El emperador iba sin ropa (y sin frenos)
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Hay accidentes y hay declaraciones de principios sobre ruedas. Lo ocurrido la mañana del viernes sobre la avenida Tomás Valles, justo frente al Hospital Ángeles, pertenece a la segunda categoría. Según la propia Secretaría de Seguridad Pública del Estado, el conductor responsable circulaba bajo los efectos de varias sustancias —el examen toxicológico salió positivo a cocaína— y, para redondear el cuadro, iba completamente desnudo. Cuando la Policía Vial llegó, el hombre todavía intentó huir, porque hasta para eso hay que tener iniciativa.
Detengámonos en la escena, porque merece un cuadro en el museo del absurdo nacional: un ciudadano decidió que la ropa era opcional pero la cocaína indispensable, y que la avenida era su pista personal. El detalle es que la libertad de andar como uno guste termina exactamente donde empieza el parabrisas del prójimo. Y aquí el prójimo tenía nombre: un hombre de 63 años que conducía un auto compacto y que murió tras ser impactado por la unidad de modelo reciente. Ese dato apaga cualquier carcajada.
Porque lo verdaderamente indignante no es el espectáculo, es la normalidad con la que ya asimilamos que salir a la calle sea una tómbola. Movilidad nos recuerda cómo ceder el paso en un cortejo fúnebre; convendría que también nos explicara cómo esquivar a los que fabrican esos cortejos a plena luz del día. El subsecretario del ramo confirmó el positivo con la naturalidad de quien reporta el clima. Y uno se pregunta cuántos toxicológicos más hacen falta para que manejar drogado deje de ser una anécdota policiaca y empiece a ser lo que es: una tragedia anunciada con testigos. Que descanse el señor que solo iba en su coche; que no descanse la ciudad hasta que estas escenas dejen de parecer rutina.
Detengámonos en la escena, porque merece un cuadro en el museo del absurdo nacional: un ciudadano decidió que la ropa era opcional pero la cocaína indispensable, y que la avenida era su pista personal. El detalle es que la libertad de andar como uno guste termina exactamente donde empieza el parabrisas del prójimo. Y aquí el prójimo tenía nombre: un hombre de 63 años que conducía un auto compacto y que murió tras ser impactado por la unidad de modelo reciente. Ese dato apaga cualquier carcajada.
Porque lo verdaderamente indignante no es el espectáculo, es la normalidad con la que ya asimilamos que salir a la calle sea una tómbola. Movilidad nos recuerda cómo ceder el paso en un cortejo fúnebre; convendría que también nos explicara cómo esquivar a los que fabrican esos cortejos a plena luz del día. El subsecretario del ramo confirmó el positivo con la naturalidad de quien reporta el clima. Y uno se pregunta cuántos toxicológicos más hacen falta para que manejar drogado deje de ser una anécdota policiaca y empiece a ser lo que es: una tragedia anunciada con testigos. Que descanse el señor que solo iba en su coche; que no descanse la ciudad hasta que estas escenas dejen de parecer rutina.