Guanajuato cura todos sus males con un curso, un examen y una foto de la Luna
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Amaneció el estado con vocación de santo y presupuesto de mártir. Las contralorías municipales anunciaron que van a prevenir la corrupción, lo cual suena maravilloso hasta que uno lee la letra chiquita: lo harán enfrentando retos de presupuesto, de personal y de capacitación. Traducido del guanajuatense al español: le pidieron a la corrupción que tenga la bondad de esperar, que la escoba anda en el taller y el escobero no alcanzó para todos. Es la vieja escuela del combate al desvío: mucho oficio membretado, poca gente para leerlo, y una auditoría que presume abarcar el 100% de los apoyos sociales, cifra tan redonda que da un poquito de miedo.
Mientras tanto, en León descubrieron que les hackearon el gobierno municipal y reaccionaron con la elegancia de siempre: llamaron al director de Tecnologías de la Información para que rinda cuentas y explique en qué se gasta el dinero de la ciberseguridad. Es decir, primero entra el ciberatacante y luego entra el regidor a preguntar por la contraseña. También pidieron modificar el reglamento, porque en este país todo delito se combate reformando el artículo que el delincuente nunca leyó. Uno imagina la junta: veintitantos ediles alrededor de una computadora que dice cargando y alguien proponiendo, muy serio, apagarla y prenderla.
En el capítulo de aspiraciones, el estado propuso bautizar el Aeropuerto de Guanajuato con el nombre de José Alfredo Jiménez, en honor a los cien años de su natalicio. La idea es preciosa y peligrosamente honesta: por fin un aeropuerto donde llegar sin dinero, sin fe y sin escala sería literalmente parte del branding. Ya lo veremos: la sala de última llamada convertida en cantina, el vuelo demorado anunciado con un para todo mal, mezcal, y el pasajero que, como el Rey, no tiene trono ni reina pero sigue siendo el que manda, sobre todo si viaja en business.
La gobernadora, por su parte, se fue a Texas a buscar con la DEA un modelo de seguridad e inteligencia internacional, justo al mismo estado que esta semana nos deportó a un guanajuatense y a su hijo de cinco años que iban, con toda la peligrosidad del mundo, a un partido de beisbol infantil. Uno consigue socios de inteligencia donde puede, aunque la inteligencia del socio consista en detener niños camino al diamante. Y para redondear la epopeya binacional, siete municipios mandaron empresas al Texas Restaurant Show: exportamos tacos y guacamole al país que nos regresa paisanos. Balanza comercial impecable.
En San Miguel de Allende, meca del turista que paga cuarenta dólares por un elote, el Ayuntamiento salió a aclarar que no existe autorización para un campo de golf. Eso sí: existen trámites. La distinción es fina y magistral, digna de un notario, que casualmente es otra cosa que hace falta, porque el estado prepara examen para cubrir un déficit de 120 notarías. O sea que hay hoyos por todos lados: los del futuro campo de golf y los 120 huecos notariales, y en ambos casos la pelotita se está buscando.
Donde de plano ya se rindieron ante la evidencia fue en Salamanca, que se inunda cada temporada porque sus cárcamos amanecen tapados con basura, y no cualquier basura: han sacado hasta muebles. El drenaje salmantino ya tiene sala, comedor y probablemente mejor decoración que muchos departamentos de renta. CMAPAS, con paciencia franciscana, volvió a explicar que la basura que se tira en la calle termina en el drenaje, revelación que en cualquier otro lugar sería obvia y aquí sigue siendo noticia de primera plana.
Y para no perder la costumbre, en Celaya los concesionarios pidieron tres pesos más de pasaje y la comisión frenó el análisis por un pleito interno. El usuario, ese señor invisible, espera parado en la esquina mientras los adultos deciden si le suben al camión que de todos modos ya venía lleno.
Cerramos mirando al cielo, porque esta semana Guanajuato presenció la Luna de Sangre, ese eclipse cobrizo que se ve mejor de ocho a diez de la noche. Hay quien la interpretó como augurio. Nosotros preferimos leerla como lo que fue: la única autoridad estatal que sí llegó puntual, cumplió lo prometido y no pidió presupuesto extra. Ahí les dejamos el modelo a seguir.
Mientras tanto, en León descubrieron que les hackearon el gobierno municipal y reaccionaron con la elegancia de siempre: llamaron al director de Tecnologías de la Información para que rinda cuentas y explique en qué se gasta el dinero de la ciberseguridad. Es decir, primero entra el ciberatacante y luego entra el regidor a preguntar por la contraseña. También pidieron modificar el reglamento, porque en este país todo delito se combate reformando el artículo que el delincuente nunca leyó. Uno imagina la junta: veintitantos ediles alrededor de una computadora que dice cargando y alguien proponiendo, muy serio, apagarla y prenderla.
En el capítulo de aspiraciones, el estado propuso bautizar el Aeropuerto de Guanajuato con el nombre de José Alfredo Jiménez, en honor a los cien años de su natalicio. La idea es preciosa y peligrosamente honesta: por fin un aeropuerto donde llegar sin dinero, sin fe y sin escala sería literalmente parte del branding. Ya lo veremos: la sala de última llamada convertida en cantina, el vuelo demorado anunciado con un para todo mal, mezcal, y el pasajero que, como el Rey, no tiene trono ni reina pero sigue siendo el que manda, sobre todo si viaja en business.
La gobernadora, por su parte, se fue a Texas a buscar con la DEA un modelo de seguridad e inteligencia internacional, justo al mismo estado que esta semana nos deportó a un guanajuatense y a su hijo de cinco años que iban, con toda la peligrosidad del mundo, a un partido de beisbol infantil. Uno consigue socios de inteligencia donde puede, aunque la inteligencia del socio consista en detener niños camino al diamante. Y para redondear la epopeya binacional, siete municipios mandaron empresas al Texas Restaurant Show: exportamos tacos y guacamole al país que nos regresa paisanos. Balanza comercial impecable.
En San Miguel de Allende, meca del turista que paga cuarenta dólares por un elote, el Ayuntamiento salió a aclarar que no existe autorización para un campo de golf. Eso sí: existen trámites. La distinción es fina y magistral, digna de un notario, que casualmente es otra cosa que hace falta, porque el estado prepara examen para cubrir un déficit de 120 notarías. O sea que hay hoyos por todos lados: los del futuro campo de golf y los 120 huecos notariales, y en ambos casos la pelotita se está buscando.
Donde de plano ya se rindieron ante la evidencia fue en Salamanca, que se inunda cada temporada porque sus cárcamos amanecen tapados con basura, y no cualquier basura: han sacado hasta muebles. El drenaje salmantino ya tiene sala, comedor y probablemente mejor decoración que muchos departamentos de renta. CMAPAS, con paciencia franciscana, volvió a explicar que la basura que se tira en la calle termina en el drenaje, revelación que en cualquier otro lugar sería obvia y aquí sigue siendo noticia de primera plana.
Y para no perder la costumbre, en Celaya los concesionarios pidieron tres pesos más de pasaje y la comisión frenó el análisis por un pleito interno. El usuario, ese señor invisible, espera parado en la esquina mientras los adultos deciden si le suben al camión que de todos modos ya venía lleno.
Cerramos mirando al cielo, porque esta semana Guanajuato presenció la Luna de Sangre, ese eclipse cobrizo que se ve mejor de ocho a diez de la noche. Hay quien la interpretó como augurio. Nosotros preferimos leerla como lo que fue: la única autoridad estatal que sí llegó puntual, cumplió lo prometido y no pidió presupuesto extra. Ahí les dejamos el modelo a seguir.