Jalisco le pide a Google que detecte lo que el gobierno lleva años sin ver
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El gobierno de Jalisco anunció que desarrolla, junto con Google, una herramienta de inteligencia artificial para detectar ofertas de trabajo falsas en redes sociales y así combatir el reclutamiento forzado y la desaparición de personas. Y uno no sabe si aplaudir de esperanza o suspirar de melancolía.
Aplaudir, porque el problema es tan real como doloroso: cientos de familias en el estado saben que detrás de una vacante demasiado buena para ser cierta puede esconderse una trampa. Cualquier tecnología que ayude a marcar esos anuncios antes de que un joven suba a un camión rumbo a la nada es bienvenida. En eso no hay ironía: es urgente y es serio.
El suspiro viene por otro lado. Que la solución llegue en forma de convenio con una gigante de Silicon Valley dice mucho de la época. Para saber que un empleo que promete el triple del salario por «trabajo sencillo» y pide viajar de inmediato huele mal, no hacía falta necesariamente un algoritmo entrenado en la nube: hacía falta que alguien contestara el reporte, que hubiera filtros en las centrales de autobuses —cosa que las autoridades apenas ahora dicen querer reforzar— y que las fiscalías tuvieran los dientes que la IA no tiene. La inteligencia artificial puede señalar el anuncio; no puede tocar la puerta, ni investigar, ni rescatar a nadie.
Hay además un detalle casi teológico en confiarle a una máquina la tarea de distinguir la mentira, en un país donde a veces la mentira viene con sello oficial. Ojalá el modelo funcione. Ojalá aprenda rápido, acierte mucho y se equivoque poco. Pero que quede claro que un buen clasificador de vacantes es un complemento, no un milagro. La desaparición forzada no se resuelve con un tablero de métricas ni con un anuncio en conferencia; se resuelve con presencia, con presupuesto y con seguimiento humano de cada pista.
Así que, bienvenida la IA a Jalisco. Que detecte al reclutador digital, sí. Y de pasada, ya que anda en eso, que le herede al gobierno algo más difícil de programar: la constancia. Porque el mejor algoritmo del mundo no sirve de nada si, del otro lado de la pantalla, la respuesta institucional sigue cargando eternamente.
Aplaudir, porque el problema es tan real como doloroso: cientos de familias en el estado saben que detrás de una vacante demasiado buena para ser cierta puede esconderse una trampa. Cualquier tecnología que ayude a marcar esos anuncios antes de que un joven suba a un camión rumbo a la nada es bienvenida. En eso no hay ironía: es urgente y es serio.
El suspiro viene por otro lado. Que la solución llegue en forma de convenio con una gigante de Silicon Valley dice mucho de la época. Para saber que un empleo que promete el triple del salario por «trabajo sencillo» y pide viajar de inmediato huele mal, no hacía falta necesariamente un algoritmo entrenado en la nube: hacía falta que alguien contestara el reporte, que hubiera filtros en las centrales de autobuses —cosa que las autoridades apenas ahora dicen querer reforzar— y que las fiscalías tuvieran los dientes que la IA no tiene. La inteligencia artificial puede señalar el anuncio; no puede tocar la puerta, ni investigar, ni rescatar a nadie.
Hay además un detalle casi teológico en confiarle a una máquina la tarea de distinguir la mentira, en un país donde a veces la mentira viene con sello oficial. Ojalá el modelo funcione. Ojalá aprenda rápido, acierte mucho y se equivoque poco. Pero que quede claro que un buen clasificador de vacantes es un complemento, no un milagro. La desaparición forzada no se resuelve con un tablero de métricas ni con un anuncio en conferencia; se resuelve con presencia, con presupuesto y con seguimiento humano de cada pista.
Así que, bienvenida la IA a Jalisco. Que detecte al reclutador digital, sí. Y de pasada, ya que anda en eso, que le herede al gobierno algo más difícil de programar: la constancia. Porque el mejor algoritmo del mundo no sirve de nada si, del otro lado de la pantalla, la respuesta institucional sigue cargando eternamente.