Manual del chilango moderno: gradúate de quince, pasa la UNAM sin abrir un libro y aprende a nadar rumbo a la oficina
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Amanece en la capital y la ciudad vuelve a demostrar que ninguna telenovela le hace competencia. Empecemos por lo bonito, porque hasta el cinismo necesita respirar: en la explanada del Jardín Cuitláhuac, en Iztapalapa, cerca de 500 señoras se pusieron vestido de gala pastel y celebraron los quince años que la vida —y la economía de sus familias— no les había concedido. Se llaman las Quinceañeras de Oro y son, sin exagerar, la única fiesta de esta ciudad donde nadie llega tarde por el tráfico porque llevan esperando la fiesta seis décadas. Que se anoten los organizadores de eventos: el mercado de los quince años apenas se está abriendo hacia arriba, y a diferencia de las adolescentes, estas festejadas sí saben bailar el vals sin ver el celular.
De la ternura pasamos a la picaresca académica, que en esta ciudad es deporte nacional aunque no lo pongamos en la sección de deportes. Resulta que un par de docentes de una academia de 'regularización' cobraba unos 25 mil pesos por prometer el ingreso seguro a la UNAM. El método era digno de un guion: el aspirante posaba frente a la cámara fingiendo concentración mientras, del otro lado, en 'modo espejo', alguien contestaba el examen en línea por control remoto. Es decir, inventaron el 'aviéntate un clavado y yo respiro por ti', pero para el examen más importante de tu vida. La moraleja institucional fue inmediata: la UNAM festejó su modernidad digital, la Fiscalía festejó sus esposas y el IPN, viendo el circo, anunció que regresa al examen presencial de toda la vida. Nada como la nostalgia del papel y el lápiz cuando el futuro te sale con truco. Los papás, mientras tanto, ya analizan denunciar a la academia para recuperar su dinero: pagaron por un fraude y el fraude tampoco salió.
Cambiemos de elemento, del aire al agua. Cayó la tormenta anunciada y la calzada Ignacio Zaragoza se transformó en un río digno de recorrido en lancha. En el Puente de la Concordia el drenaje decidió que ya estaba harto de recibir y devolvió todo hacia arriba, brotando a presión como fuente de kermés. La Línea A del Metro, fiel a su costumbre, cerró de Guelatao a La Paz y regaló a miles de usuarios el emocionante transbordo al RTP, ese servicio de apoyo que aparece siempre que la infraestructura decide tomarse la tarde. Alerta amarilla, encharcamientos en media ciudad y la clásica coreografía del motociclista abriéndose paso entre autos varados como pez que sí aprendió a nadar. Si a esto le sumamos que en Benito Juárez un camión recolector se hundió en un socavón y que una pipa volcó en Periférico, el mensaje es claro: en esta capital el suelo también renuncia sin avisar.
En la sección de misterios administrativos, dos joyas. Primera: la Secretaría de Planeación denunció ante la Fiscalía a funcionarios por avalar un certificado de uso de suelo 'por derechos adquiridos' para un bar en Monte Everest, Lomas de Chapultepec. Traducción del chilango: alguien firmó que ahí siempre hubo cantina, aunque el Everest sea colonia de casonas. Segunda: en Vista Alegre, la Casa de Cultura Alfonso Reyes lleva 52 años dando talleres y de pronto cerró sin comunicado, sin transmisión en vivo, sin nada de esa transparencia que tanto se promete; solo una 'tarjeta informativa' anunciando 'alianzas' para 'ampliar servicios'. Los vecinos, que ya conocen el diccionario, temen que 'ampliar' signifique convertir la galería en comedor. En esta ciudad, cuando te prometen más, revisa que no te dejen con menos.
Y sobre ruedas, Ecobici anunció su gran expansión a Iztapalapa, Iztacalco y Tlalpan con 1,500 bicicletas renovadas y modelo de contrato abierto. La letra chica, sin embargo, viene con manubrio: la expansión trae 62% más publicidad, porque una bici sin anuncio hoy se siente desnuda, y de paso nos enteramos de que la operadora acumuló miles de unidades robadas o en mantenimiento. Pedalear por la ciudad será, entonces, una experiencia inmersiva: aire libre, ejercicio y un espectacular rodante recordándote qué comprar mientras esquivas el próximo socavón.
