigue, mirando el pasto, recordándonos que en política mexicana la caída siempre es más veloz que el rescate.
Y hablando de caídas: en la Suprema Corte se libró la gran batalla del agua de Ecatepec. Un proyecto ordenaba garantizar al menos cien litros diarios por persona y obra hidráulica en treinta y ocho colonias; una ministra respaldó el amparo pero se apartó de los efectos, por aquello de no invadir atribuciones del Ejecutivo en materia de presupuesto y planeación. Traducción para el vecino que abre la llave y solo escucha un silbido triste: sí tienes derecho al agua, pero primero hay que resolver quién es el señor indicado para decidir cómo no te la dan. El federalismo hidráulico en su máxima expresión: todos de acuerdo en que debe llover, nadie de acuerdo en quién trae la cubeta.
De cubetas a carteras. Se supo que una gobernadora de la península acumuló decenas de vuelos privados cuyo costo estimado, según los cálculos publicados, equivaldría a más de una década de su propio sueldo. Uno entiende: la austeridad es un valor profundamente republicano siempre y cuando se practique a diez mil metros de altura y con las persianas cerradas. Mientras tanto, aquí abajo, el ciudadano de a pie calcula si le alcanza para el segundo boleto de la rifa.
En los partidos también hubo mudanzas. Un tribunal electoral confirmó que cierta agrupación de reciente creación deberá cambiar nombre, emblema y colores porque su denominación, tan amplia como el propio país, no la individualizaba lo suficiente. Resulta que llamarse como toda la nación no te distingue de nadie; quién lo diría. Y en el Senado, un legislador sinaloense decidió separarse de su bancada para ejercer como independiente, esa figura política que en México significa 'me quedo con la curul, pero ya no contesto el grupo de WhatsApp'.
Cerramos con una nota de orientación vocacional para los jóvenes que hoy eligen carrera entre socavón y socavón: por primera vez en años, Matemáticas destronó a Medicina como la profesión mejor pagada, con un ingreso promedio superior y siete de cada diez egresados trabajando en lo suyo. La moraleja capitalina es perfecta: en una ciudad donde el suelo se abre sin previo aviso, donde el bronce se cae y no se levanta, y donde el agua es más teórica que real, lo único que de veras conviene dominar son los números. Sobre todo para calcular cuántos años de sueldo cuesta un vuelo, cuántos boletos van de la rifa, y a qué distancia exacta del hoyo quedó tu mesa con estrella.