Pátzcuaro, ese lago que recibe ochenta mil peces y nunca termina la fiesta de bienvenida
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La Comisión de Pesca del Estado liberó ochenta mil crías de pez blanco en el lago de Pátzcuaro, producidas en la Reserva Ecológica de Especies Endémicas, y con esas ya suman ciento sesenta y cinco mil sembradas en lo que va del año. La cifra es noble, la intención es impecable y el pez blanco lo merece todo: es memoria, es patrimonio y es, seamos honestos, uno de los mejores argumentos gastronómicos que tiene Michoacán para convencer a un forastero de que se quede.
Y sin embargo, uno no puede evitar la aritmética curiosa. Ochenta mil aquí, ciento sesenta y cinco mil en total, liberación tras liberación, ceremonia tras ceremonia. Da la impresión de que el lago de Pátzcuaro tiene una vida social intensísima: cada pocas semanas hay recepción de nuevos inquilinos, con foto, boletín y esperanza institucional. La pregunta, formulada con todo el respeto que se le debe a una especie endémica, es si estamos ante un lago que se repuebla o ante un lago que organiza la mejor bienvenida de crías del país mientras las crías, ya adentro, corren su propia suerte.
Porque sembrar peces, como sembrar promesas, es la parte fotogénica del asunto. Lo difícil —lo que no cabe en un boletín— es que esos ochenta mil pececitos lleguen a adultos, esquiven las redes ilegales, sobrevivan a un lago que arrastra años de contaminación y azolve, y algún día terminen dignamente en un platón con limón. Esa segunda parte de la historia rara vez tiene ceremonia de clausura. Uno celebra la siembra; también quisiera, alguna vez, el conteo de la cosecha.
Conste que aplaudimos el esfuerzo: recuperar al pez blanco es una causa justa y profundamente michoacana, de esas que valen cada cría. Solo pedimos, desde la orilla y con caña imaginaria, que la estrategia incluya tanto el bautizo como el seguimiento. Que ciento sesenta y cinco mil crías no sean un titular anual, sino el principio de un lago que otra vez rebose. Michoacán ya sabe organizar la entrada triunfal; ahora falta garantizar que los invitados se queden a vivir.
Y sin embargo, uno no puede evitar la aritmética curiosa. Ochenta mil aquí, ciento sesenta y cinco mil en total, liberación tras liberación, ceremonia tras ceremonia. Da la impresión de que el lago de Pátzcuaro tiene una vida social intensísima: cada pocas semanas hay recepción de nuevos inquilinos, con foto, boletín y esperanza institucional. La pregunta, formulada con todo el respeto que se le debe a una especie endémica, es si estamos ante un lago que se repuebla o ante un lago que organiza la mejor bienvenida de crías del país mientras las crías, ya adentro, corren su propia suerte.
Porque sembrar peces, como sembrar promesas, es la parte fotogénica del asunto. Lo difícil —lo que no cabe en un boletín— es que esos ochenta mil pececitos lleguen a adultos, esquiven las redes ilegales, sobrevivan a un lago que arrastra años de contaminación y azolve, y algún día terminen dignamente en un platón con limón. Esa segunda parte de la historia rara vez tiene ceremonia de clausura. Uno celebra la siembra; también quisiera, alguna vez, el conteo de la cosecha.
Conste que aplaudimos el esfuerzo: recuperar al pez blanco es una causa justa y profundamente michoacana, de esas que valen cada cría. Solo pedimos, desde la orilla y con caña imaginaria, que la estrategia incluya tanto el bautizo como el seguimiento. Que ciento sesenta y cinco mil crías no sean un titular anual, sino el principio de un lago que otra vez rebose. Michoacán ya sabe organizar la entrada triunfal; ahora falta garantizar que los invitados se queden a vivir.