El gobernador se fue a Texas y dejó la ventana abierta
Tamaño de letra
Monterrey lleva semanas respirando un aroma que no aparece en ningún folleto turístico: el de la refinería de Cadereyta. Los olores atípicos que sofocan a la zona metropolitana ya tienen, según una investigación de la División Ambiental, un origen que coincide con los procesos de refinación del complejo. Es decir: huele a refinería porque, en efecto, es la refinería. La ciencia confirmando lo que cualquier vecino con nariz dedujo hace un mes.
La respuesta del gobierno estatal fue contundente dentro de sus posibilidades: llevar el caso ante la Federación. Cuando el problema tiene domicilio federal, la estrategia estatal se resume en tocar la puerta de junto y explicar, con toda la indignación institucional, que el vecino tiene un tiradero. Legítimo, sí. Rápido, jamás.
El detalle de los tiempos fue casi poético. Justo cuando la metrópoli alcanzaba su punto máximo de perfume industrial, el gobernador inició una gira de trabajo por Austin y San Antonio para promover inversión, comercio, infraestructura e innovación. Uno no puede culparlo del todo: si tu ciudad huele a huevo podrido, Texas suena a plan sensato. Allá se firma cooperación binacional y "crecimiento económico"; acá se firman quejas ciudadanas en redes sociales.
Y por si el aire no bastara, los vecinos de Haciendas de Escobedo aportaron su propio capítulo sensorial: dos meses con agua verdosa, estancada y maloliente frente a sus casas, sin que Agua y Drenaje aparezca con algo más que silencio. Verde el agua, gris el aire, y el ánimo de la ciudadanía en un tono que ya no distingue entre contaminación ambiental y contaminación burocrática.
La postal completa es difícil de superar: una metrópoli que huele a refinería, colonias con agua de color dudoso, y un gobernador cortando listones en Texas mientras promete que la alianza con San Antonio "potenciará" el futuro. El futuro, quizá. El presente, mientras tanto, se ventila solo —o no se ventila— y espera que la Federación conteste el oficio antes de que a alguien se le acabe el desodorante ambiental.
La respuesta del gobierno estatal fue contundente dentro de sus posibilidades: llevar el caso ante la Federación. Cuando el problema tiene domicilio federal, la estrategia estatal se resume en tocar la puerta de junto y explicar, con toda la indignación institucional, que el vecino tiene un tiradero. Legítimo, sí. Rápido, jamás.
El detalle de los tiempos fue casi poético. Justo cuando la metrópoli alcanzaba su punto máximo de perfume industrial, el gobernador inició una gira de trabajo por Austin y San Antonio para promover inversión, comercio, infraestructura e innovación. Uno no puede culparlo del todo: si tu ciudad huele a huevo podrido, Texas suena a plan sensato. Allá se firma cooperación binacional y "crecimiento económico"; acá se firman quejas ciudadanas en redes sociales.
Y por si el aire no bastara, los vecinos de Haciendas de Escobedo aportaron su propio capítulo sensorial: dos meses con agua verdosa, estancada y maloliente frente a sus casas, sin que Agua y Drenaje aparezca con algo más que silencio. Verde el agua, gris el aire, y el ánimo de la ciudadanía en un tono que ya no distingue entre contaminación ambiental y contaminación burocrática.
La postal completa es difícil de superar: una metrópoli que huele a refinería, colonias con agua de color dudoso, y un gobernador cortando listones en Texas mientras promete que la alianza con San Antonio "potenciará" el futuro. El futuro, quizá. El presente, mientras tanto, se ventila solo —o no se ventila— y espera que la Federación conteste el oficio antes de que a alguien se le acabe el desodorante ambiental.