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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 8 de octubre, 2026
Ciudad de México • Nota • 27 de agosto de 2026

Austeridad a diez mil metros: cuando el cielo es más económico si lo cruzas en privado

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Austeridad a diez mil metros: cuando el cielo es más económico si lo cruzas en privado
Existe una modalidad muy particular de contención del gasto público que solo se aprecia bien desde la ventanilla de un jet privado, con las persianas a media asta y un servicio de bebidas que no tiene nada que envidiarle a la clase turista de nadie. A esa disciplina se entregó, según un cálculo publicado por un diario nacional, cierta gobernadora de la península, cuyos sesenta y nueve vuelos privados tendrían un valor estimado cercano a los veinte millones de pesos. Cifra que, hilando fino, equivaldría a unos trece años de su salario actual.

Detengámonos en la aritmética, que es lo verdaderamente poético. Trece años. Es decir: para pagar de su propio bolsillo lo que voló en poco tiempo, la funcionaria tendría que trabajar más de una década completa sin gastar un solo peso en nada más —ni renta, ni tortillas, ni el boleto de la rifa del mercado— y entregar íntegro cada quincena a la cuenta de 'mis traslados aéreos'. El cálculo estima cerca de un millón de dólares en vuelos desde distintos aeropuertos hacia destinos varios, principalmente al vecino del norte. Y ojo, aclara el reporte, la cuenta ni siquiera incluye las pernoctas de las tripulaciones ni los vuelos vacíos por cuestiones logísticas. O sea que la factura real podría ser todavía más generosa consigo misma.

Lo entrañable del episodio es el contraste de altitudes. Vivimos en la era en que la palabra 'austeridad' se repite como mantra en cada conferencia, en cada spot, en cada discurso donde se nos recuerda que el servidor público debe vivir en la justa medianía. La justa medianía, aprendemos ahora, se mide en pies de altitud: mientras más alto vuelas, más medianamente justo te sientes. El pueblo bueno viaja en central camionera; el funcionario ejemplar viaja donde no hay filas ni detector de metales ni señora pidiendo permiso para reclinar el asiento.

Uno no puede evitar imaginar la logística. Sesenta y nueve despegues. Sesenta y nueve veces alguien preparó la aeronave, calentó turbinas, revisó la bitácora. Sesenta y nueve oportunidades de haber dicho 'saben qué, mejor vámonos en comercial y donamos la diferencia a los tinacos que tanta falta hacen'. Pero la tentación del cielo despejado, sin escalas ni prójimos, es un vicio democrático: cualquiera lo tendría si pudiera, y ese es justamente el problema.

Porque el ciudadano de a pie, ese que sí conoce el sabor del asiento 34F y el codo del vecino, hace su propio cálculo mientras lee la nota: cuántos años de su sueldo son un vuelo, cuántas quincenas caben en un ala, cuánta medianía justa cabría en la cabina si de veras alguien la practicara. La respuesta, como el jet, se queda flotando allá arriba, muy lejos, entre las nubes que solo se cruzan si tienes con qué. Y abajo, en la sala de última llamada, el resto de la República sigue esperando su vuelo, el retrasado, el de siempre, el que sí paga boleto.