LitioMX: el primer yacimiento de nómina a cielo abierto
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Hay yacimientos de oro, de plata, de petróleo. México, siempre vanguardista, inauguró el yacimiento de nómina. Se llama LitioMX, nació en agosto de 2022 y en estos años ha extraído con eficiencia envidiable más de 40 millones de pesos… en sueldos. De litio, el mineral que supuestamente iba a explotar, no ha sacado ni para una pila AA.
El organismo no tiene inversión, no tiene proyectos de exploración, no tiene proyectos de explotación. Lo que sí tiene, puntual como cronómetro, es quincena. Un investigador lo calificó de fracaso, palabra dura para lo que en realidad es un prodigio de sostenibilidad: cero impacto ambiental, cero accidentes mineros, cero controversia con ejidatarios, porque no se ha movido una sola piedra.
Imaginemos la junta de resultados. “¿Cuánto litio llevamos?” “Ninguno, señor.” “¿Y cuánto hemos gastado?” “Cuarenta millones.” “¡Excelente, vamos en tiempo!” En cualquier empresa normal eso sería motivo de despido; en el organigrama nacional es motivo de refrendo presupuestal.
Lo hermoso es la promesa original: el litio, el “oro blanco”, la palanca de la transición energética, la soberanía del futuro. Todo eso cabía en el nombre. El futuro, sin embargo, sigue tan enterrado como el mineral. Mientras Bolivia, Argentina y Chile se pelean el triángulo del litio, nosotros ya ganamos el triángulo de la burocracia: reunión, oficio y depósito.
No se puede acusar a nadie de nada: cobrar un sueldo por un puesto que existe es perfectamente legal. Esa es justo la tragedia elegante del asunto. No hubo maleta de billetes ni desvío espectacular; hubo, simplemente, un organismo respirando por respirar, financiado para vigilar un mineral que quizá jamás vea la luz. La forma más cara de no hacer nada tiene, por fin, razón social. Y viene con logotipo.
El organismo no tiene inversión, no tiene proyectos de exploración, no tiene proyectos de explotación. Lo que sí tiene, puntual como cronómetro, es quincena. Un investigador lo calificó de fracaso, palabra dura para lo que en realidad es un prodigio de sostenibilidad: cero impacto ambiental, cero accidentes mineros, cero controversia con ejidatarios, porque no se ha movido una sola piedra.
Imaginemos la junta de resultados. “¿Cuánto litio llevamos?” “Ninguno, señor.” “¿Y cuánto hemos gastado?” “Cuarenta millones.” “¡Excelente, vamos en tiempo!” En cualquier empresa normal eso sería motivo de despido; en el organigrama nacional es motivo de refrendo presupuestal.
Lo hermoso es la promesa original: el litio, el “oro blanco”, la palanca de la transición energética, la soberanía del futuro. Todo eso cabía en el nombre. El futuro, sin embargo, sigue tan enterrado como el mineral. Mientras Bolivia, Argentina y Chile se pelean el triángulo del litio, nosotros ya ganamos el triángulo de la burocracia: reunión, oficio y depósito.
No se puede acusar a nadie de nada: cobrar un sueldo por un puesto que existe es perfectamente legal. Esa es justo la tragedia elegante del asunto. No hubo maleta de billetes ni desvío espectacular; hubo, simplemente, un organismo respirando por respirar, financiado para vigilar un mineral que quizá jamás vea la luz. La forma más cara de no hacer nada tiene, por fin, razón social. Y viene con logotipo.