Cerramos con filosofía nacional exprés: mientras Ricardo Salinas Pliego debatía en redes la iniciativa de la doble nacionalidad —esa que de repente urge y nadie sabe a quién apunta—, la ciudad seguía en lo suyo, resolviendo la vida con creatividad. Porque al final el capitalino es eso: alguien que festeja los quince a los setenta, aprueba exámenes sin darlos, cruza avenidas a nado y todavía tiene tiempo de opinar de política antes de que suba el dólar. Bienvenidos a la CDMX, donde lo único que nunca falla es que algo va a fallar.
De la ternura pasamos a la picaresca académica, que en esta ciudad es deporte nacional aunque no lo pongamos en la sección de deportes. Resulta que un par de docentes de una academia de 'regularización' cobraba unos 25 mil pesos por prometer el ingreso seguro a la UNAM. El método era digno de un guion: el aspirante posaba frente a la cámara fingiendo concentración mientras, del otro lado, en 'modo espejo', alguien contestaba el examen en línea por control remoto. Es decir, inventaron el 'aviéntate un clavado y yo respiro por ti', pero para el examen más importante de tu vida. La moraleja institucional fue inmediata: la UNAM festejó su modernidad digital, la Fiscalía festejó sus esposas y el IPN, viendo el circo, anunció que regresa al examen presencial de toda la vida. Nada como la nostalgia del papel y el lápiz cuando el futuro te sale con truco. Los papás, mientras tanto, ya analizan denunciar a la academia para recuperar su dinero: pagaron por un fraude y el fraude tampoco salió.
Cambiemos de elemento, del aire al agua. Cayó la tormenta anunciada y la calzada Ignacio Zaragoza se transformó en un río digno de recorrido en lancha. En el Puente de la Concordia el drenaje decidió que ya estaba harto de recibir y devolvió todo hacia arriba, brotando a presión como fuente de kermés. La Línea A del Metro, fiel a su costumbre, cerró de Guelatao a La Paz y regaló a miles de usuarios el emocionante transbordo al RTP, ese servicio de apoyo que aparece siempre que la infraestructura decide tomarse la tarde. Alerta amarilla, encharcamientos en media ciudad y la clásica coreografía del motociclista abriéndose paso entre autos varados como pez que sí aprendió a nadar. Si a esto le sumamos que en Benito Juárez un camión recolector se hundió en un socavón y que una pipa volcó en Periférico, el mensaje es claro: en esta capital el suelo también renuncia sin avisar.
En la sección de misterios administrativos, dos joyas. Primera: la Secretaría de Planeación denunció ante la Fiscalía a funcionarios por avalar un certificado de uso de suelo 'por derechos adquiridos' para un bar en Monte Everest, Lomas de Chapultepec. Traducción del chilango: alguien firmó que ahí siempre hubo cantina, aunque el Everest sea colonia de casonas. Segunda: en Vista Alegre, la Casa de Cultura Alfonso Reyes lleva 52 años dando talleres y de pronto cerró sin comunicado, sin transmisión en vivo, sin nada de esa transparencia que tanto se promete; solo una 'tarjeta informativa' anunciando 'alianzas' para 'ampliar servicios'. Los vecinos, que ya conocen el diccionario, temen que 'ampliar' signifique convertir la galería en comedor. En esta ciudad, cuando te prometen más, revisa que no te dejen con menos.
Y sobre ruedas, Ecobici anunció su gran expansión a Iztapalapa, Iztacalco y Tlalpan con 1,500 bicicletas renovadas y modelo de contrato abierto. La letra chica, sin embargo, viene con manubrio: la expansión trae 62% más publicidad, porque una bici sin anuncio hoy se siente desnuda, y de paso nos enteramos de que la operadora acumuló miles de unidades robadas o en mantenimiento. Pedalear por la ciudad será, entonces, una experiencia inmersiva: aire libre, ejercicio y un espectacular rodante recordándote qué comprar mientras esquivas el próximo socavón.
Cerramos con filosofía nacional exprés: mientras Ricardo Salinas Pliego debatía en redes la iniciativa de la doble nacionalidad —esa que de repente urge y nadie sabe a quién apunta—, la ciudad seguía en lo suyo, resolviendo la vida con creatividad. Porque al final el capitalino es eso: alguien que festeja los quince a los setenta, aprueba exámenes sin darlos, cruza avenidas a nado y todavía tiene tiempo de opinar de política antes de que suba el dólar. Bienvenidos a la CDMX, donde lo único que nunca falla es que algo va a fallar.