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El Destiempo

La noticia, pero a destiempo — sátira y opinión sobre la prensa local de México.

Edición Nacional 8 de octubre, 2026
Guanajuato • Nota • 28 de agosto de 2026

Salamanca se inunda porque el drenaje ya amuebló su sala

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Salamanca se inunda porque el drenaje ya amuebló su sala
Cada temporada de lluvias, Salamanca se pregunta con genuina sorpresa por qué se inunda, como quien descubre por primera vez que el agua moja. La respuesta, esta vez, vino con inventario: los cárcamos sufren taponamientos constantes, y en ellos se ha encontrado desde basura hasta muebles. En una sola jornada, CMAPAS retiró hasta 300 toneladas de residuos. Trescientas. Toneladas. El drenaje salmantino ya no es un sistema de desagüe: es una bodega de mudanzas con problemas de espacio.

Uno intenta imaginar el momento en que un ciudadano decide que el lugar idóneo para deshacerse de un sillón viejo es la coladera de la esquina. Debe haber una lógica secreta, una fe profunda en que la infraestructura hidráulica del municipio funciona también como servicio gratuito de recolección de muebles a domicilio subterráneo. El resultado es un drenaje mejor amueblado que muchos departamentos en renta: sala, comedor, quizá una recámara y, con suerte, buena vista a la próxima inundación.

CMAPAS, con la paciencia de un maestro de primaria que repite la misma instrucción por vigésima vez, volvió a explicar la revelación cósmica: la basura que se arroja en las calles termina en la red de drenaje y provoca taponamientos durante las lluvias. En cualquier otra parte del universo esto sería una obviedad indigna de comunicado. En Salamanca es, año con año, noticia fresca, como si la relación entre tirar basura y tapar el drenaje fuera un misterio recién descubierto por la ciencia local.

Y aquí está lo verdaderamente admirable del asunto: la constancia. Porque taponar un cárcamo con 300 toneladas de residuos no es un accidente, es una obra colectiva, un esfuerzo comunitario sostenido durante meses. Se necesita disciplina, perseverancia y un desprecio olímpico por el pronóstico del clima para lograr semejante hazaña. Si los salmantinos pusieran esa misma dedicación en no tirar la basura, el municipio flotaría de puro milagro.

Mientras tanto, las cuadrillas municipales sacan lodo, colchones y electrodomésticos difuntos, en una peregrinación anual que ya debería tener su propia fiesta patronal. Y el vecino que ve pasar el camión cargado de sus propios desechos asiente con solemnidad, seguro de que el problema es del gobierno, de la lluvia, del cambio climático, de cualquiera menos del que sostiene la bolsa que está a punto de aventar a la alcantarilla.

La moraleja, tan sencilla que duele: el agua no tiene la culpa de bajar; la basura sí tiene la culpa de no dejarla pasar. Pero mientras el drenaje siga recibiendo muebles como si fuera mueblería de segunda mano, Salamanca seguirá inaugurando, cada verano, su temporada de albercas espontáneas en plena vía pública. Con boleto gratis y sin salvavidas.