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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 8 de octubre, 2026
Ciudad de México • Nota • 27 de agosto de 2026

Un año boca abajo: la estatua que aprendió que en la política mexicana caer es fácil y levantarse es trámite federal

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Un año boca abajo: la estatua que aprendió que en la política mexicana caer es fácil y levantarse es trámite federal
Hay monumentos que se erigen para la eternidad y hay monumentos que descubren, a la mala, que la eternidad en México dura lo que tarda en caerse un árbol. La escultura de bronce de cierto expresidente panista cumple esta semana un aniversario que nadie quería celebrar: doce meses tumbada en el suelo de un antiguo complejo presidencial, entre tierra, hojas y ramas, después de que un árbol se desplomara sobre ella en la Calzada de los Presidentes y la mandara de bruces al pasto.

Un año. Detengámonos en la cifra con el respeto que merece. En trescientos sesenta y cinco días este país ha inaugurado obras faraónicas, ha cambiado de temporada electoral, ha visto nacer y morir tendencias enteras de internet, y sin embargo nadie —absolutamente nadie— ha localizado la grúa, el montacargas o el par de voluntarios con ganas que se requieren para volver a poner de pie a un señor de cobre. La figura sigue ahí, horizontal, contemplando el suelo con esa dignidad melancólica de quien fue prócer de plaza y hoy es obstáculo de jardinería.

Lo hermoso del asunto es su honestidad brutal como metáfora. El bronce se elige precisamente porque no se oxida, porque aguanta siglos, porque promete que el homenajeado trascenderá generaciones. Y resulta que trascendió, sí, pero en horizontal. La permanencia del material contrasta cruelmente con la velocidad del olvido institucional: fue más rápido el árbol en derribarla que cualquier oficina en redactar el oficio para reincorporarla. En este país, la caída siempre viene con presupuesto asignado; el rescate, en cambio, entra a la lista de pendientes junto al bache de tu colonia.

Uno imagina las reuniones. Alguien pregunta de quién es la competencia. ¿La dependencia cultural? ¿La de servicios? ¿La de áreas verdes, ya que técnicamente ahora la estatua es parte del ecosistema? Mientras tanto, el bronce acumula hojarasca como quien acumula expedientes, y las ramas que lo derribaron ya casi lo adoptan como parte del paisaje. Los visitantes que pasan por el lugar deben pensar que se trata de una instalación de arte conceptual: 'La caída del poder', técnica mixta, cobre y abandono, dimensiones variables.

Que conste: no hay aquí burla al personaje, sino asombro genuino ante la escena. Porque la estatua no hizo nada; simplemente se dejó caer, como buen símbolo, y esperó. Y sigue esperando. Ha visto llover, ha visto amanecer doce veces sobre el mismo pedazo de tierra, y ha aprendido la lección más chilanga de todas: en la vida pública mexicana, lo difícil no es subir al pedestal ni siquiera bajarse de él. Lo verdaderamente imposible es que alguien firme el papel para levantarte otra vez. El monumento, tan quieto, tan paciente, se ha convertido sin querer en el homenaje más sincero que este país le ha hecho a su propia manera de gobernar: dejar las cosas exactamente donde cayeron, a ver si con el tiempo dejan de estorbar.